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El peronismo y la reelección

En estos días, la intención de introducir un mecanismo de reelección ilimitada es periódicamente pregonada por funcionarios y reclamada por periodistas a sueldo del Gobierno.

17 de junio de 2013 a las 02:00 p. m.
Prudencio Bustos Argañaraz*
El peronismo y la reelección

“Nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo a un mismo ciudadano en el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerlo y él a mandarlo, de donde se originan la usurpación y la tiranía”. (Simón Bolívar, Discurso de Angostura, 15 de febrero de 1819)

Como viene ocurriendo desde hace más de 60 años con la mayor parte de los presidentes de origen peronista, al acercarse el fin del período para el que fueron elegidos, sus voceros y seguidores comienzan a promover una reforma de la Constitución con el propósito –explícito o encubierto– de eliminar las cláusulas que prohíben su reelección.

Así pasó con Juan Domingo Perón, en 1949; con Carlos Saúl Menem, en 1995, y ahora con Cristina Fernández. En el caso de Menem, lograda la reforma mediante un espurio pacto suscripto con Raúl Alfonsín y obtenida la reelección, al final de su segundo mandato sus adeptos presionaron a la Justicia 
–afortunadamente sin éxito– para que se le permitiera un tercero.

La tentación hegemónica y el afán de perpetuarse de los gobernantes en el poder no son, por cierto, patrimonio exclusivo de un partido político y han sido casi una constante en la historia argentina. Pero, a excepción de los peronistas, todos nuestros presidentes hicieron prevalecer el respeto a la Carta Magna y al principio republicano de la alternancia, y se abstuvieron de intentar una reforma en su beneficio.

Julio A. Roca e Hipólito Yrigoyen ocuparon en dos ocasiones el sillón presidencial, pero, en cumplimento de la disposición constitucional entonces vigente, dejaron pasar dos períodos el primero y uno el segundo.

Cuando el primer presidente constitucional, Justo José de Urquiza, estaba próximo a finalizar su mandato, fue lanzada la propuesta de convocar a un plebiscito para lograr su reelección, ante lo cual Juan Bautista Alberdi, el autor de la Constitución, le escribió: “Un plebiscito con esos fines de perpetuación resultaría funesto para la gloria suya y la suerte de nuestro país”. El entrerriano abortó de cuajo esa iniciativa.

En estos días, la intención de introducir un mecanismo de reelección ilimitada es periódicamente pregonada por funcionarios y reclamada por periodistas a sueldo del Gobierno. El numen del populismo, el neomarxista Ernesto Laclau, llegó al extremo de afirmar que “una democracia real en Latinoamérica se basa en la reelección indefinida”.

Sin embargo, el pasado 1° de marzo, en su largo discurso de apertura de las sesiones del Congreso, la Presidenta afirmó, en alusión a su propuesta de “democratizar” la Justicia: “No se va a reformar ninguna Constitución, quédense tranquilos”. ¿Podemos, ante estas palabras, sentirnos realmente tranquilos aquellos que creemos en las bondades del sistema republicano de gobierno?

¿Lo que viene?. Plantear una duda al respecto puede herir la susceptibilidad de los seguidores de la Presidenta, quienes probablemente me acusarán de poner en entredicho su sinceridad. Pero, aun a riesgo de incurrir en dicha falta y hacerme acreedor a su censura, advierto varias razones que atentan contra mi tranquilidad.

La primera de ellas es el hecho de haber promovido Néstor Kirchner una reforma constitucional en la provincia de Santa Cruz, que permite la reelección ininterrumpida del gobernador. Jamás escuché a la actual presidenta expresar una crítica al respecto. Antes bien, en cada uno de sus frecuentes discursos por cadena nacional se muestra pródiga en elogios para con su marido y predecesor, de quien es apasionada admiradora.

Una admiración similar ha puesto de manifiesto hacia el recientemente desaparecido Hugo Chávez, que introdujo en Venezuela la reelección eterna y gobernó avasallando las instituciones republicanas. Y también hacia el tirano Fidel Castro, fundador de la monarquía que desde hace más de medio siglo se perpetúa en el poder y mantiene sometido al pueblo cubano bajo un cruel despotismo.

Por otra parte, los peronistas rinden veneración al creador del movimiento del que toman su nombre, cuya infalibilidad proclaman sin disimulo y al que elevan al rango de semidiós, por lo que conviene recordar cómo se condujo Juan Domingo Perón en este punto. Hagamos memoria.

Fue también durante un discurso ante la Asamblea Legislativa, el 1° de mayo de 1948, cuando el entonces presidente disparó anatemas a destajo contra la idea de la reelección presidencial, a la que calificó como “escuela de fraude e incitación a la violencia”.

“Mi opinión es contraria a tal reforma –afirmaba– y creo que la prescripción existente es una de las más sabias y prudentes de cuantas establece nuestra Carta Magna. (...). En mi concepto, tal reelección sería un enorme peligro para el futuro político de la República y una amenaza de graves males que tratamos de eliminar desde que actuamos en la función pública”.

“En seis años de gobierno –añadía–, un ciudadano debe dar de sí todo cuanto posee, en bien del país. Luego es menester que llegue otro con nuevas ideas y nuevas energías para ponerlas al servicio del bien común, que es el bien de la patria”.

Pocos meses más tarde, luego de un trámite parlamentario en el que se violó lo dispuesto por el artículo 30 (se computaron los votos de los legisladores presentes y no los de la totalidad), convocó a elección de convencionales constituyentes, que al año siguiente procedieron a reformar la Constitución, introduciendo en el artículo 78° la cláusula de la tan denostada reelección ilimitada. En virtud de ella, el propio Perón fue reelegido en 1952.

Estos bruscos cambios de opinión a los que el peronismo ha sido tan proclive desde sus inicios dan también pábulo a mis temores, que, sumados a las anteriores consideraciones, hacen aconsejable que los ciudadanos estemos advertidos del peligro que se cierne sobre nuestro sistema de gobierno y nuestras libertades.

*Historiador; integrante de Esperanza Federal.