Ni verde ni rojo: encuentros
Si buscamos en el origen, vemos que la palabra “comida” comparte raíz etimológica con “comunidad”. Comer es alimentarse con otro. Ingerir alimentos solo –o sintiéndose solo– es apenas cargar combustible.
El plato de arroz encandila de tan blanco. Sin queso, como pide él. Con poca sal, como dijo el médico. Arroz solo, níveo e inmaculado. Aunque la madre no ha podido evitar un toque de diseño culinario. Una mínima ramita de perejil asoma en el borde, culminando su obra. Sonriente y confiada, presenta el plato al exigente comensal. El hijo –6 años, pecoso y de mirada implacable– frunce los labios. "Tiene cosas", dice, y empuja el plato como si estuviera frente a un veneno mortífero. El almuerzo termina con la madre enojada y él vaciando un paquete de galletitas.Los tallarines humean en la olla vigilada por el padre, mientras la familia prepara la mesa. Sus hijos –ella 10 y él 8 años– ordenan los cubiertos mientras preguntan qué hay para cenar.En un instante, el televisor los distrae con la publicidad de hamburguesas jugosas. "Imposible competir", piensa el padre mientras comienza a servir las porciones. "¿Pá, podemos?, suplica el hijo señalando la pantalla. "No, chatarra no; hoy hay fideos". "Tallarines", corrige la madre, mientras presenta orgullosa los platos coronados con salsa casera de tomates, receta de la abuela."Puaaajjjj, qué asco", grita la niña, "le pusiste eso rojo... yo no quiero". "Yo menos", se suma el hermano. "Pero si ni siquiera probaron...", reclama la madre buscando apoyo en su marido. "No importa, no nos gusta". Los padres terminan la cena en silencio; los chicos, en su cuarto.Nadie sabe con certeza por qué, entre los 2 y 3 años, tantos chicos rechazan las comidas que contienen vegetales. El repudio sorprende a todos, cuando hasta entonces habían devorado las clásicas papillas de inicio, con mucha verdura.Se afirma popularmente que se han cansado de la dieta repetida de los primeros años. Los especialistas argumentan distinto; opinan que los chicos rechazan el sabor amargo que aporta el calcio, presente en verduras como lechuga, espinaca, acelga, coliflor, cebolla y brócoli.También su consistencia áspera, que sospechan con sólo mirar el plato. Como el paladar infantil prefiere alimentos dulces y blandos, descartan igualmente aderezos o especias usados para realzar el sabor de los vegetales.Hay excepciones. Las papas –en particular, las fritas– los conquistan desde temprana edad. Algunos aceptan tomate –en verdad, una fruta–; otros prueban choclo. El puré, si es blanco, también elude el espanto de una generación que se sienta a la mesa con casco y armadura para afrontar las batallas que proponen sus padres a la hora de comer.Mientras ellos repudian, los padres desesperan. Cuanta más presión reciben, su rechazo aumenta, y llegan al fanatismo de no intentar lo desconocido.Cada contienda alimentaria deja a todos insatisfechos. Los padres, por sentir que a sus hijos les faltan nutrientes. Los chicos, convencidos de que no son escuchados en sus claros argumentos. Ambos, frustrados por no acordar.Todo ocurre en tiempos en que las familias no disponen de muchos momentos de encuentro. Las agendas colmadas y el apuro cotidiano cambiaron los almuerzos y cenas por breves cruces impersonales en los que se pierde la oportunidad de compartir.Si buscamos en el origen, vemos que la palabra "comida" comparte raíz etimológica con "comunidad". Comer es alimentarse con otro. Ingerir alimentos solo –o sintiéndose solo– es apenas cargar combustible.No se cuestiona aquí la necesidad de que todo niño reciba alimentos variados y completos para un pleno desarrollo, sino que se destaca que una nutrición es completa con la existencia de los otros, aquellos que comparten más que la mesa.Nutrir no es sólo biología: es compañía y pertenencia, son ideas y palabras que circulan, miradas que aprueban.El tiempo demuestra que luego, en los años de adolescencia, muchos chicos vuelven al rojo y al verde. Recién entonces se comprende que, más que en los vegetales, convendría insistir en los encuentros.
*Médico

