Quiénes y cuándo
McCarthy / Macartismo. Preferencias. Colita de rana. Giraudo. Daniel Salzano.
McCarthy / Macartismo
Está tan regalado el senador McCarthy para esta crónica que apenas si llevo escrita una línea y el rabo de la máquina se sacude como el de un perro labrador. Arf arf. O sea: Dejámelo a mí.
Arf arf. Es todo tuyo. McCarthy Joseph Raymond era un senador republicano de tórax rectangular, saco cruzado y una barba que provenía de las napas más oscuras del Partido Republicano. Una barba que debía afeitar a la mañana, a la tarde y a la noche porque, si no lo hacía, su sombra lo delataba: de ser el político más popular de los Estados Unidos pasaba a convertirse en un gángster de historieta. Arf.
El enemigo jurado de la izquierda norteamericana era corpulento, generoso con las propinas y, entre faso y faso, le gustaba demostrar que era el modelo más confiable para la mayoría silenciosa: un buen padre de familia que era tan capaz de mantener a distancia la infiltración soviética, como de poder, simultáneamente, hablar de béisbol y boxeo.
La suya fue una gestión que entró a la historia con nombre predecible: macartismo, especie de golpe interno que floreció al despuntar los ’50, cuando el político, que aspiraba a la reelección, se montó a lomos de la amenaza soviética e hizo estragos. Arf. En épocas normales, sus acusaciones de infiltración ideológica hubieran merecido no más de un par de caricaturas descalificadoras. Pero no bien los rusos
desarrollaron su primera bomba atómica, los tiempos dejaron de ser normales.
El hecho de que una sociedad tan primitiva hubiera podido alcanzar con facilidad la igualdad material con el país de Dios sólo podía significar una
cosa: la fórmula de la bomba había sido robada y entregada al enemigo por traidores.
Fue ese el momento en que el senador con sombra de dos barbas descubrió que acusar a una persona de traición era la forma más fácil de convertirse en ídolo del sábado a la noche. Haga patria, denuncie a un bolchevique. Le pusieron una gorra de policía, lo ubicaron en la intersección de la Casa Blanca y el Capitolio y él, frenéticamente, comenzó a tocar pito y a mover los brazos.
De entrada, a lo bestia, acusó a 205 comunistas infiltrados en el Departamento de Estado. A partir de ese momento algo se perdió. Algo esencial. Un culto, una forma de ser, un rito. ¿Arf? Las cámaras de televisión hicieron el resto. La gente exigía en los noticiosos del mediodía y de la noche ver cómo era de cerca un comunista. Advirtiendo que el desborde macartista era peligroso para la propia estructura del sistema, Truman le mandó un par de avisos para que se calmara. Pero McCarthy contraatacó afirmando que hasta había detectado un par de manchas rojas en la foja de servicios del héroe mayor de la Segunda Guerra Mundial, Dwight Eisenhower.
Obviamente, cuando se metió con el mundo del biógrafo tuvo asegurada la titularidad de los diarios. ¿Bogart? Bolche. ¿Garfield? Bolche. ¿Dalton Trumbo? Bolche. ¿Brecht? ¿Losey? ¿Elia Kazan? Bolche, bolche, bolche. Recién cuando su gestión dejó dos centenares de vidas arruinadas, el gobierno ordenó que lo cepillaran. Olvidé incluir un dato, Arf. El secretario que le llevaba el bolso al senador y le ordenaba sus archivos se llamaba Richard Nixon.
Preferencias
Estas son algunas cosas que me gustan: un puñado de monedas en una caja de chocolatines: francos, marcos, chelines, coronas y una de chentomilelire con la imagen de Silvana Mangano surgiendo de las aguas del cine italiano.
Me gusta pasar frente a la Biblioteca Vélez Sársfield y a partir de ahí inventar la historia de mi vida. Me gustan los viejos cuadernos de notas (1945) llenos de números de teléfonos de cuatro cifras, el benteveo que inventa el mundo cada mañana desde los árboles del Palacio Ferreyra, las ferias en los barrios, el aceite de oliva y el avioncito blanco y rojo que giraba en el aeropuerto del Hollywood Park con el número 12 a los costados. También me gustan los trenes parados o en movimiento, los cuentos de Cortázar, los discos de Leonard Cohen, los ojos de Gene Tierney, la voz de Ángel Vargas y estrenar zapatos cada vez que camino por el pasaje Santa Catalina.
Me gustan los talleres que cuelgan la llave inglesa sobre el almanaque de Marilyn Monroe, los boleros de Manzanero, las mujeres que lloran, las orquestaciones de Glenn Miller y, al amanecer, oler el diario antes de leerlo. Me gusta el vals Ciudad de Córdoba que toca el bandoneonista ciego en el área peatonal, acariciar el lomo del oso que toma el fresco en el Caraffa, las películas en blanco y negro, pasear entre los palos borrachos del bulevar Chacabuco y patinar en
el Salón de los Pasos Perdidos de Tribunales.
Pero lo que más me gusta de todo es escribir así, con los ojos vendados y sin red, como escribían en el aire los trapecistas de la troupe de Las Águilas Humanas.
Colita de rana
Para conocer a Selim / a don Selim / primero tenías que ir al colegio Fray José Antonio de San Alberto / después torcerte el tobillo jugando a la pelota / menos mal que en el botiquín del colegio había un frasco de Ratisalil.
Si a la mañana siguiente el pie presentaba el aspecto de una morsa / entonces te subían a un taxi y te llevaban a Villa Corina / por fin ibas a conocer a don Selim / el curandero / que atendía sobre la mesa del comedor / en mangas de camisa / y dos llamativas aureolas de sudor incrustadas entre la manga y la sisa. En el comedor de don Selim había un gran retrato de Turquía / un par de fotos coloreadas a mano / y sobre una lonja de terciopelo que cubría el teclado de un piano demasiado oscuro para seguir vivo / las palabras bordadas de un profeta. Sin embargo lo que más te llamaba la atención era la cantidad de revistas que tenía / revistas y más revistas / apiladas / sobre la mesa / sobre las sillas / en el piso / y si preguntabas cuántas revistas tenía / él decía / no sé / sabe mi hija / y llamaba a una turquita de dos trenzas que pensaba un rato y al final decía 700 / 700 Selecciones. Selim de Villa Corina comenzaba por pasarte la yema de los dedos por la morsa / decía hummmm / mientras vos gritabas / y al final diagnosticaba / tiene la sangre mala / el chico / no saltar / no correr / no portarse mal / usar esta pomada / con hielo / cinco pesos. Selim te cobraba cinco pesos por rezar un Padrenuestro a la turca / y si le pedías te prestaba un Selecciones / fue la primera vez que lo leíste / estabas internado en el Hospital Español / para que te drenaran el absceso / me acuerdo de una sección que se llamaba “La risa remedio infalible” / estaba con la pierna en alto / y memoricé un par de chistes / para cuando volviera a la escuela / Fray José Antonio de San Alberto.
Giraudo
Nadie puede aspirar verdaderamente al amor de esta ciudad sin antes pasar por la máquina de picar carne de sus apodos. Lo que quiero decir es que ya podía Carlos Giraudo tener el living de su casa empapelado con diplomas expedidos por los maestros cantores de Nürenberg o exhibir en el portarretrato de la entrada una foto dedicada de Von Karajan, que en Córdoba no hubiera sido nadie si previamente no le hubieran cambiado el nombre por el de Payo.
Es probable que solamente uno de cada 100 vecinos lo escuchara alguna vez sosegando a la Sinfónica a golpe de batuta, pero, eso sí, todos nos íbamos a dormir tranquilos porque sabíamos que el Payo, un purasangre sinfónico, estaba de guardia en el escenario del San Martín.
Giraudo era uno de esos seres angelicales a quienes se quiere y admira; primero por verlos y después por entenderlos. Era fácil admirarlo plis plas con las cejas del color de las rosas madreselvas y los ojos bien cerrados, fajándose con las obras completas de Mendelssohn, pero era más fácil quererlo todavía cuando te sentabas con él a tomar un cafecito y le veías las manos de niño blanco/blanco que hacía un canuto con el ticket y después lo deshacía, sin romperlo, hablando con autoridad de cualquier tema pero tratando de no alejarse demasiado de la música. Giraudo sabía para dónde tenías que apuntar la antena si querías sintonizar el Festival de Pascua de Baviera. ¿Tu hijo silbaba una canzonetta de Haydn sin saber lo que silbaba? Andá a verlo al Payo. ¿El coro de niños de Santa Genoveva andaba fallo al oro y no podía viajar al Festival de Salzburgo? Andá a verlo al Payo.
El Payo Giraudo, uno de los nuestros, era el prototipo de una extraordinaria clase de gente cordobesa que comienza a extinguirse como en su día lo hicieron los dinosaurios en la cuenca del Suquía.
Han pasado 11 años de su adiós y todavía no sabemos qué hacer con toda la música que ha quedado suelta por el aire.

