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Crónica. Noticia en desarrollo

Una viaje educativo en el Tren de las Sierras se transforma en una aventura diferente.

03 de octubre de 2025 a las 11:47 p. m.
Mirta Moore
Noticia en desarrollo
Días Contados. (Ilustración de Juan Delfini)

Corre el año 2010. El otoño tardío sienta sus reales en la provincia. Fecha ideal para organizar una salida didáctica en el Tren de las Sierras. ¿Los protagonistas? Docentes y estudiantes de dos profesorados de la ciudad de Córdoba. Un profesorado de Geografía del Instituto Simón Bolívar y otro de Educación Inicial y Primaria del Instituto Nuestra Señora de Fátima.

Gran expectativa en la estación Rodríguez del Busto. Asistencia casi perfecta de todos los cursos invitados. Típica postal de otoño: bien abrigados, gorritos de lana y humito que sale por la boca.

Los docentes de distintas disciplinas (Geografía, Ciencias Sociales, Arte, Pedagogía) están prestos para la experiencia. Copamos los dos vagones. Para muchos estudiantes, es su primera experiencia en tren. Para algunos, significa repetir una salida que hicieron cuando cursaron la primaria. Para otros, recordar con alegría un clásico: paseo en familia en vacaciones de invierno.

Cuando uno dice “Tren de las Sierras”, inmediatamente despierta simpatía. Se trata de una propuesta casi irresistible, amigable, tanto por el recorrido como por el entorno que ofrece nuestro hermoso Valle de Punilla. Y por el precio; hay que decirlo todo…

En aquella época, el tren sólo llegaba hasta Cosquín, donde planeábamos almorzar y recorrer lugares característicos vinculados con el acervo patrimonial. El regreso estaba previsto en horas de la siesta.

El “clima” en el andén es el de aula ampliada, de rostros felices, dispuestos a aprender y a disfrutar por partes iguales. Algunos estudiantes han investigado previamente; otros prefieren sorprenderse con la información que irán descubriendo en el viaje.

Partimos en horario. Los estudiantes apuran los primeros mates no bien se inicia la marcha. El vaivén acompasado del tren comienza a desandar el camino por las primeras estaciones: pasamos por La Tablada, Argüello, Tristán Narvaja.

El paisaje que nos devuelven las ventanillas acusa la pérdida de follaje. La ciudad se va despidiendo de a poco. Se aprecian los patios traseros de viviendas, tapiales que circundan predios deportivos, techos aislados de construcciones derruidas. Un paisaje variado, como de “detrás de escena”.

Los profesores comenzamos a explicar el sentido del viaje. Destacamos con énfasis las fortalezas que ofrece a los alumnos la experiencia directa. Hablamos de lo importante que es “sacar a los chicos del aula”, ponerlos en contacto con situaciones que estimulen su curiosidad e interés.

En la estación de La Calera, hay puestos que ofrecen pan casero, pastelitos y chipá. Algunos de nuestros estudiantes aprovechan para reforzar provisiones. El ritual del mate así lo requiere.

Todo se desarrolla con normalidad. Algunos usan unos teléfonos celulares con cámara. Toda una novedad para la época. Descubren pronto que la señal de internet es intermitente. Mucho paisaje y poca señal, pensarán. Los que pueden, sacan fotos y graban videos.

Las serranías cordobesas ocupan por completo el paisaje. Los muros pétreos nos acompañan por el lado derecho del tren. Del otro lado, el valle que recorre el río Suquía. El bosque serrano tapiza los desniveles del terreno.

El resto de los pasajeros, que utilizan el tren a diario y se sienten un poco invadidos por nuestra presencia, también presta atención a las explicaciones de los profesores. A esta altura del viaje, ya nos hemos acostumbrado al bamboleo característico de la marcha de la formación.

En una pausa, me dispongo a cebar unos ricos mates. La idea es estrenar ese termo tan lindo que compré hace unos días. Preparo el mate y cuando le agrego el agua, descubro azorada que sale tibia. Se aborta la misión.

El accidente

En medio del trayecto y ya llegando a la estación de Casa Bamba, escuchamos y sentimos el impacto de una estampida. Un ruido sordo acompañado de un cimbronazo y un desenlace: el tren se descarrila.

Por fortuna, la formación queda inclinada hacia la ladera del cordón serrano.

El tren, después de una frenada chillona, se ha detenido. Los empleados responsables del servicio recorren los vagones y nos piden que guardemos la calma; lo hacen con órdenes precisas y firmes, mientras revisan el estado de los pasajeros.

Las estudiantes que estaban sentadas justo en el lugar donde se produjo el impacto están bien. Asustadas, por supuesto. Pero están bien. Se han transformado en las protagonistas involuntarias del suceso y se adelantan a explicar, casi a los gritos, al resto de sus compañeros lo que creen que alcanzaron a ver.

No faltan quienes intentan acercarse para saciar su curiosidad. Los empleados piden a los gritos que no desbalanceemos el tren. Que cada uno vuelva a su asiento, para de este modo facilitar las tareas.

En medio del shock por el susto mayúsculo que nos llevamos, los docentes conservamos la calma y evitamos alarmar a los estudiantes.

¿De qué serviría contarles que del lado izquierdo del tren está el precipicio que nos lleva al cauce del río Suquía, ese que no podemos ver gracias al follaje desprolijo del bosque serrano?

¿De qué serviría aclarar que estamos en un sitio inaccesible por ruta?

¿Y que dependemos totalmente del personal a cargo del servicio ferroviario?

¿Hace falta acaso agregar que, por suerte, son casi las 11 de la mañana, un horario más que prudente para que nos rescaten?

La primera información que nos brindan es que el descarrilamiento se debe a la estampida de un animal y que las tareas van a demandar un buen rato. Que hay que tener paciencia. Habrá que esperar. No queda otra.

No es hora de almuerzo, pero los nervios adelantan el consumo de esos sándwiches que la mayoría había traído para después. Los que optaron por comprar pan casero y chipá en la estación de La Calera se alegran de haberse tentado.

El problema se les presenta a quienes habían decidido almorzar en Cosquín y no tienen nada para picotear. Es ahí cuando algunos deciden compartir lo que tienen, para ir paliando la espera.

Los estudiantes con celulares con cámara ofician de periodistas amateurs y graban escenas de los empleados del ferrocarril enfrascados en las tareas. Admiten que les da un poco de impresión ver cómo retiran los restos del animal.

Una vaca preñada es la “culpable”; y gracias a la marca que lleva en la oreja, será posible identificar al dueño. Los estudiantes más curiosos les preguntan a los pasajeros de la zona si este tipo de accidente es habitual.

Comienzan a pasar los minutos. La señal intermitente de internet permite que la noticia llegue a los medios periodísticos. Son los videos espontáneos de nuestros estudiantes los que brindan la primicia.

Estos videos permiten ilustrar la noticia por televisión abierta. Y todo gracias a estos futuros docentes que están viviendo la experiencia y pueden compartirla gracias a la tecnología. Unos pioneros, sin dudas.

Expectativa versus realidad

Entre tareas de remoción y otras yerbas, permanecemos varados casi cuatro horas. Recién cuando están dadas las condiciones óptimas, con extremo cuidado nos indican cómo abandonar la formación accidentada para pasar a otra que nos permite pegar la vuelta a Córdoba sanos y salvos. La mayoría se dedica a tranquilizar a sus familias. Estamos todos bien, escriben en sus teléfonos.

Como balance del viaje, podemos decir que a raíz del incidente nos quedamos sin atravesar los túneles y disfrutar del espejo de agua del dique San Roque. También nos perdimos visitar Cosquín, recorrer su plaza Próspero Molina, percibir su impronta festivalera, apreciar su oferta gastronómica.

El valor de la experiencia fallida tuvo también su moraleja didáctica. Su “expectativa versus realidad”. Algo tan común hoy de ver en redes sociales cuando se oponen fotos idílicas, de catálogo y perfectas, versus imágenes cargadas de realismo crudo y descascarado.

¿Cuántas veces un paseo se malogra por mal tiempo? ¿O por imprevistos de último momento: un museo cerrado por reformas, un duelo, un asueto no calculado? ¿Un motivo de fuerza mayor? ¿Qué hacer en ese caso? Encontrarle la vuelta para superar la frustración y hallar en la experiencia el germen del aprendizaje.