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Quiénes y cuándo

Nunca llegamos a ser lo que Dios hubiera querido. Moreno. Romy Schneider. Daniel Salzano.

26 de mayo de 2012 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
Quiénes y cuándo

Nunca llegamos a ser lo que Dios hubiera querido

A  veces pienso que hubiera podido ser un buen boxeador, un buen boxeador de peso gallo. Me veo de puta madre inhalando por la nariz y desinhalando por la boca, manejando un Buick de colección, fumando puros habanos en los momentos de gloria y disputando el título ecuménico en Japón, con una bata financiada por la Dirección de Turismo de la Provincia, el bar Sorocabana y Sucesos Deportivos. Sin embargo, no acabo de decidirme por el nombre de combate. ¿Quién le eligió el nombre a Rocky Marciano? ¿Al Bombardero de Detroit? ¿A K.O. Lausse? ¿Al Torito de Mataderos? Pura poesía.

Boxeador. O escritor. Creo que los lazos que ligan la literatura con el pugilismo existen y son tan abundantes como inesperados. En ambos hay que ocupar el centro de la acción y retenerlo, advertir que la fama es puro cuento, pensar sobre la marcha, entrenarse de manera metódica y concienzuda, moverse con la gracia de una mariposa y picar con la saña de una avispa.

La banda de sonido que obtenía Humberto ­Madriaga haciendo soga en el gimnasio del ­Córdoba Sport Club era muy similar a la que ­produce una Olivetti Lettera 35 en manos de ­un escritor bien entrenado. Los boxeadores, cuando se retiran, venden praliné en la esquina de Olmos y Alvear. Los escritores, no. Se convierten en ­viejos inocentes que flotan en el aire. Unos y otros, sin embargo, acaban llegando a la misma conclusión: nunca se llega a ser lo que Dios hubiera querido.

A veces pienso que hubiera podido ser un ­buen animador de los bailes de carnaval de la Asociación Redes Cordobesas. Me veo brillando como una luciérnaga, luciendo una camisa amarilla con palmeras estampadas, sacudiendo las ­maracas del sol y de la luna y meciéndome a lo bestia de la cintura para abajo, con el fin de ­animar los sueños más ocultos de la mayoría ­silenciosa. Oé oé.

Para ser un buen animador de bailes populares, había que sumergir la cabellera en una palangana de Glostora, depilarse el bigotín, golpear el suelo con un par de fulminantes tamangos combinados y no comerse las eses. Toda la jerga del show business cordobés está regida por la letra ese: “Señorass y señoress, damass y caballeross, buenass nochess queridoss amigoss, vierness Salsipuedess, ssábado La Playossa, domingo Lass perdicess”.

Me hubiera gustado aprender a caminar en los cursos a distancia de Paul Newman.A veces pienso que hubiera podido ser un buen desaparecido: una noche de dos grados bajo cero yo iba caminando por 24 de Setiembre cuando a la altura de Viamonte dos monos se bajaron de un Falcon y de un solo zapatazo me incrustaron en el baúl junto a una rueda de auxilio y una lona doblada en cuatro partes. Había más cosas pero yo no las veía porque tenía los ojos cerrados.

A una cuadra de Plaza Colón, por Santa Rosa, el Falcon frenó de golpe, los simios se bajaron, abrieron la puerta del baúl y me dijeron salí. Salí, la puta que te parió. Y me dibujaron un chichón de buena calidad entre la oreja y la frente. Tal vez se confundieron de desaparecido. Llevo puesto ­el olor de aquella noche a lo largo y a lo ancho de ­mi pobre pituitaria. Si yo tuviera que hacer un documental sobre Córdoba, empezaría buscando los antecedentes del tipo que diseñó el baúl del Falcon: dos húmeros de largo por cuatro cúbitos de ancho.

Me hubiera gustado ser un as de la aviación, bordar la inmensidad con una de esas carrindangas que escriben versos en el aire. Me veo con las cejas como espinas asomando por las antiparras y también me veo redactando a toda mecha noticias truchas pero bellas: “Una ballena azul apareció varada en la plaza Jerónimo del Barco”.

Me hubiera gustado jugar en Atenas, ser un caballo para meter ruido los días de lluvia, ser un enano del Cirque du Soleil y tener un romance de tinta china con Aleta, la chica del Príncipe Valiente.

Y, hablando de historietas, sepasé que il Duce, Benito Mussolini, prohibió las historietas de Mandrake porque a Narda, su grande amore, se le marcaban las caderas cada vez que el viento le azotaba la pollera.

Creo que los hijos deberían tenerse a los 15 años. Es la única manera de jugar a medias con la computadora.

Me hubiera gustado ser el hijo de Edmundo Rivero. Me veo de 10 afinándole la viola, ce­bándole mate y, una vez al mes, haciendo cola ­en Sadaic.

Lo primero que voy a hacer cuando llegue ­al paraíso será buscar a Homero Manzi y pedirle que escriba Sur. De nuevo. Me hubiera gustado recostarme en la vidriera, pero no pudo ser, ­lo siento.

Nunca llegamos a ser lo que Dios hubiera querido que fuéramos.

Me hubiera gustado fracturarme algún hueso. Un hueso chiquito. Sé que hubieras ido al San Roque a visitarme.

Pude haber sido un buen jockey. Tanto es así que en lugar de comprar una moto, me compré un caballo. Lo juro. Se llamaba Río, como Ceballos. Pero tuve que venderlo. Lo subieron a una chata que encaró para el lado de Santiago del Estero. Cada vez que veo una del oeste me fijo en los caballos, porque es probable que Río haya terminado trabajando en la fábrica de sueños. ¿Alguna vez han vendido un caballo? En el centro de la galaxia, a 10 mil años luz del Sol, aún lo veo alejarse. Debería, todavía, llevar una cinta de luto envuelta en cada brazo.

También me veo en el estudio de la Warner representando el papel del negro que, en Gilda, toca el bongó mientras Rita Hayworth canta y baila Amado mío. Sí, amita. Pero nunca llegaremos a ser lo que Dios hubiera querido.

Me hubiera gustado hacer Hamlet con la calavera de Jerónimo Luis de Cabrera. ¡Oh, padre, por qué nos has abandonado!

Eso con respecto a lo que hubiera querido ser. Con respecto a lo que soy, las bolas de billar salen disparadas en dirección a todas las troneras. Fui un niño requetefeliz que leía el Misterix en un umbral de granito emplazado en la calle Esquiú, bastante cerca del ferrocarril Belgrano. Fui soldado y un 25 de Mayo, en un desfile militar, le hice la venia a Arturo Frondizi.

Otrosídigo: fui al cine dos veces por semana durante 50 años consecutivos y dejé de hacerlo cuando ya había visto todas las películas. ¿Qué más puedo decirles? Me casé un jueves. Mi hijo nació un viernes. Y hoy es sábado.

Lo que verdaderamente me hace pedazos es que, haga lo que haga, jamás podré volver a hacerlo.

Moreno

De Moreno Mariano crecimos sabiendo lo que afirmaban los historiadores del Consejo de Indias del Billiken: que poseía una pluma de ganso que escribía sola; que se recibió de abogado con promedio de 11; que cuando iba en dirección al Cabildo los vecinos decían ahí va el numen y que cuando murió en alta mar, presuntamente envenenado, el presidente de la Primera Junta, Cornelio Saavedra, alias la gata Saturna, cerró con un epitafio memorable sus escasos 32 años de existencia: “Se necesitaba tanta agua para apagar tanto fuego”.

Bueno, la verdad es que lo de la gata Saturna no salió nunca publicado en el Billiken, ni tampoco lo del envenenamiento, aunque deberíamos haberlo deducido porque ¿qué otro destino podía caberle en Buenos Aires a un funcionario al que, por convicción y fantasía, le tocó asumir el rol de paladín de una revolución que se proclamó a puertas cerradas, escasamente arropada por unos vecinos que afuera, en la calle, se mojaban, esperaban y exigían saber lo que pasaba?

Así nacimos, así crecimos y de la misma forma moriremos.

De un lado, Mariano Moreno; del otro, Cornelio Saavedra, representante del establishment y militar de carrera que, en el fondo, no aspiraba a otra cosa más que a pasar a la historia con un par de calles con su nombre, pero que sin dejar constancia de una sola de sus huellas digitales, permitió que Mariano Moreno metiera la cuchara en el dulce tarro de la revolución y se empachara.

No llevaba cinco días navegando el renunciante secretario de la Primera Junta cuando su esposa, María Guadalupe Cuenca, recibió un cofre que contenía un abanico y un par de guantes negros. Traducción: date por viuda, nena, el numen es boleta.

Romy Schneider

A mí, lo que más me impresionó, fue la manera en que, un año antes de suicidarse de verdad, Romy Schneider comenzó a morirse de mentira. Primero, inmortalizada en los diarios de París llorando y hablando sola; después, haciendo películas que le costaba terminar porque empezó a olvidarse la letra, a pelearse con los iluminadores o exigir quedarse a solas con el fantasma del hijo aquel, David, de 14 años, que saltó la verja de la casa de los nonos y cayó atravesado por la punta de las lanzas.A despecho de aquella historia espantosa, yo, tú, él, nosotros, todos, mientras tanto, entrábamos y salíamos sin parar de los cines donde daban sus películas, fascinados, entregados, hechizados por aquella belleza clara y limpia, inocente y alegre, tan perfecta como Gene Tierney, pero con mucha más vida, y tan sexy como la primera Signoret, pero con mucha más armonía.Estabais, estábamos, perdidamente enamorados de aquella Rosemarie ­Albach-Retty (44) que se murió, se ­mató, se marió, se mutó, hace exactamente 30 años, cuando para redactar su necrológica no era necesario consultar el archivo sino escribir con los ojos cerrados. Los críticos la mimaban como a una potranca de carrera, y yo, nosotros, todos, continuábamos perdidos por su manera de fumar, de caminar, metiendo el pie derecho un poquito hacia adentro y a veces mostrando la pancita a través del camisón o riéndose con aquella risa grande y matinal que entraba por la calle Rivera Indarte a través del Cine Ópera y salía por San Martín a través del Palace. Todavía quedan algunas películas suyas entre las ruinas de los videoclubes. Habría que apresurarse a verlas porque van a desaparecer, de la misma manera que un día lo hizo el piano del bar Unión o los caramelos alfeñique.¿Cuál Schneider?, te pregunta el pibe del video. ¿Córdoba Dorada?