Quiénes y cuándo
Humphrey Bogart se quedaba hasta el final. Libertad. Me encanta esta hora del día. Daniel Salzano.
Humphrey Bogart se quedaba hasta el final
Hay, para empezar, un dato curioso: de Humphrey Bogart, como de Chaplin, se ignora la fecha exacta del nacimiento.
Existen, afirma la cátedra, dos versiones: o nació el 20 de enero o nació el 25 de diciembre de 1899. A él, que la iba de duro por la vida, que hablaba con palabras de dos sílabas y que nunca daba explicaciones, la imprecisión le permitía: a) ufanarse de ser el último actor del siglo XIX y b) tirarse 30 días de farra para cubrir todas las posibilidades.
Era, en cualquier caso, un soberbio ejemplar de Capricornio: cerebral, sarcástico, independiente, triste y fanfarrón.
“No me da la gana”. Típica afirmación de Capricornio.
“¿Y a mí qué?”. Típica frase de Bogart.
Tenían un pasar más que aceptable los Bogart neoyorquinos: el padre era cirujano y la madre publicista y dibujante de libros infantiles. Sumando los ingresos de los dos, cada mes entraban al hogar entre cinco y seis billetes de los grandes. Para entendernos: si los invitabas a tu casamiento te mandaban de regalo un juego de cubiertos.
“Me educaron sin el menor sentimentalismo y de una forma muy llana. En mi familia un beso era todo un acontecimiento”. Palabra del último duro del siglo XIX.
Bogart, Bogey, creció como un niño bien: jugaba al tenis con las chicas del Córdoba Lawn, se peinaba con la raya al medio y fumaba en pipa. Mirás los retratos de la época y te dan ganas de arrancar las páginas del libro.
Un apunte imprescindible antes de continuar: desayunaba con dos partes de Nesquik y una de Old Smuggler. No sé qué pasa conmigo, confesó en una ocasión, todo lo que toco se convierte en whisky.
Cuando los Bogart padre y madre desaparecieron, el último borrachín del siglo XIX metió una petaca en el bolsillo trasero del pantalón y se perdió en los andurriales del show business .
¿Actuar o ser actuado? Actuar, claro.
En la primera obra de teatro que participó, fue duramente definido por la cátedra como un galancete gomoso. Si te dicen por escrito que sos un galancete gomoso y decidís perseverar en el intento, es que tenés madera de héroe. O sos de Capricornio.
Durante la Primera Guerra Mundial, el soldado Bogart Humphrey, el último soldado del siglo XIX, recibió una herida en el labio superior. Por eso hablaba así, como si te la tuviera jurada. Dale Bogey, decite algo:
–Físicamente, no soy un duro, aunque puedo aparentarlo. Pero me vendrían muy bien 30 centímetros más de altura, 20 kilos más de peso, 15 años menos... y entonces que Dios se apiade de todos los hijos de puta que andan sueltos por ahí.
Con 22 años cumplidos, viajó al Oeste y se instaló en la cola de los extras, en Hollywood. Tenía unos modales encantadores y estaba bien dotado para darle con el caño a la vidurria, pero... en la pantalla, directamente no existía. Aparecía en una escena, cualquier escena, y nadie lograba recordarlo.
¿La verdad? No era bueno.
O por lo menos no lo era en grado suficiente como para obtener un contrato regular. Quiero decir que corría de atrás y sólo cuando podía. Hizo de barman, de combói, de cajetilla, de rompehuelgas, de cajero del Banco Social y de guerrero. Acabó convertido en el típico veterano que entra al estudio y en lugar de preguntar qué debe hacer pregunta dónde tiene que ponerse. Obra en mi poder un libro del año de la pera donde, en blanco y negro, se recopilan las primeras imágenes de su filmografía. Bogart con tamangos combinados. Bogart con barba de cacique. Bogart con ojos de antracita. Cada película le trazaba un nuevo surco a lo ancho de la frente o a lo largo de la cara. “Las muecas del siglo”, así las definió Francois Truffaut cuando, además de hacer cine, lo escribía.
Mientras tanto, se casaba y se divorciaba con una facilidad escandalosa. Su tercera esposa, Mayo Methot, también actriz, apenas si le llegaba al hombro, pero tenía los brazos más largos.
Tal vez esa descompensación explique las palizas que se prodigaban mutuamente. En serio. A veces cobraba él y a veces cobraba ella.
Se divorciaron una vez que Mayo le agujereó la espalda con el cuchillo mayor de la cocina. Bogart, sangrando, fue al hospital y cuando le dieron el alta no volvió a casa. Se perdió por la ciudad, pisando los charcos y saqueando la existencia de los bares. Las medianoches olían a jazmines. Y es que Bogart sabía ser duro sin necesidad de usar pistola. Palabra de William Faulkner.
Con la treintena largamente rebasada, recaló cama adentro en los estudios de la Warner al mismo tiempo que estallaba el frenesí por las películas de gánsters. Ya saben: un autógrafo de Al Capone valía por cinco del presidente Roosevelt. El gordo Capone convocaba a los muchachos de la prensa en el hall del Waldorf y daba una conferencia junto a una leona en kimono y sin calzones que cruzaba las piernas sin necesidad y llevaba un diente de león engarzado en el anillo de su dedo corazón. Todo eso –y el estallido de la Segunda Guerra– acabaría gestando la explosión cinematográfica del desencanto. Había llegado el gran momento del cine negro, el cine de la decepción.
Resultado: menos él, el resto de los actores se fueron al mazo. Bogart era el único con fuerzas para resistir. Por convicción, experiencia y desesperación, Bogart se quedaba hasta el final. Estamos hablando de 1941, cuando las mejores historias del cine negro no se habían escrito todavía. Y no se habían escrito todavía porque lo estaban esperando.
Utilería de rigor: barba de dos días, licencia de detective autorizada por la policía de Los Ángeles, perramus ajustado a la cintura y el ala del sombrero requintada para proteger el cigarro de la lluvia. El infierno es un lugar solitario, nena.
A lo largo de 40 películas, murió electrocutado en la silla de Sing Sing media docena de veces y le cayeron encima unos 800 años de prisión. Algunos condenados a muerte le escribían a la casilla de correos de la Warner para pedirle consejo. Querían morir como él. ¿La verdad? No era bueno, era el mejor.
En una ocasión, el cineasta español Bigas Luna dijo que si se viese obligado a elegir una sola película para salvar del naufragio, preferiría morir ahogado. Yo no sé lo que haría en un caso parecido, pero lo más probable es que elegiría una de Bogart –Casablanca– que en realidad no es de Bogart sino, como la Compañía de Jesús, patrimonio de la humanidad.
Dos párrafos antes de liquidar el asunto:
1) Murió, faltaría más, bajo el signo de Capricornio, en 1957, víctima de un cáncer y un millón de whiskies. La frase pertenece al realizador John Huston y la pronunció durante el funeral de su amigo.
2) A veces, cuando a Teleocho se le acaban las películas, suele proyectar La burla del diablo, donde el actor aparece con el torso desnudo, a punto de cambiarse de camisa. Es el momento de prestar atención porque ahí, en el omóplato, se adivina un punto oscuro. O es un lunar o es el ojo ciego que le dibujó la puñalada de su tercera esposa.
Libertad
Cumplió años tantas veces y en tantas fechas diferentes que ahora, cuando el canal Space está repasando su filmografía a cualquier hora del día o de la noche, precisar con detalles los datos esenciales de su biografía se convierte en tarea de gigantes.
¡Con ustedes Libertad Lamarque!
¿Cómo que qué Libertad Lamarque?
La mujer cuyo retrato, autografiado, ocupaba un lugar entre la Bandera Nacional y el mapa de la República Argentina sobre el escritorio del presidente Agustín Pedro Justo. La mujer que, cuando cantaba Madreselva, producía una parálisis emocional de tanta intensidad que las manos de mi mamá permanecían con el hilo de la aguja frente a frente, inmóviles, sin enhebrarse.
La mujer que se cruzó de hostias con la Eva.
La mujer que era fresca como el viento que movía las naranjas del cinematógrafo.
La hija de don Gaudencio Lamarque –anarquista por convicción y empresario teatral por vocación–, que cuando fue a inscribirla al Registro Civil de Rosario, no sabía si llamarla Elvira, Margarita o Etelvina. Finalmente, se dejó llevar por la esencia de su ideología y la bautizó con el nombre más hermoso del mundo, Libertad.
Una Etelvina Lamarque por ejemplo, una Margarita, no hubieran sido capaces, como Libertad, de plantarse en Buenos Aires en 1926 acompañada de un bolsito, cinco pesos y una voz de soprano que utilizó para cantar y para hacer milagros: la subían al paredón de la costanera, frente al río de la Plata, cantaba Besos brujos y las aguas se abrían de tal forma que podías llegar a Montevideo caminando.
Debutó en el cine en una aparición de cinco minutos en una película de Mario Parpagnoli, Adiós Argentina.
¿Cuál Parpagnoli? ¿El que hizo debutar a Libertad Lamarque?
Cinco minutos después, ya era la novia de América.
Guardaba el dinero que ganaba debajo de una baldosa y envuelto en una media, almorzaba con flores en la mesa, cantaba como un ruiseñor y trabajaba como una mula porque le gustaba ser considerada la actriz más profesional de Buenos Aires.
Quiero decir que la gente salía después de ver sus películas y, pensando en ella, se golpeaba la cara contra el cristal de la puerta de salida.
No eras nadie en la poética tabernaria de Buenos Aires si no le dedicabas, como mínimo, un versito: “Yo no sé qué hacer / para que salgas de mí / y por fin te vayas / ni cómo nombrarte / para que al fin regreses” (Nicolás Olivari).
En 1935, ya no era la novia de América sino la reina del Plata.
Años más tarde, al final de la década de 1940, cuando la actriz Eva Duarte advirtió que la gloria de la “novia” le sacaba dos cuerpos de ventaja, le puso en bandeja el avioncito del exilio.
Libertad Lamarque se instaló en México y, por prepotencia de trabajo, dejó de ser la reina del Plata para convertirse en la novia del Distrito Federal. Hay una calle que lleva su nombre. A ver qué les parece esta dirección: Libertad Lamarque esquina Chavela Vargas. País curioso el argentino: se dio el lujo, durante muchos años, de considerarla ciudadana de la ausencia.
Desde entonces, se la pasó yendo y viniendo.
Una cosa es segura, falleció en México en 2001 y, desde entonces, nos rompe más que nunca el corazón.
“Cúbreme –cantaba en sus años de gloria totalizadora–, cúbreme y apágame porque ya es noche entre mis manos”.
Y mi mamá, que cosía para afuera, permanecía inmóvil apuntando con el hilo de coser hacia el ojo esquivo de la aguja.
Me encanta esta hora del día
Te quedas inmóvil frente a los retratos / mirando las fotos durante un buen rato / las fotos de cuando tu papa vivía / te llevaba en upa de noche y de día / eras una nena dulce y compradora / tenías los mismos ojitos que ahora / la foto te gusta debe ser por eso / que le hablas bajito y le das un beso.
Hace mucho que lo sé / pero vos no lo sabías / voy a decirte una cosa: me encanta esta hora del día.
Te quedas inmóvil frente a los retratos / mirando las fotos durante un buen rato / las fotos del viaje que hiciste a Venecia / delante del agua detrás de una iglesia / la foto te gusta debe ser por eso / que le hablas bajito y le das un beso.
Hace mucho que lo sé / pero vos no lo sabías / voy a decirte una cosa: me encanta esta hora del día.
La foto del cine de la calle Alvear / donde vimos juntos El viejo y el mar / el cine no existe ya lo han reemplazado / por una cadena de supermercado / la foto te gusta debe ser por eso / que le hablas bajito y le das un beso.
Hace mucho que lo sé / pero vos no lo sabías / voy a decirte una cosa: me encanta esta hora del día.

