Temas del día:

Quiénes y cuándo

Vicente, el gigante como la gente. Y ahora, hablemos de Conrad. La desgastadora estrategia del secretario de Redacción. Diferencias entre un sismo y un espasmo.

02 de noviembre de 2013 a las 02:07 p. m.
Redacción La Voz
Quiénes y cuándo

Vicente, el gigante como la gente

Me acuerdo del circo de Tony Tachuela, instalado como una ollita tricolor, en la avenida 24 de Septiembre. Me acuerdo de Vicente, el gigante como la gente, que parado en medio de la pista, vestido de león, gritaba con mucha fuerza: “¡¡¿Quién quisiera ser yo?!!” Y todos, al mismo tiempo, gritábamos “¡¡Yooooooo...!!”

Me acuerdo de Atilio López, que llevaba la contabilidad del tranvía 2 con un cuarto de lápiz encastrado entre la calavera y el pabellón de la oreja. Los guardas de tranvía se dividían en dos grupos irreconciliables: los que te dejaban ir colgado y los que llamaban a la policía.

Los guardas de tranvía que te dejaban ir colgado se dividían a su vez en otros dos grupos: los que les daban y los que no les daban bola a las monedas.

Por eso Atilio López fue vicegobernador. Porque nos dejaba viajar colgados y no les daba bola a las monedas.

Me acuerdo de Vértice Musical cuando quedaba en la calle 9 de Julio, cuando quedaba en la calle Rivera Indarte y cuando todavía no quedaba en ningún lado. El presidente de Vértice Musical era Paul Anka. A veces iba a trabajar en un Cadillac con arneses de nácar y si te veía, al pasar, te daba una palmada en la espalda.

Recuerdo a la primera mujer que me besó muy fuerte, me mordió el labio, se sacó el vestido por sobre la cabeza y cerró los ojos. Me acuerdo de que la radio estaba encendida, me acuerdo de qué audición era y me acuerdo de Paul Anka que cantaba.

Me acuerdo de una tarde en la que hacía mucho frío y no quedaba mucho de este mundo. ¿Se acuerdan?

Me acuerdo de Marcello Mastroianni. ¿Qué película era? Y de una frase estampada al pie de un almanaque impreso por El Pan de Azúcar: “El que no acepta su derrota, está vencido”.

Me acuerdo de Beijing. Me metí por una calle oscura / entré a un garaje donde los chinos le daban al escabio / mil chinos / todos gritaban / Me acuerdo de una despedida de soltero en el Hotel Viña del Mar: Langosta a la mejicana / Corazones de apio / Tomates de Salsipuedes / Vinos de Colonia Caroya.

El padrino se subió a una silla y dijo: “¡Declaro a Córdoba libre!”. Atilio López ya había muerto, pero en Córdoba seguíamos sin darles bola a las monedas.

Me acuerdo de nuevo de Vicente, el gigante como la gente. Queríamos ser como vos. En serio, Vicente. Como la gente.

Y ahora, hablemos de Conrad

Propongo la remake de un filme: Lord Jim. Dirigido por Martin Scorsese. Interpretado por Johnny Depp como Jim, Tommy Lee Jones como Brown, Jack Nicholson como Cornelius, Ben Kingsley en el papel del sirviente Tambitam, y Michelle Williams como la mujer cuyas lágrimas caen sobre el cuaderno de bitácora.

Tres peticiones a la productora: la primera, que al guion lo escriba yo mismo en un chalecito al que le tengo echado el ojo en Salsipuedes. Segunda, que ni Bruce Willis ni Sandra Bullock intervengan para nada. Y tercera, que la recaudación de la noche del estreno se destine a engrosar la caja chica de la Biblioteca Vélez Sársfield, donde leí Lord Jim cuando era un niño que se volvía loco por las historias de la gente.

Y ahora, hablemos de Conrad.

O, si se prefiere, hablemos de Theodor Josef Konrad Nalec Korzeniowski, nacido en 1857 en Polonia y que escribió Lord Jim cuando ya había cumplido los 40 y navegaba por cuenta de Inglaterra con el corazón callado y un buen par de diccionarios en el camarote.

Y es que Conrad, el capitán Conrad, hablaba en polaco pero escribía en inglés, y sus novelas eran buenas porque eran buenas, pero también porque era un hombre irritable, maniático y contradictorio, que usaba monóculo sin necesidad y si se le caía la pluma cuando estaba escribiendo pasaba cinco minutos tamborileando los dedos furiosamente sobre la mesa, sin saber si culparse a sí mismo, despedir al personal de servicio o beber el contenido del tintero. Era terrible. Una página de aventuras, una de lealtad y otra de libertad. Sumando las tres páginas, se obtiene la definición de un hombre.

No tendría mucho sentido ponerse a escribir el guion de Lord Jim sin una necesaria dosis de pasión.

En realidad, no hay nada que tenga sentido si no se escribe con pasión.

¿Era esto exactamente lo que quería decir cuando comencé a escribir la crónica sobre Conrad?

No. Pero me queda la esperanza de que a él le hubiera gustado.

Una frase para la popu, maestro: “La conquista de la tierra en su mayor parte no consiste más que en arrebatársela a aquellos que tienen una piel distinta o la nariz ligeramente más achatada que nosotros”.

Hasta la reina estaba encachilada con los dones literarios de Conrad. A punto tal que lo citó a Buckingham para entregarle una medalla. Pero él no asistió a la cita. Le daba lo mismo que lo trataran de sir o de che compa. La reina, ofendida, no lo leyó nunca más. Se jodió sola, majestad.

La desgastadora estrategia del secretario de Redacción

Consta en actas: hubo una época en la que la Secretaría de Redacción de La Voz del Interior estuvo a cargo de un periodista veterano al que la edad, la autoridad y la experiencia habían conferido una mezcla de amor, respeto y majestad. Un viejo que cargaba la misma sonrisa socarrona que Frank Capra confería a los secretarios de Redacción de sus películas. Quiero decir que cuando ibas a verlo a su despacho, no golpeabas la puerta con los nudillos, sino con la yema de los dedos.

Acabo de utilizar seis líneas para decir lo que Víctor Hugo dijo en dos: “Hay llamas en los ojos de los jóvenes, pero hay luz en la mirada de los viejos”.

He aquí sus tres frases preferidas:

1) Los periodistas deben mantener los bolsillos limpios.

2) No hay patada en el trasero que no te haga salir para adelante.

3) Algún día caerá la fortaleza de los necios.

Era tan peculiar que se vanagloriaba de no haber ido nunca a Buenos Aires. Si le dabas a elegir un escritor, se quedaba con Esopo y defendía acaloradamente la teoría de que el periodismo tenía poco que ver con la literatura.

Con los años, muchos, había llegado a pulir un curioso método para seleccionar a los nuevos reporteros. Los aspirantes acudían a la cita cargados con carpetas repletas de cuentos y poesías, pero él les señalaba una silla con la pera y a las carpetas ni siquiera las abría.

Me gustaría hablar un poco más de él antes de seguir con su sistema: fumaba con boquilla, llevaba unos mangos negros que le cubrían la camisa desde el puño hasta el codo, usaba cortaplumas para afilar la mina de los lápices y su imponente cráneo de jabalí estaba cercado a los costados por dos placas de bronce con poemas de Arturo Capdevila.

¡Crisol! Así se llamaban las boquillas que usaba el secretario. Los aspirantes exponían sus virtudes mientras él los escuchaba cubriéndose los labios con el puño.

Dios mío, qué mal la pasaban aquellos chicos que habían acudido a la entrevista vestidos como para ir a un casamiento y que a los cinco minutos de iniciada no veían la hora de zafar de la misteriosa actitud de aquel hombre que no hablaba, no respondía y tampoco preguntaba. A su espalda contra la pared, un óleo de Ramón Villafañe destacaba las chimeneas de una fábrica abandonada.

En realidad, se trataba de un periodista totalmente subyugado por el misterioso hechizo del diario: cenaba, desayunaba y almorzaba en su despacho. A la hora de la siesta, cruzaba los pies sobre el escritorio y dormía con el diario abierto, cubriéndole la cara.

Recién cuando los novatos se movían en la silla con la desesperación de quien, por primera vez, osa nadar en lo hondo, el viejo, con deliberada lentitud, abría un cajón del escritorio, sacaba una cuartilla, un lápiz y una goma y se los entregaba.

–Mire, joven, yo tengo que hacer un par de cosas y voy a regresar en media hora. Mientras tanto, usted puede ir escribiendo alguna cosa sobre Córdoba. Lo que quiera.

Nunca pudimos ver ninguno de aquellos trabajos porque el Viejo, después de leerlos, púdicamente los rompía. Un par de días después, el aspirante, por carta, se enteraba del resultado de la entrevista.

Con el paso de los años gané confianza a su lado, y en una ocasión le pedí y obtuve una concisa explicación de su sistema:

–A mí no me interesa si un periodista escribe bien o mal, porque eso se aprende. Yo lo que no quiero es ver por aquí a ningún hijo de puta.

La última vez que estuve con el secretario, la diabetes le había arrancado un ojo y sólo fumaba cuando no lo veía la mujer.

Algunas veces, sin querer, pienso en él y en su teoría: la ciudad era el diario, el diario era la vida y él se había hecho cargo de la mesa de entradas.

Moraleja: la vida, la ciudad y el periodismo son tres cosas sagradas y están indisolublemente unidas entre sí.

A Esopo le hubiera gustado.

Diferencias entre un sismo y un espasmo

Todo comenzó, pudo comenzar, claro, en la finca de su abuelo, el masón, una mansión acorralada por los libros. Paz Octavio, el niño, sería recordado por Paz Octavio, el hombre, como un explorador que rápidamente se sintió impregnado por la bendición de aquellos “espacios tranquilos”.

El sosiego de la biblioteca de su abuelo, el masón, era infinito, un pozo de azul en medio del cielo. “Los libros se imponían como un

camino ancho y claro que llevaba hacia las alturas del aire divino”.

Cuando abandonó la infancia, Octavio lo sabía todo: desde el primer abecedario que apareció flotando en un papiro sobre las aguas del río Grande hasta la composición de los cálculos renales que convirtieron las micciones del inca Atahualpa en un infierno.

Octavio Paz fue mucho más fiel al pozo azul de su cultura editorial que a los lugares por donde anduvo a lo largo de una vida signada por el movimiento. Becario, embajador, empleado bancario, poeta, bolchevique converso, Paz posaba y brillaba como un dios en todos lados, y cuando recibió el Premio Nobel bastaba verlo con la pechera de buchón almidonada para saber que había nacido para eso.

Sin embargo, donde mejor se lo veía, donde sus glándulas y sus átomos repimporoteaban, era cuando escuchaba las pisadas de sí mismo en medio de los libros. A veces, inclusive, no hablaba como un escritor sino como un librero. Yo no le temo a la muerte –decía–, le tengo miedo a las polillas.

Imagínenlo ahora en la noche de 20 de septiembre de 1985, mientras el suelo del Distrito Federal crecía y se encogía en el terremoto más significativo del siglo. Imagínenlo aguantando el terror y sin perder de vista el equilibrio de sus libros. Entre un sismo y un espasmo –elucubró en ese momento–, hay la misma diferencia que entre una palabra dicha y una palabra escrita.

Aguantó un terremoto, pero no pudo hacer nada cuando, en 1996, lo sorprendió un incendio. ¿Cómo se puede sobrevivir a la quema de un millón de volúmenes? Fue entonces cuando dijo que hasta la belleza del fuego era indispensable. Pero México sabía que o Paz mentía o era que se estaba muriendo. Acertó. Paz murió de mala manera hace ahora 15 años, triste y enfermo. Ojalá que le ventile las glándulas y los átomos el aire divino. Paz a los hombres.