Recuerdos de nuestra niñez
Podemos inventar la historia a nuestro gusto, porque la memoria permite recordar; pero principalmente olvidar. Ocultamos algunos detalles para ponernos a resguardo de lo que podría doler.
Vivíamos cerca de la escuela. Con mi hermano, caminábamos las cuatro cuadras sin peligro, empuñando cada uno su portafolios de cuero. Todavía no se usaban mochilas escolares. Desde el umbral de casa, mamá nos cuidaba, apretando los ojos mientras nos alejábamos. En la segunda cuadra, se sumaban dos amigas de mi hermano. Yo enmudecía por la más chica, Mónica, tan hermosa.Entrábamos a las 8. En el camino había tiempo para hacer bromas, empujarnos y ponernos la traba. En la esquina saludábamos al policía, el agente Jorge, que nos cuidaba con sólo estar.Tal vez nos sobraba energía, o la jornada era corta, pero el colegio no nos cansaba. El único que necesitaba pausas era Gandolfo, pobre, por el asma. En los recreos, los varones gastábamos rodilleras jugando a las figuritas contra el muro del fondo. Tasolli siempre alardeaba con su trompo de madera, que nunca prestaba. Las chicas se contaban secretos mientras saltaban con el elástico.Mi maestra más querida fue la seño Mirta, una mujer bajita con el pelo batido. La tuvimos en cuarto grado. No era simpática pero cuando estabas con ella todo parecía seguro. Jamás levantó la voz; conseguía silencio tosiendo bajito.En aquellas escuelas de los '60 los guardapolvos, como se nombraba a los uniformes, ocultaban la ropa y disolvían prejuicios. En ese conjunto blanco no había espacio para las diferencias. Los zapatos, lustrados cada noche con betún, se cubrían enseguida con polvo escolar, mezcla de tierra y tiza. Nadie podía saber por la traza quién era hijo de ricos o quién se quedaba con hambre. En aquellas inflexibles rutinas escolares, todos éramos iguales.Había dos teléfonos en toda la escuela. Uno en portería, para llamar a padres y para urgencias. El otro en Dirección, limitado a las instituciones del máximo nivel educativo: la inspectora y el Ministerio.Una sola vez durante toda mi primaria necesité usar un teléfono. Asustado porque sangraba de la nariz, pedí que llamaran a mis padres. Ángela, la secretaria, se comunicó mientras apretaba fuerte el algodón. Mi papá llegó enseguida y, cuando vio que no había peligro, se volvió al trabajo. Afuera, Roberto, el portero, tranquilizaba a mis compañeros, preocupados por saber cuánta sangre se había perdido.Roberto conocía el nombre de todos; nunca se equivocaba al saludarnos. Nos recibía y despedía puntualmente con una mano en alto y la otra en el bolsillo del delantal gris. Cuando un padre se demoraba, él nos acompañaba contando historias increíbles. Jamás nos habría dejado solos.En un escritorio grande detrás de un vidrio oscuro estaba ella, la directora. Desde allí controlaba todo con imperturbable seriedad. Era una mujer elegante que en las fiestas escolares nos aburría con discursos llenos de adjetivos. Leía con pausas para mirarnos por encima de sus lentes y así hacernos callar. No recuerdo su voz; sí su presencia.Aquellos días transcurrían lentos, sólidos; el tiempo parecía infinito. Llenábamos las horas libres con juegos improvisados. A juzgar por las fotos, sonreíamos más y usábamos mucho la cara de asombro.Me pediste que te contara algo de mi infancia. Seguramente muchas cosas no son exactas, pero así es como yo las recuerdo, y eso es lo que importa. También vos, cuando llegue el momento, guardarás tu propia infancia con lo que elijas.Podemos inventar la historia a nuestro gusto, porque la memoria permite recordar; pero principalmente olvidar. Ocultamos algunos detalles para ponernos a resguardo de lo que podría doler.Lo que nunca olvidamos es a la gente que estuvo con nosotros. Esas personas con nombre propio, que se agigantan en el relato. Las mismas que, después de tanto tiempo, nos siguen mirando, enamorando, saludando, cuidando y sorprendiendo. Las que aún hoy sostienen con fuerza el algodón, cuando volvemos a sangrar.
*Médico pediatra

