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Quiénes y cuándo

John Wayne, la inmensa soledad. 

24 de agosto de 2013 a las 02:47 p. m.
Redacción La Voz
Quiénes y cuándo

Lo mismo que la República Argentina y Daniel Passarella, John Wayne nació un 25 de mayo. Géminis. Ojo. Naturalmente, no se llamaba John Wayne. Nadie nace llamándose de esa manera. Su nombre real era Marion Robert Morrison, original de Winterset, Iowa. Año de nacimiento: 1907. 1907: el oso.Su padre, Clyde "Doc" Morrison, se desempeñaba como ayudante del farmacéutico del pueblo. De Mary Alberta Brown, su madre, una mujer estoica y silenciosa, no quedan huellas. Su frase más socorrida: "Con la ayuda de Dios y de mis oraciones". Obviamente se trataba de una familia presbiteriana. En noviembre de 1912, el clan de los Morrison viajó para radicarse en California: habían invertido sus ahorros en unas hectáreas de campo y querían probar fortuna en el negocio del maíz. Tardaron dos años en tirar la toalla. Y es que vivían mal: sin agua, sin luz y sin cabalgadura, lo que obligaba diariamente al joven Marion a caminar 10 kilómetros para ir y volver de la escuela. Con la ayuda de Dios y de las oraciones de Mary Alberta, el clan, tras inciertos deambuleos, acabó estableciéndose en un suburbio de Los Ángeles, no muy lejos de la fábrica de sueños. El padre volvió a trabajar en una botica y lo hizo hasta que murió a los 48 años, con apenas 10 dólares ahorrados en el banco. De los 10 dólares, seis fueron para pagar su entierro. Eso sí, para su Marion Robert dejó escrito un pliego de instrucciones que el chico memorizó y aplicó a conciencia:1) No insultes a nadie.2) Si empeñas tu palabra, es para cumplirla.3) No busques pelea, pero si te resultara inevitable, defiéndete con el convencimiento de la victoria.No parece haber sido muy difícil ser hijo de "Doc" Morrison. Buscando ese mango Marion tenía pantalones cortos cuando comenzó a trabajar. Por la mañana, repartiendo diarios a domicilio, y por la tarde, cuando finalizaban sus obligaciones escolares, como cadete en la farmacia de su padre. Los fines de semana tampoco descansaba: acomodaba a los espectadores del cine Palace. Adoraba las películas de Tom Mix. ¿Cómo que qué Tom Mix? John Wayne se llamaba Marion, pero le decían Duke. En sus orígenes, Duke era el nombre de su perro pero, por algún motivo, acabó heredando su apodo. Hay fotos de los dos amigos. Abrazados. Una suave ternura los envuelve. No debe haber sido difícil ser el perro de John Wayne. A los 18 años, Duke (el otro), ya huérfano de padre y madre, estudiaba en la Universidad de California del Sur, donde claramente se destacaba... como deportista. Medía más de 1,90 y su enorme corpachón hubiera merecido una escultura de Rodin. Fue justamente su ídolo mayor, Tom Mix, mecenas del team universitario de fútbol, quien recompensó al mejor jugador del equipo con una changa veraniega que le reportaría 35 dólares semanales. Así fue, de carambola, como nuestro hombre llegó al cine.Era un muchacho voluntarioso y si le pedían que trasladara un ropero a la otra punta del estudio, lo hacía sin rechistar. En los estudios de Hollywood, siempre había muchas cosas para trasladar. Así, por prepotencia de trabajo, llegó a convertirse en un utilero indispensable. Tal vez el mejor utilero de la Fox.Su debut como actor – ¡Madre mía! , 1928– merece un párrafo aparte: "Recuerdo que en aquella película –contaría después su realizador, John Ford– había una escena en la que la madre leía una carta donde el ejército le informaba la muerte de uno de sus hijos. La mujer estallaba en sollozos. Era en otoño, las hojas caían de los árboles y ella estaba sentada sobre un banco de madera. Ya habíamos hecho un par de tomas y, cuando estaba rodando la que sería la definitiva, vi aparecer a John Wayne con una escoba, barriendo las hojas muertas. No se había dado cuenta de que estábamos rodando. Y como barría cachazudamente en realidad no fastidiaba. No quise cortar. Cuando advirtió su intromisión vino inmediatamente a disculparse, pero ya era tarde. Ese fue su debut cinematográfico". Ford, un apasionado del fútbol, lo describiría con exactitud en sus memorias: "Un gigante de modales rudos y costumbres sencillas".No debe haber sido muy difícil debutar en un western dirigido por John Ford. Los primeros "rounds" de estudio Es extraño, pero todavía no existe en ninguna biblioteca del mundo una filmografía completa del actor. Y esa es una fascinante venganza del cine silente, porque Duke, en sus años de utilero, hizo películas a bocha, pero en el reparto no figuraba ni a los 10. Películas de cuatro o cinco tomas, con las que hacía la diaria porque había dejado de estudiar y prácticamente comía, dormía y vivía en el estudio. Siempre había un ropero que mover en la fábrica de sueños. Hasta que en 1930, el realizador Raoul Walsh prestó atención al utilero-atleta y lo contrató como extra para el rodaje de Sendero de gigantes . Un western de dos palos verdes, una fortuna.El rol principal estaba destinado a Tom Mix (¡oh!), pero el destino urdió un plan tan rocambolesco que el actor se mandó a mudar a una semana del rodaje y Walsh tuvo la idea de catapultar al utilero al rango de primera figura. No fue una gauchada. Ni siquiera un pálpito. A lo sumo, una manera bastante obvia de aliviar el presupuesto. Wayne, a esas alturas, todavía trabajaba por el pancho y por la coca.Walsh le cambió definitivamente el nombre, porque Marion Morrison le sonaba demasiado triste, demasiado funesto. John Wayne apareció incluido entre la lista de difuntos que ocasionó un huracán que hizo centro en Nueva Orleans. Walsh leyó la crónica en el diario y al llegar a John Wayne dejó de leer. Ese era el nombre que andaba buscando. De 8 a 21, y sin dobles Sendero de gigantes fue un fracaso pavoroso, a resultas del cual Walsh, por un lado, y Wayne, por el otro, perdieron el trabajo. Entre 1932 y 1939, el hijo del boticario, pellizcando aquí y allá, hizo medio centenar de trabajos, especialmente westerns de un indio, dos flechas y un caballo. El salario era decente pero, para merecerlo, había que trabajar diariamente entre las 8 y las 21. Ojo: los dobles no existían y cada actor debía aprender a montar, desmontar y tratar con vacas y caballos. ¿A quién le importaba la calidad de una actuación? Para sobrevivir en el mundo del cine, había que saber ensillar un potro y sofrenarlo en la Luna. John Wayne se formó con una generación de actores que cuando recibía el guion lo abría, leía el número de la página, la primera línea, una línea en medio de la página, después pasaba a la siguiente, y esa misma noche se dormía.No debe haber sido muy difícil dormir con las botas puestas. Una obra maestra Si no llegaba el año de 1939, la biografía de John Wayne hubiera resultado tan obvia como una guía de teléfonos. Y es que 1939 fue el año en que John Ford puso en marcha la filmación de La diligencia , un cuento de Guy de Maupassant convenientemente adaptado y retocado para las necesidades visuales y dramáticas del nuevo mundo y el viejo oeste. Homero Alsina Thevenet le clavó una frase de campeonato: "He aquí la película más joven de un poeta maduro". Originalmente, el héroe de la historia, Ringo Kid, parecía cortado a la medida del actor Gary Cooper, pero John Ford se salió con la suya y confió el personaje a su nebuloso pollo de cabecera, convertido a esa altura en un actorzuelo callado y obediente, aunque dotado de una envidiable presencia cinematográfica. En La diligencia –es un decir– Wayne actúa como si todavía arrastrara los bolsos más pesados del estudio.El rodaje dejó un rosario de anécdotas porque, durante su transcurso, el realizador trató al actor de muy mala manera, sin privarse de recriminarle de manera ostentosa cada vez que no conseguía los efectos requeridos. Algunos consideraron su actitud como despótica, pero el actor, en cambio, no lo hizo. Años después lo explicó convenientemente: "Cuando terminamos de rodar, Ford me hizo conocer las razones de su conducta. Me dijo que había tenido dos motivos para tratarme como una bolsa de papas. El primero había sido que, conociéndome como me conocía, sabía que al agredirme movilizaba mis emociones y lograba un juego mucho más auténtico. El segundo fue que temía a las reacciones de mis compañeros de reparto, un plantel de actores consagrados que tal vez se hubiesen sentido muy mal por compartir el estrellato con un advenedizo. Ford pensó que, al atacarme con violencia, el equipo se pondría de mi lado. Y eso fue exactamente lo que acabó ocurriendo". No debe haber sido difícil conseguir un autógrafo de Ringo Kid. Mucha vida, pocos folios El resto es conocido por todos. Ford mismo se encargó de consolidar la carrera estelar de Wayne. Y después de Ford, vinieron los demás como langostas: Tay Garnett, Otto Preminger, William Wellman, Allan Dwan, Howard Hawks, Michael Curtis, Cecil B. de Mille, George Sherman, George Stevens. De todas maneras, resulta imposible resumir una carrera de 50 años en un par de folios. Ahora hay que contentarse recordándolo al frente del reparto de películas importantes ( Río Bravo , El hombre quieto , Hatari ) y de otras menos encumbradas, pero igualmente fascinantes ( Arenas de Iwo Jima , El Dorado , Río Grande ).En la década de 1970, consta en actas, Wayne se convirtió en una atractiva metáfora del poderío norteamericano. Cualquier chico de 20 años lo veía estampado en un afiche y sufría un ataque de histeria. Wayne, por supuesto, no lo ignoraba, aunque supo neutralizar el rechazo con un apreciable sentido del humor: invitado provocativamente para dar una charla a los jóvenes estudiantes de cine de la Universidad de Los Ángeles, el Duque acudió a la cita llevando un casco de combate a manera de sombrero y manejando un tanque Sherman que rumbosamente estacionó en la playa destinada a los profesores.La anécdota es preciosa, pero en el cine hay pocas cosas que perduran. El cine es efímero, tan efímero que los grandes mitos del pasado hoy deambulan protegidos, a lo sumo, por una inmensa soledad. John Wayne está solo. Y Henry Fonda. Y Spencer Tracy. Y Gregory Peck. Y yo, que digo que todo está bien cuando sé que todo anda mal.A la barra brava del Cervantes se le ablandaron las pupilas al saber que Morrison, campeón de recaudaciones, decidió clausurar su andadura haciendo de sí mismo en una buena película de Don Siegel, El último pistolero .Si yo tallara en las reuniones del Ministerio de Educación, impondría la visión obligatoria de El último pistolero en todas las escuelas: Wayne es un viejo combói que sufre los embates de un cáncer terminal y decide enfrentarlo en buena ley. Pero el cáncer resulta más veloz y lo liquida. Moría Wayne y moría una época. Basta de pistoleros. Basta de caballos. Basta de dormir con la cabeza sobre la montura y de tomar café a la intemperie en un jarrito de hojalata.Ya no queda nada de eso. Hollywood cada vez da menos. Mejor dicho, Hollywood ya no da nada. Lo que quiero decir es que Wayne era un actor a la medida para un género bastante conservador y sumamente clásico, pero que intentaba hacer su trabajo de forma honesta.Murió en 1979. Treinta y pico de años más tarde, me parece uno de los monstruos sagrados más logrados. ¿Por qué las grandes historias suceden siempre en el pasado?¡Ea, concejales! ¿Para cuándo una placa de John Wayne en el Cervantes? ¿Para cuándo una placa del propio cine Cervantes? Tiempos necios que sopláis Esta es la última nota que escribo de Morrison, combói recio y muy republicano, tres o cuatro veces divorciado y sutilmente seleccionado por el maestro John Ford para protagonizar sus obras maestras. Después de ver Centauros del desierto , el crítico mayor del Reino Unido, Lindsay Anderson, afirmó que Dios estaba en la tierra. Wayne era Dios: "No resulta complicado descubrirlo, lo difícil es perderlo de vista". Los cineclubistas del cuaternario cordobés lo odiaban por racista, machista, reaccionario, anticomunista, imperialista, militarista, fascista y belicoso. Es más: si se enteraban de que habías ido a ver El Dorado , te esperaban a la salida y te fajaban. ¿Valía la pena recibir una paliza por haber ido a ver una película de Wayne? Sí, sí, sí, sí. Aquellas fueron épocas durísimas porque nunca quedó claro si el insulto nacía de un análisis pormenorizado de todas sus películas o si se trataba de un reflejo snob y caprichoso propio de los '60 y los '70. Tiempos necios que, para cierta crítica perezosa, aún perduran. Chau pibes. Mi propio flashback de John Wayne no archiva otra cosa que su andar, sólo comparable al de Gary Cooper. Wayne era un oso fatigado, chanfleado, inimitable. Había que tener fuerza para arrastrar el culo de esa manera y hacerlo tanto en territorio comanche como en las playas de Normandía. A ver, ¿quién da más? Utilizó el Winchester 73 tanto como el Colt 45, resistió tras la fortaleza de El Álamo, protegió la diligencia más famosa del far west , atravesó el río Bravo cabalgando un burro impresentable, capitaneó eficazmente el Séptimo de Caballería, defendió Fort Apache, besó a Angie Dickinson en tres oportunidades y se emborrachó perdidamente por el amor de Maureen O'Hara en El hombre quieto , una (otra) de las obras maestras de John Ford. Yo vivo en la calle Obispo Salguero pero, francamente, me hubiera gustado vivir en una calle que se llamara "El hombre quieto". El hombre quieto 836, 8º piso, puerta D.Afirman los catedráticos de la cosa que el actor era la perfecta encarnación del carácter norteamericano. Yo, mistificador profesional, creo que fue al revés: que la ficción le dio mate a la realidad y que fue gracias a John Wayne que el carácter norteamericano comenzó a perfilarse con mayor nitidez para lo bueno, lo malo, la salud, la enfermedad, la riqueza y la pobreza.En un principio esta nota iba a llamarse "Más allá del bien y del mal", pero finalmente desistí. A Wayne le hubiera parecido una mariconada.