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“Papá luchón”

Sería más amable que las sensibilidades de hombres y mujeres se crucen, dialoguen y se entiendan.

06 de febrero de 2022 a las 12:04 a. m.
Natalia Ferreyra
“Papá luchón”
Imagen ilustrativa. Me topé con una frase que me enojó bastante, pero ahora, a días de distancia: “papá luchón”. (Archivo)

En las plazas, uno puede leer, caminar, mirar las hojas de los árboles cortando la imagen del cielo. Se para la oreja, se relojea a quienes están cerca... Y si el ejercicio nos gusta, buscamos intuir desde dónde mira el mundo ese otro que, en lugar de ayudarle al hijo a subir al tobogán, le grita “campeón” con los pies apoyados en el piso.

Una plaza puede ser un lugar maravilloso para volver a creer en la comunidad. O, al menos, para hacernos algunas preguntas acerca de hacia dónde vamos como habitantes de un territorio.

Volví a las plazas por mis tareas de crianza. A mi pareja le pasó lo mismo. No porque están mejores arregladas (hace pocas semanas murió un adolescente por tocar un poste de luz en barrio Alberdi); tampoco porque quiero hacer nuevos amigos. La razón fue que el niño juegue y corra. A veces el tiempo se enrula y empiezo a escuchar, un ejercicio que, para quienes escribimos, es materia viva para pensar personajes.

Fue así como una tarde me topé con una frase que me enojó bastante, pero ahora, a días de distancia, intento despedazar. Dos amigos se trataban de “papá luchón” al asumir que estaban agotados de cuidar a sus hijos y de encargarse de la cena.

Pensé en acercarme y hacerme la amiga de los papás “luchones”, pero intuí que pronto me saldría espuma por la boca.

Sentí una puntada, porque nos estaban robando la frase, la nuestra, la que tenemos las mamás feministas, para visibilizar, sobre todo, a la cantidad de madres que crían solas a sus hijes, parando la olla.

Los seguí escuchando y aparecieron otras réplicas que, en tono de chiste, nombraban y se reían; nombraban y se reían. Dos pavos de 40 y pico de años, pensé.

Al paso de los minutos, empecé a reflexionar sobre mi sentido del humor, que es más difícil que reflexionar sobre sexo –una va y lo hace; no piensa–. Mientras, seguía escuchando a los señores que se creían progres por encargarse de la cena.

Yo no entendía ese humor ni tampoco entendía a esos tipos. Me enojaba que en su necesidad de queja los traccionara la idea de ser graciosos tomando una bandera nuestra.

Volví a casa conflictuada: ¿era insoportable? ¿Me estaba cooptando lo políticamente correcto? ¿Había perdido el humor? Y llegué al nudo: lo que me jodía era que los hombres no hablan: hacen chistes. Que hasta incluso para quejarse de las tareas de crianza (que, sí, son agotadoras para cualquier persona, sin importar el género) nos toman y nos vuelven espejo, en lugar de imaginar frases nuevas nacidas de conflictos propios. Que todavía les cuesta pensarse a ellos mismos en la celda donde también los ubica el machismo: la de laburar hasta reventarse; la de descansar sólo mirando fútbol; la de juntarse a tomar con amigos en lugar de hablar o llorar.

Sería buenísimo escuchar sus nuevas categorías; que nos ríamos juntos; yo también quiero reírme con los papás “luchones” de la plaza, pero que me tiren una frase nacida de sus propias contradicciones o luchas; porque al fin de cuentas, compartimos un mundo y sería más amable que nuestras sensibilidades se crucen, dialoguen y se entiendan.