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El miedo a debatir

Si ganó Mitt Romney o perdió Barack Obama en el primer debate de la carrera presidencial estadounidense, no es tan importante como que triunfaron la gente, el proceso electoral y la política. Ricardo Trotti.

07 de octubre de 2012 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
El miedo a debatir

Si ganó Mitt Romney o perdió Barack Obama en el primer debate de la carrera presidencial estadounidense, no es tan importante como que triunfaron la gente, el proceso electoral y la política.

Alienados de tanta propaganda partidaria, avisos negativos, discursos e información polarizada, el cara a cara entre los candidatos dio un respiro a los electores para que los conozcan más y aprendan de propuestas sobre una realidad más descarnada y autocrítica del país.

Los debates no tienen la fuerza de cambiar el rumbo de una elección, ya que se realizan en la parte final de la campaña, cuando los indecisos son pocos y la mayoría difícilmente considere traicionar sus lealtades partidarias. Pero, como ocurrió el miércoles con Romney, suelen energizar campañas que todos daban por decididas.

Romney rebasó a Obama no por su ventaja de retador, sino porque fue más convincente en el arte de la retórica, del intercambio de ideas, donde prevalecen los principios y propuestas más que los hechos, el lenguaje corporal más que las tácticas futuras. Obama perdió porque confundió política con gobierno, quedó empantanado, defendiendo decisiones tomadas y objetivos que todavía no alcanzó.

Sin embargo, el logro más sustancial de los debates es que crean una atmósfera de efervescencia política, renovando en la gente el interés por la vida de sus comunidades y generando mayores compromisos para salir a votar.

Lamentablemente, este tipo de fiesta cívica todavía no caló del todo en la cultura electoral de varios países latinoamericanos, donde existen gobiernos que prefieren informar a ser cuestionados o hacer propaganda por temor a debatir.

Venezuela es el caso típico. El presidente Hugo Chávez rechazó de cuajo el intento de su contrincante, el gobernador Henrique Capriles, de trenzarse en debates rumbo a las elecciones de hoy, condenando a los venezolanos a sólo tener que consumir propaganda, insultos y descalificaciones.

La falta de debates denuncia el grado de autoritarismo o realza el nivel de democracia alcanzado en un país. No es casualidad que sean inexistentes en Venezuela, Argentina, Bolivia, Ecuador y Nicaragua; o que, por el contrario, formen parte de la cultura electoral de Brasil, Chile, Costa Rica, Colombia, México y Perú.

En Venezuela, los debates presidenciales se realizaron por última vez en 1998, cuando Chávez aspiraba a la presidencia. Lo mismo ocurrió con Evo Morales en Bolivia, donde antes de su segundo período eran práctica habitual entre candidatos.

Esto demuestra que a mayor cantidad de años en el poder, menores son las chances para debatir ideas.

También sucede con Daniel Ortega en Nicaragua, Rafael Correa en Ecuador y Cristina Fernández en Argentina. Tras varios años en el poder, prefieren descalificar a sus adversarios a sentarse frente a frente, con el argumento de que su comunicación es con el pueblo, aunque rara vez esa comunicación es de doble vía.

Ese miedo a debatir, a compartir el poder temporalmente, los obliga a crear un clima de polarización política constante, en el que valen más los insultos y los ataques que el debate. Y esto no es casualidad sino causalidad, una estrategia política inteligente para quien quiere gobernar sin rendir cuentas.

Es fácil advertir que esa polarización no puede ser sustentada sin un aparato gigantesco de propaganda. De ahí que estos gobiernos sigan creando medios de comunicación a los que usan no como medios públicos, sino para su beneficio partidario; discriminen y persigan a los medios y periodistas que fiscalizan al poder; sólo informen a la población a través de cadenas nacionales y discursos en actos políticos, y no ofrezcan conferencias de prensa.

El miedo a debatir implica miedo a la democracia. Por ello, para evitar que los gobiernos se hagan más autoritarios y cerrados, sería importante que la sana cultura de los debates se incluya como valor esencial en la legislación electoral.