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Quiénes y cuándo

Así que pasen 100 años. Yo que usted escuchaba sus discos, forastero. ¡Coronel Fernández! René Houseman.

10 de agosto de 2013 a las 02:28 p. m.
Redacción La Voz
Quiénes y cuándo

Así que pasen 100 años

La voy a tratar de usted, señora, porque de che la trataron muchas veces a lo largo de su vida; tumbate ahí Marilyn, le decía el fotógrafo y usted posaba desnuda en diagonal, sobre una cortina roja que todavía funciona como un disparador en mi memoria. Yo la vi por primera vez en una película policial, La jungla del asfalto , llorando como lloran las mujeres de verdad, dejando la cabeza y los codos sobre el regazo. Todavía era una actriz de primera B, señora, quién hubiera dicho todo lo que faltaba por venir.Faltaba su casamiento con aquel campeón de béisbol que le decía, che, Marilyn, poné unas birras en el freezer porque hoy vienen a timbear unos gomías; faltaba la foto que le hizo Richard Hamilton cuando usted salió del hospital sin el bebé; faltaba su historia con las bolillas uno y dos de la familia Kennedy, y faltaba la última película de su vida, Los inadaptados , la de los caballos salvajes: sus ojos estaban tan amarillos por culpa de los saridones que tuvieron que rodarla en blanco y negro para que no se notara.Yo no sé si llegó a verla terminada, pero hacia el final, cuando los hombres capturan los caballos, usted llora y grita como nadie lo había hecho y como probablemente no lo volverá a hacer nadie, porque usted ya no daba más, game over , señora.Ahí el único caballo salvaje era usted y los demás estaban para tirarle el lazo y encerrarla.Somos muertos sin sepultura, dijo Sartre una vez, después de tomarse un cafecito en la Sorbona, pero usted no leyó nunca a Sartre, todo lo que hizo fue ratificarlo el día en que vio tele entre las 8 y las 9, entre las 10 y las 11 llamó por teléfono a cuatro personas que no le contestaron y a las 12, tumbada sobre una cama de dos plazas donde dormía desnuda, empinó el codo y vació el frasco de Nembutal que la acompañaba desde la mesa de luz como un soldado de guardia.El lunes 5 se cumplió un nuevo aniversario de su muerte, madame , se lo recuerdo con frío en el alma y una comprensible rebelión en la memoria. Desde mi corazón plural y cinematográfico la saludo " for ever ", afectuosamente suyo.

Yo que usted escuchaba sus discos, forastero

Y de no haber mediado Cecilia, la santa, en cuyo descomunal martirio tiene su origen el Día de la Música, lo más probable es que el festejo no se hubiera corrido de lugar, porque el 22 de noviembre de 1904 nacía –en San José, Missouri, sur profundo de los Estados Unidos– Coleman Hawkins, a quien sus padres soñaban convertir en pastor de almas descarriadas, pero a quien tuvieron que conformarse con ver y oír como músico de jazz.

Coleman era un saxofonista de ojos entornados y labios de sapo, que propició una revolución tan sustantiva que –a partir de su estilo y su sonido– la trompeta, la emperatriz del jazz, cedió tanto terreno que, al promediar la década de 1930, no eras nadie si tocabas a lo Armstrong, pero eras como Dios si tocabas el saxo a lo Hawkins.

Coleman, alias “Bean”, que inició su andadura profesional a los 15 años acompañando a Mamie Smith (90-90-90), era, 10 años más tarde, un profesional hecho y derecho que no sólo había puesto la piedra fundamental del imperio del saxo tenor, sino que fue el primero en advertir que el negocio no estaba en las orquestas ni en los salones de baile, sino en su propia maestría: si lo llamaban para tocar en el boliche de la esquina, iba y hacía lo mismo que cuando lo mandaban a llamar de Nueva York. O de París.

Grabó con todos los músicos que se le pusieron por delante: con Reinhardt, con Coltrane, con Monk, con Gillespie, con Stan Getz; muchas veces grabó solo y cuando tocaba –consta en actas–, en lugar de sacar el pecho y colocar la cadera en falsa escuadra, se echaba para atrás como si estuviera orejeando las cartas o a punto de correr el Nacional.

Una advertencia: si a esta altura de la vida no han escuchado ninguna de las grabaciones que dejó como piezas de colección y/o patrimonio de la humanidad, es mejor que no se presenten a rendir el día del juicio final, porque irán a marzo.

Una vez dijo: “Tocar es fácil; lo difícil es saber qué no tocar”.

Igual que acá: escribir es fácil, lo difícil es borrar.

¡Coronel Fernández!

La casa que más nos atraía en el verano era la del coronel Fernández, en la esquina de David Luque y 24 de Septiembre. Una mansión de mil puertas y una sola llave, a la que la llegada del calor entristecía y cambiaba perceptiblemente de color.

La casa del coronel Fernández era en todo caso tan famosa como su propietario, un héroe de la plaza Alberdi que, durante una revolución que nadie lograba precisar, había atacado y defendido el honor de la ciudad montado en un caballo blanco que no existía, pero al que oíamos relinchar durante las noches de hastío.

Es probable, suponíamos conspirando frente al caserón, que hubiera un fusil apuntándonos desde cada una de aquellas ventanas clausuradas por el espesor de una enredadera que llevaba medio siglo protegiendo la morada del guerrero.

¡Coronel Fernández! ¡Coronel Fernández!, gritábamos desde la plaza Alberdi, y la enredadera se comía las palabras, las dejaba entrar pero no las dejaba salir. Los gritos hacían que sus hojas se inflaran como almohadones. Lo mismo que cuando se nos caía la pelota. Tocábamos timbre y nadie abría; golpeábamos el portón con el talón de las zapatillas y nadie respondía.

A veces, desde el primer piso, alguien apartaba levemente una cortina; tal vez el famoso enano de librea verde que el coronel había reclutado en una de sus correrías a lomo del caballo blanco o tal vez podía ser una hija rubia que no sabíamos si tenía o no tenía, pero alguien rubio debía ser, alguien rubio y además mujer, para que a la hora del caballo, la hora del lobo, tocara tantas veces seguidas Para Elisa. La música pasaba entre las rejas y el follaje como la cola de un gato.

La casa del coronel recuperó su verdadera dimensión el día en que vi a un viejito de pijama y alpargatas blancas, como un jugador de bochas, hablando delante de la enredadera casi seca. La estaba regando con sus últimas palabras. A la carga, le decía con una vocecita envuelta en papel celofán. Fuego, le ordenaba. Mis valientes. El enano de librea no era. Tuvo que haber sido, nomás, el coronel Fernández.

René Houseman

El menor de 3 años R. H. (nacido el 19 de julio de 1953) ingiere un frasco que contiene 500 pastillas de sacarina y es internado con el objeto de realizarle un lavado de estómago. El niño, que responde al sobrenombre de “Huesito”, declara: “Soy un azote”.

Con 14 años, una estatura de pigmeo sobresaliente y un agujero de dos dientes arrancados de un sopapo, R. H. falsifica su documento

nacional de identidad y se agrega 18 meses de un saque para poder jugar al fútbol en Defensores de Belgrano. De “Huesito” que era, pasa a “Hueso”.

Cuando llega a Huracán en 1973, tiene 20 años y los pulmones de un crack de 40. Señas particulares: el inconformismo, es decir, el mandato de la inestabilidad, y la audacia, es decir, el impulso de la osadía. De “Hueso”, pasa a “Loco”. Hay que ser muy bueno y jugar endemoniadamente bien a la pelota en este país de trapo para que la tribuna te consagre con el apodo de “Loco”.

Juega 265 partidos con el globito navegando a la altura del corazón y 55 con el número siete de la selección argentina. Celebra la conquista de la Copa del Mundo de 1978 clausurando la calle de la villa donde ha levantado su hogar con láminas de cartón prensado.

Otra declaración suya que hace historia: “Maradona sería el mejor si no fuera un vigilante”.

Cada vez más chiquito y más débil y más barbudo, R. H. termina su carrera deportiva en 1985, pegado a la raya de Excursionistas. A veces ve dos rayas y se lleva por delante el alambrado. A cualquiera que tomara cuatro litros de vino diarios, como él, le pasaría lo mismo.

A los 48 años de edad recibe un homenaje en la cancha de Huracán que congrega a 10 mil espectadores. Con las gambitas chupadas y un pantalón que ajusta por encima de la barriga, R. H. juega 35 minutos y se retira ovacionado. Pero al final no llora. Ni pide perdón. Cuenta la plata y se manda a mudar. Ya tiene el pelo blanco. ¿Cómo que qué R. H.?