Quiénes y cuándo
El universo era un niño asomado a la mesa del club Alas Argentinas. Toro Moreno pelea por el título. Oración de un hombre arrepentido. Daniel Salzano.
El universo era un niño asomado a la mesa del club Alas Argentinas
Cómo habré sido yo de chiquito, de bajito, que cada vez que nos explicaban el sistema solar en el colegio, a mí me asignaban el papel de Plutón.
Se trataba de una explicación tan práctica como humillante: ocupando el centro de un círculo imaginario –el universo– inmovilizaban a Arévalo, el más rubio del grado. La misión de Arévalo, como la del Sol, era dejarse querer y estarse quieto.
Alrededor de Arévalo, nos ubicaban a nosotros, los planetas. Nueve en total: todos girábamos sin parar pero a distintas velocidades. Y mientras nos desplazábamos sobre el universo de mosaicos, la maestra, de fondo, manejaba un tocadiscos a tracción a sangre donde sonaba una y otra vez El lago de los cisnes.
Yo era quien debía desplazarme con mayor lentitud, porque Plutón empleaba 249 años para dar una vuelta completa alrededor de Arévalo.
Salzano, el planeta enano.
Ya lo dije en las primeras líneas: yo era el más bajito de todos. Tenía las manos chicas, los pies chicos, la cintura chica y, cuando en casa nos sentábamos a almorzar, cubría la distancia que me separaba del borde de la mesa con dos tomos apilados de la enciclopedia Espasa Calpe.
En realidad, no me faltaba ninguna figurita para llenar el álbum: escribía con letra de pigmeo, ocupaba el primer puesto de la fila y me sentaba en el pupitre de adelante de la clase.
A mí no me gustaba nada ser un escolar tan insignificante, pero me encantaba representar a Plutón. Tal vez porque su nombre recordaba a Pluto, el perro más famoso de la escudería Disney, o porque el acento que cargaba sobre la última sílaba me transfería un nivel de mando que el resto de los planetas no tenía.
En el mismo diccionario sobre el que me sentaba a la hora del almuerzo, encontré una definición que se convirtió en uno de mis secretos mejor guardados: “Plutón: título ritual de Hades, dios de las profundidades de la tierra”. Es decir, el diablo.
De todas maneras, participar de la representación del sistema solar era una celebración que me conmovía.
Marte, por ejemplo, era un sombrero de mujer observado desde arriba por el vecino del tercero.
Júpiter era un helado coronado por dos lunas: la de crema y la de chocolate.
Neptuno era un balero de nogal con la embocadura revestida de diamantes.
Urano era un lunar apostado en la colina del escote de Ava Gardner.
Y el universo era un niño asomado a la mesa de billar del club Alas Argentinas.
Plutón, la tortuga luciferina, prácticamente no existía, era el planeta tonto de la escudería, un lelo a quien la ciencia liquidaba a escobazos como si se tratara de un perro hurgando la basura.
Al planeta de los pantalones cortos lo detectó, en 1930, un genio de 24 años, Clyde Tombaugh, cuyo cometido específico en el observatorio Lowell, de Arizona, consistía en fotografiar el sistema solar en períodos de una y dos semanas. Un día advirtió que, en la inmensidad, un piojo se movía. Era yo, avanzando en cámara lenta alrededor de Arévalo.
La Luna, la nuestra, era bastante más grande que Plutón y desde un comienzo se plantearon serias objeciones para conferirle el estatus de planeta. Fue
–consta en actas– una lucha memorable. Por un lado, los astrónomos que se negaban a incluirlo en sus dibujos alegando rigurosas formalidades. Para ellos, a lo sumo, el chico de Clyde Tombaugh era un asteroide de cuarta, una bocha de helado de la confitería Venecia, una pelota de ping pong usurpando el centro de la cancha de Talleres.
Lo llamaron Plutón, pero se morían por llamarlo Pulgarcito.
Mi vida y la del planetita tomaron rutas diferentes cuando me convertí en un planeta de la talla L y abandoné la cueva de los enanitos.
En quinto grado, ya era Neptuno, y en sexto ocupé la plaza de Urano. No llegué a calzarme los botines de Saturno porque ingresé al colegio secundario, donde el cielo, como tantas otras cosas en la vida, dejaba de ser lo que había sido.
Como sabrán, lectores, Plutón fue dominado por la ciencia del siglo 21, que lo enjuició en Viena, durante la Asamblea General de la Unión Astronómica Internacional. Lo destituyeron porque las medidas no le daban. Desde entonces, hace cinco años, los planetas son ocho y Plutón ha sido castigado como los ferroviarios en tiempo de Perón, cuando los confinaban en una pensión de Cruz del Eje.
En realidad, en lo esencial, las cosas no han cambiado: Plutón sigue siendo una criatura pequeña, cabezona y sentimental que ya no figura en la Guía Michelin. ¿La verdad? El piojo quedaba muy a trasmano y ningún científico estaba dispuesto a hacerle el aguante durante los 250 años que tarda cada uno de sus giros.
Toro Moreno pelea por el título
A mí la que más me gusta es esa en la que Bogart ya está viejo / quiero decir que se acuesta temprano / en el bar pide Paso de los Toros / quiero decir que no anda por ahí de madrugada buscando roña / o masticando cubitos de hielo para ablandar el corazón de Barbara Stanwyck.
La película se llama Más dura será la caída y aquí tengo unas líneas del guión que escribió Budd Schulberg para que vayan entrando en calor:
Ella: –No tienes que beberte todo el whisky. La sensatez en los hombres queda bien.
Bogart: –¿Y no pareceré viejo?
Ella: –Es que tú ya eres viejo.
En la película, el peluquín de Bogey despide un sudor amargo. El hombre sabe que está al borde del abismo y se niega a dar el salto.
Además de la peluca / el maestro gasta saco a cuadros / corbata moñito / funghi marrón / y se gana la vida escribiendo gacetillas por cuenta de terceros / ¿es periodismo eso? / “Es periodismo –dijo Soriano– todo aquello que nos interesa”.
Si se fijan, en la película advertirán que Bogart hace como que fuma / pero no traga el humo / por esos días / los finales de su existencia / el actor cargaba en el esófago un cáncer del tamaño de una mandarina / la película es de 1956 y él murió en 1957 / así es que Más dura será la caída / fue su última película / lo cual nos obliga / es un decir / a mirarla de pie.
Bueno / lo cierto es que al escritor le ofrecen cinco de los grandes / para manejar y promover la carrera de un paquete de 100 kilos / Toro Moreno / nacido en Buenos Aires / un peso pesado ancho de cejas / medio lelo en cuestiones sentimentales / y amigo de los niños / o sea: una perita en dulce para los buitres de la mafia.
A Moreno lo van haciendo de a poco / gana todas las peleas / porque están todas arregladas / llega al Madison / y gana en el Madison / entretanto Bogart lo cuida / le enseña a cruzar la calle por las esquinas / lo acompaña a los entrenamientos / le hace el nudo de la corbata.
Finalmente le organizan una pelea con el campeón del mundo / Buddy Brannen / una máquina de picar carne / y Bogart le dice al Toro que no suba al ring porque Brannen lo va a hacer puré / pero Toro pelea lo mismo / y Buddy Brannen le aplica el uno-dos / el trescuatro / el cinco-seis / todos los boxeadores / a simple vista / parecen iguales / pero no es cierto / Brannen es 300 veces superior a Moreno / que acaba con la cara convertida en una big mac / las orejas / y el mentón / y las cejas y los labios / partidos.
Cuando Bogart va a la oficina a cobrar la bolsa prometida / le tiran / por todo concepto / un billete de 100 pavos / ¿¡qué!? / ¿100 dólares? / ¡están locos¡ / las artimañas de la mafia / son duras y flexibles / como las antenas de una cucaracha.
Pero la chanchada ya se ha consumado / y Bogart / por su cuenta / saca un pasaje en avión para que el Toro regrese a Buenos Aires / van juntos al aeropuerto y se despiden con un abrazo. / No bien el avión despega, Papá se baja el ala del sombrero como en la edad dorada y regresa a casa.
¡Oh, la casa de Bogart! / una máquina de escribir / un sofá / un perchero y un ventilador Westinghouse.
Inmediatamente se pone a escribir un artículo contra los mecanismos del poder / la insensibilidad del sistema / la injusticia / la prepotencia / los sobornos / y entonces amanece / pero él sigue escribiendo / meta y ponga / para eso es periodista.
Es probable que nueve de cada 10 alumnos de Ciencias de la Información / estudien para contar las cosas que pasan / pero siempre habrá uno que haga que las cosas pasen para poder contarlas / no sé si me explico / si no vas al aeropuerto a despedir al Toro Moreno / es probable que nunca puedas escribir una nota de verdad sobre el boxeo / o lo que es peor: es probable que nunca te lea un lector de verdad / el periodismo es una profesión maravillosa / colegas / si uno aprende a masticar cubitos de hielo.
Oración de un hombre arrepentido
Lista a mano alzada de las cosas que he ido perdiendo –dejando caer– a lo largo de la vida. La idea es reclamarlas cuando me citen en el Juzgado de Cuarta Nominación del Reino de los Cielos.
1. La luz de los faroles como naranjas rojas extendidas sin principio ni final a lo largo de la avenida 24 de Septiembre. En el centro de la avenida, dibujado por un niño, había canteros de hechuras tropicales y en cada cantero crecían dos palmeras gordas y bajitas, con algo de obsceno y de perverso.
Con toda seguridad que en un zaguán de la vereda de los pares estábamos nosotros, abrazados, diciéndonos que nos queríamos. Cada tanto pasaba el tranvía 2 haciendo sonar la campanilla con la energía de Colón cuando navegaba en busca de las Indias Occidentales. De los tranvías de la 24, sépase, salieron varias canciones de Los Beatles.
2. Un mapamundi con luz interior que funcionaba a pilas. Apretabas un botón y la ilusión del mundo comenzaba a girar a toda mecha. Siberia era blanca. Cayo Coco era verde. Brasil, amarillo, y Casablanca –¡oh, Casablanca!– era un bar con mesas de hojalata donde Bogart fumaba con los ojos enlagunados.
3. Me gustaría incluir en esta lista al invierno de 1986, cuando llovió por arriba del cordón de la vereda. Los zapatos de la gente se embarraron y la ciudad se amuralló en el interior del bar Sorocabana. Yo sujetaba el pocillo por la base, caliente y con las manos heladas.
4. El grabado del planeta Tierra que conserva en su caja fuerte la biblioteca Vélez Sársfield. Yo lo vi. El mundo, señores, es una vieja esfera sostenida por cuatro elefantes.
5. Un encendedor Zippo de dos piedras para fumar dos fasos simultáneos. A mí lo que más me gusta del tabaco es cuando las viejas se ponen a chillar.
6. El libro de las memorias de la princesa rusa. Lo habrán leído. Todos lo hemos leído. Más que Platero y yo, más que Rayuela y más que Crimen y castigo. Una vez lo dejé olvidado en el baño, sobre el bidé, y mi papá me lo devolvió, con un dechado de estilo, sin siquiera guiñarme un ojo. Mi papá era el ferroviario más bueno de la avenida 24 de Septiembre. Revolvía la polenta con un cucharón de madera, se alisaba la raya del pantalón con la yema de los dedos y cuando tenía ganas de reírse, iba al baño, se peinaba con la raya al medio y reaparecía convertido en Justo José de Urquiza. Mamá, que era chiquita, lo abrazaba. ¡Urquiza!, decía ¡Urquiza!
Es difícil hacer el amor, pero se aprende.
7. Televisor, no. No me gusta la televisión. Ni siquiera cuando Teleocho da El viejo y el mar, con Spencer Tracy.
Spencer Tracy: “El hombre no está hecho para la derrota. Se puede destruir a un hombre, pero no derrotarlo”.
8. Un par de líneas cortas y dulces, como cuando las madres hacen dormir a sus bebés balanceando los talones diciendo mumma mumma. ¡Ah, si yo pudiera escribir mumma mumma!
9. Esa canción que canta Lucio Dalla en la que un chico permanece encogido contra un muro porque tiene miedo de morir. Dalla murió hace unos días, no sé si por un infarto o por dos. “Todos los gatos de Bolonia arman quilombo en mi terraza”. ¿Cómo pudo morirse un tipo así?
10. Una foto que me sacaron en el diario cuando el diario se imprimía en una rotativa 10 metros más larga que el Titanic. En la foto tenía la barba crecida y una extraordinaria camisa azul marino. Era joven, claro, un joven que ya no existe, porque me lo fui comiendo como a una galletita. Hoy soy nada más que un pedacito de Manón, Señor, un cachito de Rhodesia.

