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Debate. Milei en la danza de los vampiros

Para extirpar lo que considera un mal congénito del aparato público, Milei propuso destruir el Estado desde adentro. Pero en lugar de erradicar la corrupción, resurgen señales de que esta subsiste.

22 de agosto de 2025 a las 10:18 p. m.
Milei en la danza de los vampiros
Javier Milei junto a Diego Spagnuolo, el Director de la Agencia Nacional de Discapacidad.

Como si hubieran estado discutiendo cara a cara, el diputado peronista John William Cooke y el novelista británico George Orwell dieron visiones contrapuestas sobre revolución y dictadura.

Para el más izquierdista de los colaboradores que tuvo Juan Domingo Perón, la revolución justifica una dictadura. Ergo, si una dictadura causa una revolución, deja de ser un régimen dictatorial.

En respuesta a esa convicción compartida desde Robespierre hasta las ideologías totalitarias del siglo 20, en su novela 1984 Orwell sostiene que “no se establece una dictadura para salvar una revolución, sino que se hace una revolución para establecer una dictadura”.

El escritor británico no era conservador, sino un progresista que comprendió la genética cultural del totalitarismo, o sea, el punto en común entre los regímenes fascista, nazi y marxista-leninista, también aplicable a teocracias como las de Irán y de Afganistán.

La historia parece confirmar que en la mayoría de los casos, el concepto “revolución” es el instrumento de las culturas autoritarias de izquierdas y de derechas para engendrar regímenes contraliberales, del mismo modo que “el patriotismo es el último refugio de los canallas”, según el lúcido Samuel Johnson.

El populismo es el gobierno, de izquierda o de derecha, que procura un vínculo directo con las mayorías para gobernar sin los frenos y las limitaciones que ponen al poder las instituciones y las minorías opositoras. De la vertiente ideológica que sean, usarán la palabra revolución como justificación de la arbitrariedad y el sectarismo.

Sospechas de corrupción

En Argentina es un recurso recurrente, y también Javier Milei lo utilizó, mientras una cantidad significativa de gente cree que está ocurriendo una revolución y considera que todo vale para defenderla. Aunque el líder haga todo lo contrario a lo que dice y representa.

Todo el tiempo ocurren hechos que desnudan mediocridad, vileza y sectarismo en el Gobierno ultraconservador que había prometido terminar con la “casta”, la incompetencia y la deshonestidad que fermenta en el Estado.

Para extirpar lo que considera un mal congénito del aparato público, Milei propuso destruir el Estado desde adentro. Pero en lugar de erradicar la corrupción, vuelven a surgir señales de que esta subsiste.

No erradicó la casta, sino que la incorporó a su gobierno. El jefe de Gabinete fundó un partido con Alberto Fernández y fue funcionario del último gobierno armado por Cristina Kirchner.

Los funcionarios del macrismo a los que había acusado de los peores daños al país son las piezas clave de su equipo de ministros. Como recomendó Maquiavelo en El Príncipe y aplicaba con gozo Néstor Kirchner, destruye a quienes lo encumbraron al poder y humilla a quienes se convierten en sus aliados.

No logra un gobierno unido y armonioso, porque lo resquebraja desde dentro una guerra descarnada de caciques y facciones. En síntesis, una bola gigantesca de contradicciones rueda a la deriva.

Echar a Diego Spagnuolo no tapa la presunta red de corrupción que describió ese mileísta de la primera hora.

La sola posibilidad de que el Gobierno haya usado la Agencia Nacional de Discapacidad para cobrar sobornos expone un nivel de abyección repugnante.

Era de por sí espantoso que, en lugar de corregir las deformaciones que la corrupción producía, actuando como si a la culpa la tuviesen las personas con discapacidad, Milei les cortara la asistencia.

Y a eso se suma la denuncia de que una supuesta red de corrupción se enriquecía cobrando coimas a los proveedores de medicamentos y a prestadores de servicios para los discapacitados.

Después del caso $Libra, parecía que nada peor podía pasarle al gobierno de Milei. Pero tras lo que vino a continuación, asoma una oscuridad aún más espesa.

Es posible que en las urnas de octubre el oficialismo logre un buen resultado, pero no sería por sus supuestas virtudes, sino porque, donde debiera haber una vigorosa oposición de centroderecha y centroizquierda, lo que hay es un espacio baldío de ideas, de figuras nuevas, de dignidad política y de discursos con contenido.

Sólo decadencia y mediocridad exhibe casi todo el espectro nacional y provincial que no forma parte del oficialismo. Funcionarios mediocres y corruptos abundan en los gobiernos provinciales de casi todo el país.

Desde que el optimismo inicial sobre el rumbo de la economía ha empezado a vacilar, todos los rasgos impresentables de Milei (su violencia verbal obscena contra toda crítica, sus poses mesiánicas, sus desopilantes guerreras parlamentarias y la ostentación de insensibilidad que puso en el vocabulario político la palabra crueldad) empiezan a ser menos toleradas.

Probablemente, la corrupción, el personalismo veleidoso y el agresivo sectarismo de las últimas dos décadas pronto no alcanzarán para justificar la corrupción, el personalismo delirante y el sectarismo agresivo actual.

Tampoco alcanzará la palabra “revolución” para legitimar una apuesta autoritaria. En definitiva, también en este caso vale más la certeza orwelliana que la de John William Cook.

Periodista y politólogo