Quiénes y cuándo
María Bonita, María del alma.
La suerte, de alguna manera, le dio una mano. Su llegada al cine mejicano coincidió con la implantación de las medidas protectoras con que el presidente Lázaro Cárdenas benefició a la industria. Fue aquel un saludable momento en el que escritores, productores y realizadores coincidieron en mostrar un interés permanente en las raíces del país, por sus problemas y por sus soluciones. México, cinematográficamente, se disparó. Y María Félix acabó convirtiéndose en el mejor proyectil de la andanada. No tuvo necesidad de pasar por el colador del aprendizaje ni tampoco recorrió el escalafón de rutina. Fue de entrada ( El Peñón de las Ánimas , de Miguel Zacarías) una fierecilla indómita, fuerte, dominadora y pasional.Cuatro, cinco películas más y ya hubo que acudir a Max Aub, a Rómulo Gallegos, a Barbachano Taibo, en busca de nuevas historias, amores, rencillas.En La monja alférez , el espadachín José Cibrián quiso darle una lección convidándola a dirimir supremacías. Recibió dos tajos en la cara, voló al cuerno su florete y quedó helado de espanto al advertir que los ojos y el arma de la Félix estaban apuntando a su bragueta. Raúl Prado, el calavera Desde un comienzo, supo manejar con acierto la promoción de su carrera y mantuvo la luz apagada en torno del misterio de su pasado. Se supo al respecto, se sigue sabiendo, poco y nada: nació en Sonora, en 1915. Tuvo, a los 19 años, un marido que le duró 24 meses, se llamaba Enrique y se le parecía bastante (hasta en la manera de pintarse los labios). En octubre de 1943, el Trío Calaveras ("hoy he vuelto a grabar nuestros nombres en la encina / he subido a la colina y allí me he puesto a llorar") le prodigó una serenata romántica y plenilúnica que María Félix agradeció enamorándose del solista Raúl Prado, mariachi querendón y azul marino.Tras dos meses de noviazgo, se casaron en Morelos prodigando una farra que hubieran envidiado los juerguistas de Macondo.Y tras (solamente) dos meses de matrimonio, la doña se enfureció o entristeció, se aburrió o encabritó y dejó al Prado en la soledad de su guitarrón, mesando los engominados cabellos de su calavera. Un indio como Fernández En 1946, cuando ya había devorado prácticamente todo el stock de ingenios cinematográficos mejicanos, inició su fructífera colaboración con Emilio Fernández ("el Indio" Fernández), una de las personalidades más interesantes que ha dado hasta la fecha el cine latinoamericano. Con Fernández, la actriz encontró la posibilidad de quitarse de encima el cliché de los melodramas de rigor. María Félix abandonó la ciudad y su mundanal ruido para introducirse en el mundo de la aventura. De la aventura rural. El cine del "Indio" Fernández se preocupaba por los desposeídos, el pueblo oprimido, la lucha contra el colonialismo. Enamorada , Río Escondido y Maclovia resultaron vehículos adecuados para la pareja. María Félix sabía coser, sabía bordar, esperar pacientemente a su cuate, pero en un momento dado también sabía apartar el costurero (de una patada), envolver su pecho con las cananas (del cuate, muerto en cumplimiento del deber) y asaltar trenes, domeñar desiertos, bañarse desnuda en un río de sangre y encabezar un asalto haciendo flamear la bandera mejicana.Fueron las películas del "Indio" Fernández las que la catapultaron a nivel de mito nacional. Los filmes de María Félix se vendían muy bien en toda América latina y en España. Pero no en los Estados Unidos.Desconfiaban los gringos de la Metro de aquella mujer que le daba tanta importancia al corazón. Nunca la tentaron.Prefirieron, en todo caso, tomar apuntes de su estilo y pasárselo a sus productos nacionales, apasionados, pero no tanto. Ava Gardner, por ejemplo. María Bonita, del alma "Los ojos de María Félix no son ojos porque los ves, sino que son ojos porque te miran", dijo un compositor cuando conoció a la doña en un cóctel que organizó para celebrar su cumpleaños. Aquellos ojos se convirtieron en su obsesión."Los ojos de María Félix (escribiría en sus memorias) son ojos de venado hembra, ojos duros como espejos negros". En esos ojos quería mirarse eternamente aquel compositor, el más famoso, el más feo de su tiempo: Agustín Lara, músico inspirado, romántico incurable, tuberculoso tenaz.Tan tenaz resultó, que finalmente obtuvo el sí de la niña y se casaron.En Acapulco, donde pasaron su luna de miel, Agustín Lara soltaba frases como perdigonadas. "La boca de María es la boca de la verdad, la boca de la guerra. La risa de María tiene la alegría de una madre nueva. María tiene el porte esbelto, como las novias de Julio Romero. Y la nariz de yegua fina. Y huellas de oro en su piel intacta".Pero no hay bolero que dure 100 años y llegó el día en que María se fue (con su porte, su oro, su guerra) poniendo fin a uno de los matrimonios más célebres de la época, la unión de dos glorias nacionales.Quedó la historia, claro, y un vals que Lara compuso en su homenaje. María Bonita . Ay, María del alma. La Doña se va a los puertos Dejó a Lara ahíto de tequila y cruzó el océano para corroborar si sus gardenias gustaban en España. Sí, gustaban. A tal punto que en su debut no fue acompañada por uno sino por dos de los más cotizados galanes nacionales (José Nieto y Fernando Rey). La película se llamó Mare Nostrum . Nieto y Rey fueron reemplazados por Gassman y Rossano Brazzi en La corona negra , del argentino Saslavsky, según una idea original (y flojita) de Jean Cocteau.La primera estancia de María Félix en España resultó sorprendentemente convencional. Sus películas no tuvieron el encanto de sus dramones iniciales, ni las agallas de sus tenidas históricas, ni la emoción de su etapa como recluta de Pancho Villa.En todo caso, trató de apoyarse correctamente para luego proyectarse con mayor riesgo e inspiración. No lo logró. Al menos plenamente.Si algún mérito tuvo su incursión, fue el de haber resultado la primera actriz que, en pleno apogeo franquista, tuvo la audacia de no esconder la condición propia de su sexo.En una época en la que las actrices llevaban bombachas de cemento armado y acudían a citas de amor con un rosario escondido en la cartera, la Doña abrió claramente sus brazos, dejó ver sus axilas, mostró su lengua, su saliva y cantó con voz oscura mientras higienizaba sus hilos de oro en una tinaja de madera.Dejó España porque recibió desde Italia una proposición para encarnar su anillo al dedo, Messalina.En Roma recibió un telegrama fechado en Buenos Aires y firmado por Luis César Amadori. Le proponía interpretar Pasión desnuda . Como su nombre lo indica.Cuando llegó a la Argentina, le pusieron como galán a un actor de ojos azules, sobretodo de piel de camello y foulard de Gath y Chaves: Carlos Thompson . La Doña lo adoptó como pareja. Una dieta de plomo Llegó a Buenos Aires en 1952 y, hasta que abandonó el país, devoró, diariamente, kilos y kilos de papel prensa. Fue a visitar la cámara mortuoria de Eva Perón y, en lugar de caer en éxtasis místicos, se puso a firmar autógrafos, convirtiendo el penumbroso recinto en un viva la pepa.Asistió al estreno de Bárbara Atómica y a la salida se zambulló en el Tabarís para desfogar sus propios mambos. Recibió flores, bombones, agasajos e invitaciones de Francisco de Paula, Eduardo Rudy, Mariano Mores, Hugo Pimentel, Santiago Arrieta, Santiago Gómez Cou y hasta de Alberto Castillo.Pero su corazón, dijo, suspiraba por Carlitos.Carlitos Thompson, claro, que entre sus allegados tenía fama de castigador. Sus acciones subieron varios enteros.La verdad es que siempre fuimos los mejores del mundo. Hasta con las mujeres. Y así lo demostraba Carlos con su foulard al viento, domesticando a la vampiresa de pasado atosigante.Se iban a casar. Una casita en las sierras. No bien terminaran la película. Y cuando la película se acabó de filmar, todos acudieron a ver a los novios en La pasión desnuda . María Félix le propuso a Thompson que, mejor, se casaran en México. Tácticas de promoción, le explicó. Y ella viajó para alertar a los chicos de la prensa.Carlitos fue a despedirla al aeropuerto y la vio cómo se alejaba en el avión. Agitando sus manitos.María Félix aterrizó en su patria y fue virtualmente ahogada por los periodistas.–¿Es verdad que se casa?–Sí.–¿Vivirá en México o en Argentina?–¿Argentina?... ¡Pero si me voy a casar con Jorge Negrete!Y dejó a nuestro Carlitos con el plano de la casa en las sierras mientras ella, efectivamente, se convertía en esposa del charro cantor, alcohólico atroz.A Carlos Thompson hubo que dedicarle una piadosa frase de despedida. Dos leyendas, una sombra Con Negrete, tuvo tiempo de hacer una película en sociedad, El rapto , que rompió los sismógrafos de la taquilla. Sin embargo, a tan sólo un año de la boda, tuvieron que cerrar el negocio por duelo. Negrete murió en el tremendo delirio y María Félix fue viuda por primera vez. Viajó, de inmediato, a Francia a buscar su propia imagen y convertirse en la Bella Otero en el cine, dos leyendas en una sola sombra de una sola vez.Le venían bien los miriñaques, el ajenjo y los bombones de menta. Así lo advirtió Jean Renoir, que la alojó en París y le facilitó la mejor labor de su carrera en French Can-Can , junto a Gabi, Francoise Arnoul y un balbuceante Michel Piccoli.Renoir comprendió que la belleza de María Félix podía mover montañas. O impulsar a un admirador desgraciado a abrir el Moulin Rouge en su homenaje.Con Los héroes están cansados , de Ciampi, se acabó la etapa europea de la Doña, que volvió a México para repetir hasta la exasperación su personaje de hembra bravía, emperatriz total del melodrama revolucionario. Faustina , La estrella vacía , Sonatas fueron películas que hizo de taquito, inspecciones que realizó para corroborar que el paso de los años no le impedían ser, seguir siendo, la más fuerte, la más bella.Con la década de 1960 y el declinar histórico del cine mejicano, fue advirtiendo que no tenía mayor sentido luchar cuando no hacía falta. Y se llamó, suavemente, a sosiego. María, entre martas cibelinas Hizo su última película en 1969 ( La generala , de Juan Ibáñez), se casó un par de veces más, enviudó otras tantas, se dejó pintar por Diego Rivera, se dejó escribir por Carlos Fuentes ( Zona sagrada ) y se retiró decorosamente a un caserón de París, donde conservó su cutis de nácar, su lunar y su misterio entre libros, papeles, trofeos, martas cibelinas, colmillos de morsa y herraduras. Las herraduras pertenecían a sus caballos de carrera, a los que cada vez que ganaban un gran premio les engarzaba las herraduras con clavos de aguamarina.A la última foto de María Félix, la publicó la revista Hola , en 2002, pocos días antes de su muerte (nació y falleció un 8 de abril).Aparecía incrustada en enormes almohadones. Se parecía al impresionante perrito del cuadro de Goya que nadie sabe si se hunde o no se hunde. Se hundió.

