Quiénes y cuándo
En la cola de la morsa. Mi corazón es muy desdichado tratalo bien / con mucho cuidado. Daniel Salzano.
En la cola de la morsa
Yo lo único que sé es que / exceptuando la pieza donde escribo / todo lo demás parece un agujero / yo lo único que sé es que todo sucede tan rápido / que es como si no pasara nada / anoche leí un poema de Robert Lowell que me hizo dormir con la boca abierta / “sólo son los niños quienes crecen”.
Hay lectores que me paran en la esquina / para reprocharme / loco / maldito seas / no pongas más fichas en la máquina de sufrir / yo les digo que no tengo la culpa / que mi generación fue entrenada para ganar el Oscar / pero las cosas no salieron / ni siquiera entraron / si Córdoba fuera la Renault / estaríamos en la cola de la morsa / la que te aprieta los dedos.
Yo lo único que sé es que me siento muy solo los domingos / al atardecer / me he pasado la vida matando tardes de domingo / sin nada en la tele / salvo esa de la Warner en la que Paul Newman se come 50 huevos duros / cada vez que la programa Teleocho / me avisan por teléfono / pero Newman ha muerto / y no sabemos a quién dirigirnos / a los curas no / a los políticos no / a los funcionarios no / los únicos en los que todavía creo son los artistas / adoro a la gente que persigue imposibles sin un peso / y con un par de cojones / lo único que me llena de alegría es levantarme y / de pie / y desnudo / comenzar a vestirme.
Ayer me confundí / y me puse una gota de Hepatalgina en cada ojo / 10 minutos más tarde y mis pupilas parecían dos bestias belicosas / fui a la guardia del sanatorio / el ardor me impedía ver el cielo raso / me dormí en la camilla de la guardia / y cuando desperté las dos bestias se habían escondido / el sanatorio y yo mantenemos una larga y sangrienta relación que incluye operaciones / fracturas / cataratas y vacunas / cualquiera podría decir que con esos lazos se podría anudar una amistad / pero ahora advierto que en el núcleo de mi historia clínica no hay nada / ni siquiera saben que tengo un perro / o que pagué 100 dólares por un dudoso autógrafo de Ringo Bonavena.
¡Yo lo único que quiero es que me afeite la enfermera del tercero! / ¡qué emoción! / cuando Pablo Neruda estaba en las hilachas / esperaba ansiosamente el momento en que la enfermera se agachaba para cambiarle la chata.
En verdad / no es que pida demasiado / me conformaría con que los arbolitos de la calle Rivadavia fueran menos explosivos / son los mismos arbolitos que le aullaban al cielo de Cavallo / “tengo la mosca –muchachos– tengo la mosca” / los arbolitos acuerdan sus pactos en la penumbra de un zaguán tan oscuro que no se sabe si están adentro o afuera / cinco con 20 comprador, seis con ocho vendedor / los 100 metros que van desde la plaza San Martín hasta la iglesia de La Merced / son suficientes para saber / que el Oscar se nos ha ido de las manos.
A mí la calle Rivadavia me gustaba cuando existía el Monumental / un cine proletario que cobraba un peso por película / una de Catita, un peso / una de Armando Bo, otro / en aquella época me iba bastante bien / quería a todo el mundo y / desde la última fila del pullman / me sentía por encima de todas las cosas.
Yo lo único que sé es que / comparado con la Luna / el faro de Poeta Lugones / nunca pasará de ser una buena persona.
Yo lo que quiero / lectores / es que 1) nadie me lleve por delante / 2) que alguien ponga el pecho y explique el prolongado silencio del Comedia / 3) que la soledad no se apodere de mi cuerpo / 4) y que caiga un poco de nieve ahora que vivo en un octavo.
Quisiera ser el que fui cuando mi mujer descubrió que yo era el chico de su vida / quisiera que Córdoba no fuera una ciudad para matar / y acuñar una moneda de 500 pesos donde diga que los hombres son la victoria de la vida.
No quiero que los bancos me tuteen / y que cuando me duelan las muelas me atiendan sin tener que pasar por una oficina donde me facturan el nueve por ciento del plus de Obra Social más un incentivo de prepaga / estoy harto de que nadie se ocupe de mis muelas / estoy harto de que la chica de la pizzería reciba mis billetes y los mire a contraluz / en esos casos digo mierda / pero nunca lo digo.
¿Cómo se llama ese Secretario de bigotes / medio canoso / y medio loco / que le pone el precio a la leche condensada? / ese que no deja entrar al país los pantalones de franela / no sé si saben que hay farmacias que piden treinta días para conseguirte una pinta de insulina.
Yo lo único que sé es que no bien termine esta nota / tengo que escribir la misma nota / de nuevo.
Mi corazón es muy desdichado tratalo bien / con mucho cuidado
Un par de semanas después / de que me operaran / pesaba 45 kilos / tenía el colesterol, las transaminasas y la bilirrubina de puta madre / pero no lograba decir una palabra / el silencio era un cuchillo cruel / el médico me tomaba la presión / la temperatura / y se iba después de levantar los hombros como hacen los franceses / cuando no saben dónde queda el museo del Louvre.
En realidad / no podía aceptar / ni siquiera la idea / de que alguien me hubiera tocado el corazón / no era yo el que tenía la boca cerrada / era el silencio el que me había acorralado / un día salí de la cama como pude / fui hasta el baño caminando como un muerto / se me cayó el cañito que sostenía el líquido mágico / el intravenoso / se me salió la aguja / manché el piso / la sangre tenía el color del número tres en la ruleta / un enfermero me llevó en upa / pesaba 45 kilos / ya lo dije.
Si me hubieran cortado la oreja no hubiera pasado nada / si me hubieran dado de comer vidrio molido tampoco / pero el corazón no / todo el mundo sabe que el corazón del hombre permanece escondido adentro de otro corazón / a mí me habían perforado los dos.
Una semana más y las cosas iban peor / se me había pegado la lengua vaya a saber con qué / vaya a saber en qué parte / a ver / diga mi mamá me ama / era un médico salido de una canción de Paul McCartney / me pedía que hablara / pero hablaba él / a ver diga las vocales / a ver diga “el aceite cocinero es de todos el primero” / pero a mí se me habían olvidado todas las repuestas.
Por la ventana del hospital / veía un montacargas que subía y otro que bajaba / cosas interesantes / pero no tan interesantes / mi mujer me dijo / la ropa te está quedando grande / no me voy a poner aquí a hablar de mi mujer / bueno / voy a decir un par de cosas / mi mujer es la que aparece por la ventana cuando alguien toca timbre / no es una mujer / es una mujerrr / tiene un carácter muy particular / está buena / y va a trabajar subida a unos zapatos de la hostia / que le trituran los deditos.
Lo que quiero decir es que mi mujer siempre está ahí / es como Dios / si el amor fuera un turrón yo lo partiría en dos / la mitad para ella / y el resto para mí.
Lo primero que hicimos / al salir / fue comprar un traje nuevo / me probé uno azul / azul Picasso / pero las mangas me quedaban por encima de los dedos / y la bragueta muy arriba / era un traje para corazones inmaculados / de un lado del probador estaba yo / del otro estaba ella /¿cómo te queda? / preguntaba / ¿cómo te queda? / nunca como en ese momento estuvimos tan casados / y tan separados.
Yo estaba sentado en el piso / mirándome al espejo / un rostro / unas canillas / y un esqueleto de 45 kilos / mi doble del espejo / mi pariente más cercano / no hablaba / no caminaba / si por lo menos no hubiera dejado de fumar.
¿Cómo te queda? No le contesté / en realidad no hice nada / ni siquiera me puse de pie porque no hay nada como llorar sentado / por fin el dolor me estaba comprendiendo / mi mujer entró al probador / y se sentó a mi lado / por eso digo / que ella siempre está ahí.¿Soy el único que piensa así del corazón?

