Temas del día:

Quiénes y cuándo

Talismanes. Taxi, vamos a Plutópolis. Esteban, mala leche y malas pulgas. Valencia. Daniel Salzano.

06 de julio de 2013 a las 02:04 p. m.
Redacción La Voz
Quiénes y cuándo

Talismanes

Un carné napolitano extendido a nombre de mi abuelo, Giovanni Salzano, corresponsal en Argentina de La Libertá, giornale político quotidiano. Fecha de caducidad: 12 settembre 1901.

Unas balas que dan en el blanco en todos los disparos.

Un billete de cinco mil pesos de El Estanciero.

La voz de Lolita Torres: “No me mires / que nuestros destinos / van por dos caminos / no me mires más”.

Un sacapuntas. Un balero de nogal con incrustaciones de diamantes alrededor del agujero. La reina del ajedrez.

La clásica foto de la Warner en la que Natalie ­Wood aparece asomada por la puerta de un Cadillac de dos colores. “¡Oh, oficial! ¡Oh, no nos detenga! ¡No ha sido culpa nuestra! ¡Es este maldito cacharro que corre cada vez más rápido! ¡No había manera de frenarlo!”. En segundo plano, junto al volante, aparece una rodilla que podría pertenecer a James Dean.

Una bolsa de agua caliente. Unos labios de mujer estampados al pie de una carta manuscrita. Una estampita del Sagrado Corazón de Jesús que se comporta como un mago, sacando fuego del pecho a grandes llamaradas.

La memoria de un sifón de Egea y Sánchez.

Una camisa negra y una corbata dorada. La camisa negra para bailar con Jennifer Lawrence y la corbata dorada para arrojar tipos cargosos por la ventana. Ciento cincuenta gramos de leve locura.

Un cospel para poner en la máquina de discos. ¿Por qué no hay máquinas de discos en mi ciudad favorita? Un nudo en la garganta.

El concierto de los grandes rebaños de ranas en los pasturajes del parque Sarmiento. ¿Valen las ranitas como talismanes?

Taxi, vamos a Plutópolis

El día en que nació mi primer hijo, decidí bautizarlo con el nombre de Pluto. Pluto Salzano. Pero la empleada del Registro Civil se opuso, argumentando que el nombre no figuraba en el santoral. Agapito estaba. Robustiano estaba. Pluto no estaba.

Es probable que la restricción haya desaparecido desde que a Walt Disney, su creador, le dedicaron, en el Grand Palais de París, una retrospectiva totalizadora que incluía desde el perro de mis amores a los siete enanitos: Dopey, Sneezy, Sleepy, Happy, Bashful, Grumpe y Doc, el más viejito, el que no lograba conciliar el sueño si antes no comía una manzana.

Bastaba con echarle una ojeada a los diarios de París para advertir que el homenaje a Disney había dividido a la ciudad en dos mitades: 1) la que consideraba una blasfemia equipararlo con Courbet y Diego Rivera, por no citar más que a un par de maestros que pasaron por el Grand Palais, y 2) la rumorosa mitad que acudía a la exposición como quien va a Alta Gracia a la espera de un milagro.

Es obvio que al tío Rico, cuyo cariño por el dólar lo convirtió en uno de los símbolos mayores del capitalismo salvaje, el homenaje le hubiera encantado.

Pero, salvaje o no salvaje, lo cierto es que Disney –que nació en 1901 bajo el signo de Sagitario y murió en 1966 bajo el de Piscis– aún posee la fuerza necesaria para provocar grandes emociones.

De Disney, a estas alturas, se sabe casi todo: que su cadáver no es un cadáver sino el cuerpo enfermo de un dibujante congelado; que era un espía que llevaba en la solapa un micrófono cosido por la CIA; que su hermano se llamaba Roy y ejerció sobre él la misma influencia que Juan sobre Oscar Alfredo Gálvez, y que el clan Disney, originario de Canadá, atravesó la frontera con una mano atrás y otra adelante para afincarse en una granja de Missouri.

Justicia poética: para estar informados de lo que sucedía en su nueva residencia, se suscribieron a un diario socialista, El llamado de la razón.

Walt, en realidad, aprendió a dibujar copiando las ilustraciones del periódico.

No tardaron los Gálvez en explotar sus dones naturales: Walt dibujaba animalitos y Roy escribía sus parlamentos. Consta en actas: su primer personaje fue un conejo al que llamaron Tambor, y el segundo, un caballo al que llamaron Horacio.

Crecidos los dos hermanos y convertidos en rotundos pelagatos, decidieron enrolarse como voluntarios de la Cruz Roja durante la Primera Guerra Mundial. Los Disney eran esencialmente prácticos: si morían en el frente de combate, por lo menos lo harían con la panza llena.

Cuando regresaron a los Estados Unidos, se instalaron en la fábrica de sueños, California, porque estaban decididos a saltar la tapia de la animación cinematográfica. Por aquellos días, la estrella mayor del firmamento era el gato Félix, por lo que la dupla orquestó su contraataque lanzando al mercado un ratón que se parecía a un huevo con dos botones de nácar.

Juan Gálvez: Me gustaría que se llamara Mortimer.

Oscar: No, se llamará Mickey.

Mickey fue siempre la niña mimada de Walt: un roedor republicano y obsecuente, al que la mayoría silenciosa escogió como estandarte y paradigma.

El Pato Donald, en cambio, fue su calvario. Y se nota. Disney tuvo que crearlo a la fuerza y lanzarlo a las fauces del mercado cuando la fama de Mickey comenzaba a declinar. El inconsciente le jugó una mala pasada y el pato le salió respondón, ocioso, enculadizo y beligerante.

¿Y Pluto? Bueno, Pluto es un perro con rabo de tinta china que Disney utilizó a lo largo de su carrera de la misma manera que Estela Raval utilizó a Los Cinco Latinos, para que sobre el escenario hicieran tutuá tutuá.

Pluto trabajó indistintamente junto a Mickey y junto a Donald, pero nunca salió de perdedor. Era un comodín, una percha. Nunca tuvo novia. Nunca dijo una palabra. Nunca tuvo su propia serie de televisión y jamás, aunque lo intentó, logró morderse la cola.

Hay que fijarse atentamente en sus características: cuando a su alrededor se arma rosca, pobrecito, se aleja en puntas de pie y se pone a leer debajo de la mesa en la cocina. Obviamente, Pluto no sabe leer.

Cuando se encuentra con un par de viejitos, Pluto es de los que no sabe a quién ofrecerle el asiento. Y como a mí me pasa lo mismo, quería que mi hijo se llamara como él. Pero el santoral no quiso. Y ya soy grande para tener más hijos.

La única solución que encuentro para terminar este discurso es hacer la valija y mandarme a mudar a París.

Taxi, vamos a Plutópolis.

Esteban, mala leche y malas pulgas

Terence Steven McQueen, llamado Steve, era un niño de mala leche y malas pulgas que provenía en línea recta de una familia que no era una familia, porque su papá se había fugado con su tía, la hermana de la mamá de Steve, y él había crecido huérfano: en su casa no había comida, no había trabajo, no había para pagar el alquiler.

A veces ganaba unas monedas por ahí, haciendo changas, pero nunca se las daba a nadie: las escondía entre el dedo gordo y la punta del zapato. A los 16 / 17 / 18 años, era un pichón de delincuente con pantalones sucios y medias agujereadas, que a veces se despertaba en ciudades extrañas, con sombra de barba y los zapatos puestos. Se enroló como marinero, fue portero de noche, le gustaban las motos de gran cilindrada, siempre se ubicaba cerca de la puerta, hablaba lo justo y únicamente por un costado de la boca.

¿Alguien lo vio sonreír alguna vez? Entró como comparsa en la tele y al cabo de dos o tres años se había convertido en Randall, el rey del Canal 12. Bueno, ya era actor. Pertenecía a la generación de Brando & Dean, pero no era ni un rebelde ni un atormentado: era un solitario que sólo se debía explicaciones a sí mismo y que, además, estaba convencido de que la ac­tuación no era una profesión adecuada para hombres.

Ello explica que sus películas (Papillon, La huida, Los siete magníficos, Bullitt, La gran evasión) no se estrenaran nunca en el Gran Rex sino en el Cervantes, donde lo trataban de che y siempre tenía una cama preparada en la piecita del fondo. Fue el último duro de un Hollywood que últimamente da muy poco; mejor dicho, de un Hollywood que ya no da nada.

McQueen murió de cáncer hace 33 años, cuando tenía 50. ¿Para cuándo un videoclub que se llame Frank Bullitt?

Valencia

Es probable que las cosas no hayan sido exactamente así, porque las cosas nunca son exactamente como fueron, pero 10 minutos después de terminar el partido de prueba que jugó José Daniel Valencia con la camiseta y en la cancha de Talleres, el presidente del club, Amadeo Nuccetelli, convocó sobre el pucho y a través de la Propalación Saturno a una asamblea general.

Para Nuccetelli no había términos medios: o vivías en una suite del Crillón o dormías debajo del puente Avellaneda, con barba de tres días y el sobretodo puesto.

Aquel día de gloria, el presidente llevaba la camisa desabrochada y, equipado con un megáfono extraído de las memorias de Macondo, se trepó al acoplado de un camión para debatir la compra del jugador. Lenin no lo hubiera hecho mejor. Recalentada como estaba después de haber visto al jujeño redactar los 10 mandamientos del fútbol moderno sin sacar los pies de una baldosa, la hinchada rugió su apro­bación.

Nuccetelli, que a esas alturas levitaba sobre una nube de felicidad, pidió que los presentes que estuvieran a favor levantaran la mano y, a continuación, sin soltar el megáfono, comenzó a contar a mano alzada un, dos, tres, cuatro, y sin siquiera bajarse del camión. Al llegar a 5.116, se cansó y clausuró el acto entre ovaciones.

Así comenzó la carrera oficial de un crack del que, si ahora mismo se agarraran sus botines y se los introdujera en los reactores de Epec, generarían kilovatios suficientes como para transformar esta ciudad en la república de Las Vegas.