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Quiénes y cuándo

Vote a Sarmiento. Del Carril. Singin’ in the rain. 1.329.604 habitantes / y todos necesitan un poco de ternura. Daniel Salzano.

01 de diciembre de 2012 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
Quiénes y cuándo

Vote a Sarmiento

Quiere, exige, la leyenda, que siendo ya Domingo Faustino Sarmiento un hombre viejo, recibió en su retiro paraguayo la visita de un sobrino de Nicolás Avellaneda. Iban ambos de paseo, recorriendo los jardines de la casa, cuando el maestro le preguntó a qué se dedicaba.

De manera natural, lacónica y tímida, el muchacho le respondió que a la poesía. Lo que recibió por respuesta fue una explosión de gestos y palabras que no sólo lo descalificaba a él sino a la propia poesía. Y es que Sarmiento consideraba que la poesía era algo a lo que en realidad no podía “dedicarse” nadie.

Traduciendo: para él estaba bien dedicarse a plantar árboles, pero no toleraba que alguien dedicara su vida a la botánica. O, mejor aún: si te interesaban las estrellas, en lugar de pelar el lápiz de la lírica y dedicarles unos versos, más te valía conseguir un pico y una pala y ponerte de cabeza a construir un observatorio. Un observatorio, al fin y al cabo, como el que él mismo hizo levantar en barrio Güemes cuando era presidente.

Una vez dijo a lo largo de un discurso: “Antes de inventar la rueda, no había historias sobre la rueda”. Vote a Sarmiento.

La leyenda de Sarmiento, como el corazón de los elefantes, mide 50 x 45 x 36.

La leyenda del maestro indestructible, por ejemplo, cimentada por propios y ajenos desde que él, con pantalones cortos todavía, y mientras esperaba la concesión de una beca salvadora, iba de pueblo en pueblo, de escuela en escuela, moviéndose como un personaje de John Ford a lomo de una mula.

Ahí viene el maestro Sarmiento, decían los chicos al divisarlo de lejos, con un paraguas enhebrado en la montura y una pila de libros en la alforja. Ahí viene el maestro, decían, y en el acto ponían pies en polvorosa, porque el padre del aula no sólo fue chinchudo durante el declive de su vida, en Paraguay, sino también de joven.

A ver vos, preguntaba, ¿cuánto es cuatro más dos más dos más dos y más dos? Y si te equivocabas, te ponía en penitencia contra el tronco del árbol que está frente a la cordillera de los Andes. Vote a Sarmiento.

Pero volvamos a los días de su pálido final en Asunción, donde los médicos lo tenían contra las cuerdas de las prevenciones. Nada de frío, ni de vinagretas, ni de chinchulines, ni de enculamientos y muy-es-pe-cial-men-te nada de tabaco.

Y es que el padre del aula, niños, era un fumador excepcional, un murciélago de tremendos pensamientos que soltaba humo por la nariz, la boca y las orejas cuando conversaba, cuando negociaba, cuando escribía y, sobre todo, cuando acompañaba al fogonero en la locomotora de los primeros trenes que avanzaban unificando el territorio argentino. Civilización o barbarie. Deme fuego, compañero.

Vote a Sarmiento.

Sarmiento murió el 11 de septiembre de 1888. En su homenaje, es la fecha en la que se celebra el Día del Maestro, el del trabajo, el de la honestidad, el de la pasión, el de la cordillera de los Andes y el del humo. ¿Gloria y loor? Él jamás hubiera utilizado esa expresión más propia de titanes que de poetas le­chuguinos.

Vote a Sarmiento.Del Carril

Probaba con diferentes seudónimos el joven Piero Bruno Hugo Fontana, pero ninguno funcionaba. Era bueno como cantor de tangos, pero los amigos del rioba, de Flores, lo seguían llamando “Gringo”, como al comienzo.

Con el primer seudónimo que eligió, Alejo Pacheco, no pasó absolutamente nada. Con el segundo, Hugo Font, tampoco. ¿Es necesario certificar la ­suerte que corrieron los siguientes, Oro Cáceres y Pierrot? Recién con el quinto alcanzó la invulnerabilidad de los

dio­ses. Hugo del Carril, que ayer hubiera cumplido 100 años, era el pibe de oro con voz de barítono que todos los porteños llevaban en un lugar del corazón.

Cuando llegó al cine, pasó lo mismo: entró a la tronera de la gloria sin necesidad de tocar la baranda. ¿Necesitás para la próxima película un gomía de ley? ¿Un payador sentimental? Toma, acá tenés el teléfono de Hugo.

Estaba tan matrizado su estilo que, cuando decidió dirigir su propio cine, nadie creyó que pasaría de deshojar la margarita de Gardel. Error. Tras pulir el oficio con un par de obras menores, hizo una película –Las aguas bajan turbias– cuyo guion elaboró consultando en la cárcel con el autor de la novela original, Alfredo Varela, bolche censurado.

Nunca pudo el peronismo digerir enteramente que su voz mayor hiciera saltar la banca del cine nacional y popular apoyándose en la novela de un zurdo.

La oposición, por su parte, tampoco pudo digerir enteramente la obra de un artista que había grabado La marcha peronista con una convicción insuperable.

El público, en cambio, hizo lo que debía: le pasó un brazo sobre el hombro, le sacó una foto, la enmarcó y la colgó en el living, en la misma hilera de los grandes. Hay gente que todavía conserva en la agenda el número del "Gringo".Singin' in the rain

Primera ayuda: Gene Kelly advierte en medio de la calle y debajo de la lluvia que está total e irremisiblemente enamorado de Debbie Reynolds. El descubrimiento le ocasiona una sensación tan placentera que primero sonríe, después ensaya unos pasitos de baile, tac tacatac y, con los brazos extendidos, amenaza con volar.

Hay tanto misterio y conmoción en el amor, que Kelly se incrusta bajo el chorro de una canaleta para –explica la cátedra– ser bautizado por la gloria.

Ese es el momento elegido para entonar la canción que marca un antes y un después en la evolución de la comedia musical: I’m siiiiiiiingin’ in the rain / what a glorious feeling / I’m happy again, mientras la orquesta ataca forte, fortissimo y Kelly no elude los charcos sino que los busca, los encuentra y los aplasta, plaf plaf plaf, mientras la cámara retrocede y se eleva para estacionarse en un plano general que si usted busca y no encuentra citado entre los 10 más influyentes de la historia, será mejor que cambie de enciclopedia.

Segunda ayuda: Se trata de la única película que recuerda el moribundo Harvey Keitel en Heridas de amor, cuando Dios lo interroga para saber si debe dejarlo entrar al Paraíso:

Keitel: “La verdad es que no me canso de verla”.

Dios: “A mí también me encanta. Es una de las cosas más bellas que haya creado un artista norteamericano. Tan buena como la novela Moby Dick”.

Keitel: “¡¡Mejor que Moby Dick!!”

Dios abandona la silla y, con aire nostálgico, ensaya unos pasos de baile y canta en voz baja:

Dios: “I’m siiiingin’ in the rain / just siiiiiingin’ in the rain...”

Tercera ayuda: ¿Saben los nacidos en 1952 que ya tienen la misma edad que Cantando bajo la lluvia?

P. D: Según las últimas investigaciones, Gene Kelly llegó a tierra firme desembarcando del arca de Noé.1.329.604 habitantes / y todos necesitan un poco de ternura

Para escribir una crónica sobre San Juan de Dios, santo patrono de lectores y libreros / lo primero que hay que hacer / es pegarle un grito a la máquina / para que escriba sola.

Lo segundo / es levantar un paredón de libros / resulta aconsejable incluir en los cimientos las obras completas de Fiador Mijailovich Dostoievski / dos libros de D’Artagnan / tres de Víctor Hugo / entre mil y mil quinientos versos de Oliverio Girondo / y una novelita cualquiera de Elmore Leonard / Leonard escribe como si todos los días desayunara en el Sorocabana “La mujer que acompañaba a Harry aquella noche se parecía a Gina Lollobrigida”.

En lo que respecta a la crónica propiamente dicha / les diré que dividiendo el millón de pasos cuadrados que mide esta ciudad / entre sus 1.329.604 habitantes / se obtiene un resultado de cinco libros por cabeza / Roberto Arlt vale dos / Cervantes vale tres / Macondo vale cuatro / y Wallace Stevens vale cinco / Wallace Stevens escribió: “Hay hilos en tus ojos / en la superficie del agua / y en los bordes de la nieve”.

Oh por favor / no vayan a creer que soy un maniático / un coleccionista / uno de esos bibliófilos que antes de acostarse dobla los pantalones por la raya / acomoda un zapato al lado del otro zapato / y protege sus libros a golpe de plumero.

Los libros odian los golpes de plumero.

Lo que quiero decir es que a los libros no se los golpea / a los libros se los saca a pasear / cuando tienen miedo de morir / y se les habla: / esta es la calle Rivera Indarte / libro / esos botes de alquiler que avanzan por el lago del Parque Sarmiento pertenecen a Homero / libro / esta ciudad tiene 1.329.604 habitantes / libro / y todos necesitan un poco de ternura.

Por las dudas / en los cimientos del paredón / yo agregaría un libro de frases / escritas con lápiz de labios / te espero a la una y media cuando salgas del Gran Rex / o algo por el estilo.