Paranoia, educación y poder
En la historia no escasearon estos paranoides sanguinarios: Tiberio, Calígula, Pedro 1º de Castilla, el Marqués de Ponbal, Marat, Robespierre.
Se entiende por paranoico a un individuo que piensa que, si no hubiese nacido, el mundo estaría preguntando el porqué. Georg Lichtenberg lo grafica con acierto: “Es un asno que tira del carro de la diosa Isis y piensa que, a su paso, todo el mundo se arrodilla ante él”.
El paranoico no sabe que es paranoico. Sus caracteres son: 1) un orgullo desmesurado y un exceso de desconfianza; 2) manera lógica de razonar sobre postulados falsos; 3) como todos los que se creen perseguidos, se convierten en perseguidores, o de víctimas pasan a victimarios; 4) la mayoría tenemos algo de paranoia: es una tendencia casi normal a tomar frente a los inconvenientes; 5) sobreestimación de sí mismo que falsea los juicios.
Ejemplo: en el final del último capítulo de los teleteatros rosados suele escucharse el “te amo” seguido del “yo también”. El paranoico no altera la segunda parte. Dice “yo también”, elipsis que significa: “Yo también me amo”.
Sin dejar el teatro, agreguemos que no está claro el origen de la claque, es decir, ese conjunto de alabarderos puestos para aplaudir. Dicen que ya Nerón tenía unos cinco mil. Cuando se presentaba a una olimpíada, por lo común en poesía, siempre ganaba. (El término, tal vez onomatopéyico, provendría del “clac clac” que produce el aplauso).
De todos modos, hoy se tiene conciencia del peso de este singular oficio en el quehacer político autoritario, con ciertas modificaciones, como trasladar a la gente que debe ovacionar, reservar todas las localidades del lugar para los adeptos, etcétera.
Oliverio Cromwell (1599-1658) se entretenía desde chico robando palomas y cortándoles la cabeza para ver si caminaban decapitadas. Entre los 45 y los 50 años, su paranoia lo lleva a odiar a su rey, Carlos I de Inglaterra. “Le cortaremos la cabeza con la corona puesta”, dijo, y presenció la ejecución desde una ventana.
En fin, en la historia no escasearon estos paranoides sanguinarios: Tiberio, Calígula, Pedro 1º de Castilla, el Marqués de Ponbal, Marat, Robespierre.
Para nuestro consuelo, también hubo paranoicos geniales, como Luis de Góngora, Vincent van Gogh, Ludwig van Beethoven, Arturo Schopenhauer. A Dalí le preguntaron qué se requiere para ser genio y respondió: “Haber nacido en Cataluña y llamarse Dalí”.
La mayoría disculpa el egocentrismo de los grandes. Es factible que un niño muy impetuoso, ávido y ambicioso, pero dotado mediocremente, no acepte sus fracasos y busque compensarlos de distintas formas.
Conviene vigilar el conjunto para constatar si se preocupan mucho por las fallas que creen ver en sí mismos. Conviene aprovechar todas las oportunidades que se presenten para explicarles que, si bien es bueno superarse, no existe Superman ni hombres todopoderosos.
No falta en el político un sentimiento de superioridad y una necesidad de dominación. Cuando está en el llano, se queja de que no se tienen en cuenta sus méritos de puntero. Cuando llega a un alto cargo, le dice al que le buscó votantes: “Bien, Pérez, como ha trabajado eficazmente en mi candidatura, he pensado en otorgarle un cheque extra; y si continúa así, estoy pensando en firmárselo”.
A Hitler, las ideas delirantes lo llevaron casi a poseer el mundo y, luego, casi a destruirlo. Pero ¿qué impulsa a las masas a unirse a un paranoico y someterse a sus dictados? Es la proyección de sus anhelos en la persona del líder y la esperanza que este los satisfaga.
Se polariza en la búsqueda de seguridad (se obedece para sentirse protegido) y en los resentimientos y deseos de revancha (se unen y obedecen para ser más potentes en la agresión).
*Periodista.

