Mi amigo, el doctor
Ningún gimnasio puede ser bueno si se ríen de alguien que asiste con zapatos o si la gente se sopla los mocos en la pileta. Me dijo que su gimnasio era distinto.
En 2003, mi estado físico llegó a un grado de decrepitud tan deplorable que un día, recién levantado, tuve frente al espejo del botiquín del baño una epifanía: me quedaba una única oportunidad para poner mi cuerpo a tono por última vez. Después de eso, por la ley de la gravedad y por los avatares del crecimiento, lo que me esperaba era una lenta e inexorable cuesta abajo, que sólo podía terminar en una triste papada mórbida o en un piadoso infarto miocardial por correr un colectivo.Había superado las tres cifras de peso y gran parte del sobrante adiposo se acumulaba en la zona abdominal y en la cintura. Además, por vicios posturales, una giba incipiente me había doblado en dos la espalda.Pero el principal problema era mi estado anímico. Una ruptura amorosa reciente me había sumido en una profunda depresión, que combatía a duras penas con golosinas y bebidas alcohólicas. Esa era mi dieta básica en aquellos primeros años de la década de 2000.Al comienzo fue sólo en plan de calmar las angustias, pero pronto descubrí que veía varios fondos de botella por semana, y que cada mañana, al despertar, sentía que durante la noche mis pesares me habían centrifugado: amanecía con los ojos abotagados por las huellas de las lágrimas y los mocos.Mi hermano intentó insuflarme un poco de vida y me inscribió en el gimnasio del Jockey Club, en la esquina de Colón y General Paz, en el centro de la ciudad de Córdoba. Recuerdo muy bien la primera clase porque fui con remera, short y zapatos suela de tractor. Hasta ese momento, en mi existencia, jamás había necesitado zapatillas.El instructor me explicó mi rutina sin sacarme la vista de los pies, esperanzado tal vez con la idea de que yo tuviese un bolso con un calzado más apropiado. Pero cuando vio que casi me mato a golpes intentando trotar sobre la cinta para correr, se acercó para preguntarme si no quería volver al día siguiente con "algo más apropiado". Me sentí avergonzado y huí cobardemente hacia la pileta, donde me puse a flotar como un cuerpo sin vida mirando el techo.En total, éramos ocho almas en el agua: seis adultos mayores, una chica que dejó las muletas en una silla y yo. Me desplacé un poco de una punta a la otra por un rato, hasta que una señora se limpió la nariz en una canaleta del costado de la pileta; entonces me escabullí por el costado opuesto, me dirigí hacia los vestuarios, me vestí sin mirar la desnudez de nadie y no volví jamás. Un experimento médico Fue por ese entonces cuando me presentaron a un médico deportólogo, amigo de un conocido. Entablamos una relación de camaradería y me tomó bajo su tutela. Le causaba gracia mi decadencia y se tomó su tiempo para escuchar mis explicaciones sobre mis fobias a los gimnasios. Le hablé de mi depresión, le mostré mi papada, mi joroba, y me invitó a su consultorio para hacerme una revisación. El consultorio quedaba dentro de su gimnasio. Se rió cuando le dije que ningún gimnasio puede ser bueno si se ríen de alguien que asiste con zapatos o si la gente se sopla los mocos en la pileta. Me dijo que su gimnasio era distinto.–¿Se puede fumar? –le pregunté.–Sí, pero no adentro del salón. Podés fumar afuera, lejos de los que están entrenando.Así encontré un lugar a mi medida.El gimnasio quedaba en la calle Corro y era, en efecto, un lugar fuera de lo común. Lo usaban los deportistas –en especial los rugbiers– para ganar volumen y para hacer ejercicios hasta provocarse vómitos.Las rutinas no eran convencionales.El primer día, mi amigo me hizo un examen completo, me tomó la presión, me auscultó, me hizo subir y bajar unas escaleras y después me midió el pulso. Al final de la jornada, mientras todos los demás superdeportistas levantaban pesos imposibles con las piernas y después devolvían baldazos de Gatorade, me llevó aparte y me dijo que tenía una propuesta:–Si me das seis meses –me dijo– puedo cambiarte el cuerpo por completo. De forma natural, sólo con ejercicios a la medida de tu cuerpo. Apenas modificando un poco tu dieta de modo sencillo.–¿Seis meses? –pregunté de manera retórica, mientras le soltaba una voluta espesa de humo en la cara– ¿En seis meses, sin inyecciones ni nada de esas cosas raras, vos me hacés desaparecer los colgajos y me ponés firme?–Te lo prometo. Me lo quiero tomar como un reto personal –dijo, mientras una sonrisa le torcía la boca.Y así comenzaron los seis meses más sanos de mi vida. Una máquina tallada El cambio fue gradual y el gran mérito de mi amigo el doctor fue adaptarse a mi estado anímico. Todo fue con mucho tacto. En ningún momento me dijo que me comprara zapatillas, pero a la cuarta clase (que siempre comenzaba con 10 subidas y bajadas de escaleras al trote) descubrí que con mis zapatos de la década menemista me iba a terminar rompiendo una pata, así que los cambié. Y al poquito tiempo dejé de fumar entre las series de abdominales y los ejercicios de pecho y espalda. Y luego abandoné los cigarros antes de ir al gimnasio. Y al final también dejé el alcohol de la noche.Los cambios fueron paulatinos y sin que yo me pudiera oponer, porque el cuerpo me pedía los cambios en un lenguaje irrefutable: el lenguaje de la salud.Al segundo mes, ya me había comprado unas calzas. Al cuarto mes, desayunaba frutas y me sacaba fotos en el espejo. No tenía una tabla de lavar en la panza: tenía un lavarropas, pero era firme y compacto, ya no era un bulto fofo que se movía de manera independiente y con delay respecto de la rotación de mis caderas. Al quinto mes, me compré una bicicleta y empecé a manejarme por la ciudad en dos ruedas, cual cuáquero fibroso que puede transitar largas distancias sin preocuparse por el yugo del tránsito o el destino genuflexo del hombre moderno oprimido por la injusticia de la sociedad de consumo. Yo era un señor sano, forjado en un gimnasio de alto rendimiento, el experimento de un médico deportólogo, un muchacho rescatado de las garras del alcohol y el tabaco y la depresión, que ahora comía frutas, andaba en bicicleta y de vez en cuando vomitaba Gatorade de tantas flexiones de brazos y piernas.Yo era una máquina tallada que te cruzaba la ciudad íntegra en bicicleta.Fueron seis meses en los que me convertí en la mejor versión de mí mismo. Me compré dos pantalones de jean ajustados y conocí a varias chicas que me coquetearon sin que yo tuviera que hacer esfuerzos titánicos que incluyeran apretarme granos y entrar panza. Lo más increíble fue que, al cabo de esos seis meses, llegó el verano, y entré en la estación estival sin la joroba, y por primera vez en mi vida me pude sacar la remera delante de la gente sin sentirme un muñeco de plástico sobre un calefactor. Recuerdo bien ese verano, en el que me levantaba todas las mañanas y hacía 15 kilómetros en bicicleta sin pestañear. Recuerdo el sudor brillando en mis brazos, las subidas sin cambiar la marcha para sentir el esfuerzo en las piernas, y recuerdo la sensación de poder dominar el mundo tan sólo con proponérmelo. Mi cuerpo es ancho y propio Todo se terminó cuando volví de las vacaciones y descubrí que el gimnasio recién abriría en marzo. Era febrero y a mí me pareció una buena idea darle vacaciones a mi salud por un mes, hasta que mi amigo el doctor volviera. Tengo muy presente esa primera noche suelto en la ciudad, ya no en bicicleta sino en auto, ya no buscando una ensalada sino un buen lomo con fritas como Dios manda. Y todavía puedo verme a mí mismo en el espejo retrovisor, como perdonándome, como dándome un permitido, como indultando mi inconducta con una sonrisa en el espejo.Y me veo estacionando el auto en Chetapis. Y todo es como un sueño en el que ubico una mesa y llamo a un mozo. La postal de mi fracaso es esa mesa al levantarme, ese plato plañidero sobre el que hacen equilibrio mil servilletas abolladas, custodiadas por tres botellitas de Coca, mientras yo me arrastro a duras penas hasta el auto, embriagado de hidratos de carbono, soñando con varios permitidos más, con una reacción en cadena que no voy a poder parar.Hoy ha pasado mucho tiempo y mi amistad con el doctor se disolvió en las horas magras del desencuentro, pero nunca le agradecí esa confianza, esa apuesta que hizo por darme la posibilidad de sentirme sano, entero, y normal por una vez en la vida. Gracias a él, gracias a que hizo de mí su proyecto, pude sentir algo que pensé que jamás sentiría. No lo culpo por haberse tomado vacaciones, pero si en vez de marzo hubiese elegido enero, otra hubiera sido la historia de este presente en el que vuelvo a doblarme bajo el peso de una giba incipiente, mientras miro cómo el lavarropas en mi vientre, a medida que pasan los días, centrifuga cada vez con más efectividad las posibilidades de volver a estar otra vez en mi mejor momento.

