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Recreos furtivos

Historias de noviazgos juveniles y de un duelo para dirimir quién se queda con la chica. Publicaciones anteriores de la serie Días contados.

12 de marzo de 2016 a las 12:05 a. m.
Recreos furtivos
(Ilustración de Juan Delfini).

El trato con Lucía era que no la besara en público. Y a mí, al principio, me pareció bien. –Nada de agarrarse de la mano ni andar pegoteados –había dicho. Y yo accedí por dos sencillas razones. Una, era la primera chica con la que me besaba. Dos, me parecía una actitud adulta, madura, y yo tenía 17 años, edad suficiente para empezar a ensayar cosas de gente grande.Así que nada de andar haciendo espectáculos. Ante la sociedad, que en ese momento estaba representada por el resto del colegio, éramos nada más que dos compañeros que compartían banco.Sólo en la intimidad de los recreos, cuando nos escapábamos a fumar por algún rincón de la arquitectura laberíntica del Carbó, nos convertíamos en novios furtivos por algunos segundos.Aunque ella me daba besos a cuentagotas, a mí me bastaban esos roces de labios para andar el resto de la jornada chocando columnas como un borracho. Mundo clandestino La situación era difícil de manejar, no voy a negarlo. Cuando el amor golpea por primera vez a tu puerta, lo hace con la fuerza de un ariete que derriba todo. Dentro de mí hervía un maremoto de cursilerías, algo titánico que me volvía tartamudo y me dejaba trastornado.Después de verla, quería escribir poemas, pararme en una montaña y gritar que estaba enamorado, agarrar un cuchillo y marcar nuestras iniciales en la corteza de los árboles, todas esas cosas que hace la gente cuando se pone estúpida por el sentimiento más viejo del mundo.Pero exteriorizar no era una opción, y durante los escasos 20 días que duró el idilio, me limité a morderme el labio de abajo y a caminar por el colegio con la mirada perdida, pateando papelitos, fascinado con el canto de los pájaros, indiferente a los patadones que los chicos más grandes me arreaban en el trasero cuando pasaba frente a sus aulas. Sentía un placer mórbido en compartir con ella ese secreto, en pasarle una nota por debajo del banco en las horas complejas de matemática. Había algo de tragedia griega en habitar ese mundo clandestino donde los sentimientos quedaban relegados a la espera de un timbre de recreo en el que pudiéramos fugarnos hasta la posibilidad de un beso en algún pasillo solitario.–Tiene que ser nuestro secreto, porque si se entera alguien, se termina –había dicho ella con una seriedad preocupante. Y claro que yo estaba de acuerdo. Cambio de clima Pero las cosas no eran fáciles. Yo caminaba hasta el colegio como si las calles fueran nubes, y ni los sopapos traperos de los más grandes me hacían mella; el amor es un escudo que todo lo detiene. O, al menos, puede ser un potente anestésico. Ese era mi primer año como repitente. Venía de un colegio exclusivo para varones. Desde jardín de infantes, me había formado en un ambiente cruel donde las leyes eran demasiado masculinas. Pasar a este limbo en el que había mujeres en las aulas me provocaba desconcierto y excitación.También era mi primera experiencia cercana con una chica de verdad, no con una foto en una página desplegable dentro de una revista, y eso hacía que todo fuera aún más intenso.Lucía fue la primera amiga que hice apenas entré. Ya no recuerdo cómo entablamos conversación, pero sí que se dio de manera natural y que una cosa llevó a la otra y que de pronto estábamos los dos sentados en un pasillo donde su boca bautizó la torpeza de mis labios enredados en un gesto retorcido, como el de una sopapa. ¿Cómo no iba a jurar silencio? Todo tiene un final El idilio llegó a su fin un lunes. Lo recuerdo bien porque durante el fin de semana me había dedicado a escribir una de las cartas de amor más largas de las que tenga memoria. En ella le decía a Lucía, entre otras cosas, que amores como el nuestro estaban destinados, entre otras cosas, a forjar el destino de las naciones, a inspirar la creación de bandas musicales que fundaran estilos nuevos y a procrear niños que descubren vacunas contra enfermedades endémicas.Debí sospechar que algo no andaba bien cuando noté que ella no fue a clases. Pero desestimé la posibilidad de algo grave. Lucía vivía en la zona norte y el problema de transporte era algo tan frecuente en aquellos días como lo es ahora.Claro que también noté que sus amigos y amigas cuchicheaban entre sí promediando la media tarde y que algunos me señalaban. Eso despertó una alerta, así que opté por averiguar discretamente con una de sus amigas:–Ahora te hacés el piola –me dijo–. Espero que seas tan gallito cuando venga Facundo.Me costó un poco que se explayara en el asunto, pero al final, y a regañadientes, me contó que Facundo era el novio de Lucía desde hacía tres años y que ese fin de semana ella le había contado que entre nosotros pasaba algo.–¡Pero yo no sabía que estaba de novia! –grité con sorpresa, indignación y, en honor a la verdad, un poco de preocupación.–A mí no me expliqués nada. Lucía está remal. Se pasó el fin de semana llorando; al final habló con Facu y le contó todo. Recién hablé a la casa, dice que Facu viene para acá, que quiere hablar con vos. Duelo al sol Dicen que del amor al odio hay un paso, pero yo creo que hay mucho menos. Cuanto mucho, unos centímetros. Ahora que el tiempo ha puesto varios calendarios entre esa tarde y este presente, puedo entender la reacción de una adolescente de 16 en plena confusión sentimental, pero en ese momento la carta con mi declaración foliada en ocho páginas de un amor que sólo podía terminar a lo Romeo y Julieta era lo único que importaba. ¿Qué carajo tenía que ver este Facundo? ¿Quién era este tipo?Hice más averiguaciones y supe que Facundo medía 1,80, tenía un cuello grosero de ancho y manejaba un jeep . Me aposté en una de las ventanas que daban a la calle a esperarlo, sólo para tener la ventaja estratégica que otorga la visual en altura.Llegó al horario de salida con dos amigos y avisó que me esperaba en la plaza Colón. Pude verlo descender del vehículo con su pelo largo recogido en una colita, su piel bronceada y una remera ajustada marcando la hipertrofia de sus bíceps. Vestía a la moda de la época, al igual que sus amigos.El hecho de que manejara me daba el indicio de que tenía carné de conducir; es decir, que estaba por encima de los 18 años.Los muchachos de los cursos más altos fueron a buscarme al aula y se encargaron de quitarme el cinturón y la carpeta. Uno me masajeó los hombros y me acompañó hasta la salida. Me dijo:–Es mano a mano, así que si saltan los amigos, los separamos; pero la pelea es tuya.Yo iba bajando las escaleras del colegio como en un sueño, pero esta vez no era uno agradable, sino uno amargo y nefasto, de esos en los que no podés ni gritar ni correr; de esos en los que sos un testigo mudo de algo terrible sobre lo que no tenés gobierno.–¡Te van a hacer cagar, gordo! –gritó alguien entre la multitud.Recuerdo que crucé la Colón sin saber qué hacía, pensando en la carta que había quedado en mi carpeta, en la cantidad de estupideces que había puesto por escrito, imaginando que mi cuerpo quedaba muerto entre los canteros de la plaza.Podía ver mi propia alma flotando sobre mi cadáver vestido con las Topper blancas, el jean nevado y la remera de los Guns N' Roses (que me quedaba corta) arremangada sobre mi vientre blancuzco. La imagen se coronaba con el dibujo a contraluz de Facundo y Lucía besándose sobre el jeep , mientras del estéreo salía una canción de Juan Luis Guerra. Era un final terrible.–¿Vos sos José? –preguntó el novio, con una mezcla de sorpresa y descrédito.–El mismo que viste y calza –me oí decir, al tiempo que el tipo me miraba las Topper.A nuestro alrededor, se hizo un círculo de gente. Algunos arengaban para que se desatara la pelea. Yo no sentía nada. Era como si estuviera manejando un robot, como si todo mi cuerpo fuera un inmenso muñeco que yo piloteaba desde mi cabeza.Uno de los últimos recuerdos que tengo antes de que el círculo comenzara a cerrarse en torno de nosotros es la pregunta:–¿Qué te pasa con mi novia?Después de eso, los recuerdos se vuelven flashes . Confusión, trompadones, gritos. Creo que puedo ver mi cara a la altura de las baldosas y sentir el sabor terroso del suelo de la plaza. A eso me sabe el desamor, a una agitación con insultos, raspones y correrías. A una carta larga que se pierde dentro de una carpeta que a su vez se pierde dentro de una escaramuza que a su vez se pierde cuando aparece la Policía.Los años pasaron y esos momentos pasaron a formar parte de las anécdotas. Después llegó el tiempo de repetir de año una y otra vez, de terminar el colegio en un bachillerato acelerado para adultos, donde un tipo nos estafó a todos con la plata de un supuesto viaje de estudios que no se hizo nunca. Pero eso ya es otra historia. Mucho menos triste que esta.