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¿Qué es salud?

Seamos agradecidos con el sacrificio que, sin ser grupo de riesgo, los niños y adolescentes están realizando por todos nosotros.

19 de junio de 2020 a las 12:08 a. m.
María Cecilia Cerdá*
¿Qué es salud?
Distancia virtual. Los niños necesitan contacto directo.

La pregunta qué es salud vibra en el centro de una cuarentena plagada de varias etapas, instancias, momentos, condicionamientos y posibilidades que nos conducen a otras preguntas: cómo transitarla; cómo será el reencuentro cuando el confinamiento finalice; dónde posicionarnos ante lo que sucede y se nos exige; qué decisiones podemos tomar y cuáles no. Pero, en especial, qué es la salud; cuál es nuestra relación con ella; qué implica cuidarse, cuidar a los demás, y desde qué lugar lo hacemos.

Son variados los discursos y miradas sobre lo que está sucediendo, y considero necesario aportar reflexiones desde el lugar en que he decidido acompañar el desarrollo de los niños y sus necesidades desde hace ya 25 años, como docente de nivel inicial y primario. Me preocupa el estado de encierro que tanto niños como adolescentes están transitando. Y me preocupa de manera creciente a medida en que este se prolonga sin un límite visible.

Mi preocupación se dirige en dos direcciones: la percepción de encierro y aislamiento por parte de niños y adolescentes, que dificulta o interrumpe la naturalidad en los vínculos con familiares, amigos, compañeros de la escuela, maestros y vecinos de manera plena, real y vivencial; y la percepción que ellos puedan tener de ser un “peligro” para los demás, en especial para sus seres más queridos, o de que los demás sean percibidos como un “peligro”.

Ambas cosas atentan contra la imagen positiva que de ellos mismos puedan tener, y contra una autoestima saludable. También atentan contra la confianza en uno mismo y en el mundo, además de inmunodeprimirlos como consecuencia del miedo, la angustia, la incertidumbre, la alteración o falta de un ritmo diario organizado y la desmesurada exposición a medios tecnológicos, que agota y daña su sistema neurosensorial.

Es importante, entonces, que consideremos la salud como algo integral.

Ante un niño, la situación que estamos atravesando presenta al mundo y a los otros como “amenaza”, más allá de los loables esfuerzos que los adultos responsables hagamos para disimularla. El encierro (sólo una salida a la semana) lo confirma en cada vivencia y la verdad es la verdad: el miedo ronda tras cada acto de cuidado y protección, en cada rincón. Y ellos lo advierten.

Tampoco puede tranquilizar la pretensión de “contacto” o “construcción-afianzamiento de vínculos” mediante pantallas. Es una pretensión absurda, sobre todo para niños pequeños. Los seres humanos nos desarrollamos ante el encuentro real con otro; nada puede reemplazar ese acto si no puede darse.

El acto educativo

Lo que un niño pequeño experimenta al ver a su maestra o a sus seres queridos a través de una pantalla es una subliminal desilusión y desconcierto. El comportamiento habitual en muchos de ellos es el rechazo de la situación. Por este mismo motivo, un acto educativo no puede considerarse plenamente como tal si se desarrolla de modo virtual.

Es necesario que no sean considerados como responsables de un daño que puedan generar en las personas que quieren, ni que sientan que así se los considera. ¡Deben percibir que traen alegría, risa, fuerza, esperanza y amor al mundo y a los demás! Y también deben percibir que el mundo es “bueno”, “bello” y “verdadero”.

Seamos agradecidos y comprensivos con el sacrificio que, sin ser grupo de riesgo, los niños y adolescentes están realizando por todos nosotros. Porque, aunque tienen la flexibilidad de adaptarse a todo, una experiencia tan antinatural y traumática como esta dejará una huella en la imagen de sí mismos, del ser humano y del mundo.

Ese sacrificio nos obliga al menos a realizar un ejercicio de ver y escuchar lo que sucede con plena presencia nuestra. De estar despiertos y evitar adherir a concepciones únicas sobre lo que es salud y lo que implica cuidarnos. No nos cuidamos cuando nos defendemos de lo que nos ataca por miedo. Nos cuidamos cuando fortalecemos nuestro sistema inmunológico y, en lo anímico, de la mano de la alegría, el entusiasmo y la confianza... ¡los mejores factores de salud!

Ese sacrificio demanda de una “apropiación” de esta cuarentena y de su sentido. Vincularnos con este sentido desde un lugar propio. Así podemos realizar acciones que preserven nuestra salud de manera integral y la de nuestros hijos, no contradiciendo el sentido de las normativas que recibimos desde afuera, sino ampliándolo, dándole un carácter individual, una forma propia, en especial ante la situación de encierro y de discontinuidad de actividades y de vínculos de nuestros niños y adolescentes.

Porque, en definitiva, y con esta apropiación, priman desde “adentro” y no desde “afuera” el cuidado, la conciencia y la responsabilidad. Surgen desde el ejercicio de nuestra libertad y no de la posible coacción de ella.

*Docente cofundadora del Jardín para la Infancia Puente de Estrellas (pedadogía Waldorf)