Padre del aula olvidado
Resulta imperdonable, a pocos días del inicio de las clases, el reducido homenaje oficial al bicentenario del nacimiento de Sarmiento, quien inspiró la educación pública, universal y obligatoria.
El bicentenario del nacimiento de Domingo Faustino Sarmiento, ocurrido el martes último, pasó casi inadvertido a la población y a las autoridades de distinto orden. Es verdad que obedece de algún modo a cierta necrofilia que caracteriza a los argentinos –y quizá a la humanidad toda–, según la cual son más memorables las muertes que los natalicios. Así, a José de San Martín se lo recuerda el 17 de agosto, aniversario de su fallecimiento, pero pocos saben que nació el 25 de febrero de 1778. El Día de la Bandera se celebra el 20 de junio en homenaje a la muerte de su creador, Manuel Belgrano, que nació el 3 de junio de 1770.El prócer que nos ocupa ahora es recordado en forma insoslayable en el Día del Maestro, en memoria de su desaparición física el 11 de septiembre de 1888. Con todo, es indudable que las autoridades dejaron pasar una oportunidad propicia, a pocos días del inicio de las clases, para resaltar la obra gigante de Sarmiento en la educación. Él mismo fue un ejemplo de alumno con su legendaria asistencia perfecta a la escuela primaria sin faltar un solo día. Cuando fue mayor y le tocó dirigir los destinos de la joven nación en la segunda mitad del siglo XIX, sentó las bases de la educación pública, universal, gratuita y obligatoria, plasmadas en la ley 1.420, lo que le valió el mote de "Padre del Aula". Fueron irrelevantes los actos de los gobiernos nacional y provincial. El martes, la Presidenta se encontraba en El Calafate inaugurando una avenida costanera que lleva el nombre de su esposo, fallecido apenas casi cuatro meses atrás.A pesar de los atenuantes, lo cierto es que en el "olvido" subyace una cierta mirada sesgada sobre nuestra historia que enfatiza virtudes y atenúa defectos, según las conveniencias del presente. Es verdad que estamos ante un personaje polémico como pocos, apasionado y hasta cruel en el ejercicio de las variadas funciones que ejerció en un período particularmente cruento.Es proverbial su aversión al modo de vida del gaucho y a la forma caudillesca en la que concretaba su participación en la vida política de aquellos tiempos tormentosos e, incluso, la manera drástica que propuso –y usó– para cambiar las cosas. La historia no le ha perdonado a Sarmiento esos desbordes, pero tampoco puede negar su lucha contra el oscurantismo interesado de ciertos sectores de la sociedad de su tiempo.La escuela fue su instrumento, y llegó a contratar maestras norteamericanas para formar a quienes debían educar a los niños en las ideas más avanzadas de la época. Su verdadera visión progresista se extendía más allá, a las ciencias, a la naciente técnica, a la investigación. Hasta Córdoba recibió como su legado a la Academia de Ciencias y al Observatorio Astronómico.Resulta imperdonable que se olvide a Sarmiento, porque hacerlo forma parte del olvido en el que está sumida hoy la educación argentina.

