Otro plato de comida
Con el tiempo, la madre de Consuelo dejó de protestar por verlos venir tomados de la mano. En esa casa, entre los platos de comida, ya había uno destinado al pelirrojo.
Sus padres le quisieron llamar Consuelo. Nació una tarde de agosto, en una hora en la que el viento era más molesto. Llegó como la tercera hija de una madre buena cocinera y fértil y de un padre trabajador y silencioso. Ambos dedicaban sus días a que nunca faltara un plato de comida. Consuelo creció buscando, al igual que sus hermanos, su lugar dentro de esta familia numerosa que crecía sin parar. A los 14 años, ya sabía cocinar para todos, y con eso ayudaba a su madre, eternamente embarazada. Ordenaba la casa como la mejor y los más chicos la preferían a la hora de acompañar a dormir.A su mejor amiga, le confesaba cuánto le gustaba la escuela, donde no había hermanos para cuidar. Ya con 16, sus ojazos negros enamoraban a todo 5º B.Bella pero todavía fresca, le incomodaban los elogios.Especialmente los de Javier, un compañero de curso. Ese pelirrojo que cada día, superando la vergüenza, proponía acompañarla hasta su casa. Ella lo rechazaba cada vez, aunque sin convicción. "¿Es por tus hermanos?", preguntaba él. "Por mis viejos", explicaba ella.Finalmente, un día caminaron las cinco cuadras, olvidando presiones y riendo de forma sencilla. Se les erizó la piel cuando sin querer rozaron sus brazos.Al mes, sus compañeros los llamaban "novios". Despreocupados, preferían dejar que el afecto creciera entre ellos. Se miraban, se esperaban. Elegían estar juntos antes que cualquier cosa. No siempre hablaban, pero se prometían todo.Con los días vacíos, feriados sin colegio, pudieron descubrir que existía un sentimiento sublime y desinteresado: extrañarse.El primer beso lo decidió ella, cansada de la incomprensible timidez masculina. Fue en el pasillo del colegio. Fue en los labios. Ella lo recordaría para siempre. Él quedó sorprendido, y recién sonrió cuando estuvo seguro de que nadie los había visto.Con el tiempo, la madre de Consuelo dejó de protestar por verlos venir tomados de la mano. En esa casa, entre los platos de comida, ya había uno destinado al pelirrojo.Pronto el amor logró la ceguera. Las hormonas, cargadas de dinamita, les recorrían el cuerpo pidiendo cauce. Fue un domingo cuando Javier pidió el primer permiso para salir solos. "De día", decretó secamente el padre de Consuelo.Caminaron por el parque, las mejillas encarnadas. Jugaron con las manos. En un breve momento íntimo, descubrieron nuevos territorios. Al volver, no comprendieron la despedida. Se deseaban más que nunca.Cuando Javier presintió que ella estaba dispuesta, pidió ayuda a su hermano mayor. Él sabría aconsejar para no equivocarse."A la casa de unos amigos", aseguró Consuelo, conteniendo el aliento mientras se despedía de la madre con un beso. "No vuelvan tarde", ordenó el padre.Como los vómitos no cedían, consultaron a un médico. Luego de examinar a Consuelo, opinó que "tal vez fuera una infección intestinal". Todos aceptaron el diagnóstico excepto la madre, que detectaba un brillo distinto en la mirada de su hija.A los cuatro meses, la panza de Consuelo era inocultable, así como su andar inclinado. Como los suspiros. Lo más hermoso (de lo inocultable) era la sonrisa, ingenuamente serena.Una vez superado el enojo inicial, los hermanos agruparon filas. El nuevo (futuro) integrante pasó a ser el tema central en la mesa de la familia.Los compañeros de curso, también después de recuperarse de la conmoción, se transformaron en solícitos ayudantes. Franqueaban el paso, ofrecían el mejor asiento y la trataban como elegida. Las chicas -mujercitas de 16 años- ahora murmuraban en ronda su fascinación. Los varones –niños de 16 años– intentaban con bromas ocultar su torpeza.Quisieron llamarla Ana. Está creciendo rápido. Javier la visita todos los días. Consuelo quiere seguir estudiando. Los padres no saben de dónde saldrá otro plato de comida.

