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Los peligros insospechados de la lectura

Ha llegado el momento de dar a conocer los enormes peligros que entraña esta práctica, dado que estas alabanzas a la importancia de leer nada dicen sobre sus peligros latentes.

25 de mayo de 2014 a las 12:01 a. m.
Liliana Argiró*
Los peligros insospechados de la lectura

Sé que me embarco en una aventura por lo menos provocadora. Porque el discurso generalizado en torno de la lectura es el que se relaciona con sus bondades.

Pero creo que ha llegado el momento de dar a conocer los enormes peligros que entraña esta práctica, aparentemente inofensiva, dado que estas ge­neralizadas e indiscutidas alabanzas a la importancia de leer nada dicen sobre sus peligros latentes.

Me hago, entonces, la pregunta menos pensada: ¿a qué se expone un ingenuo lector cuando incursiona en exceso por páginas y páginas de lectura sostenida?

Cinco amenazas

Voy a centrarme en cinco amenazas, las cuales me fueron confiadas por obras de escritores notables, sin que probablemente esa haya sido su intencio­nalidad primera. Pero igual –y con mucho esfuerzo lector– pude descubrirlas, y las expongo a continuación:

1 La primera y notoriamente más grave, es la locura. Sí, así como lo leen, la locura libresca encuentra en Don Quijote su producto más refinado. Tantas páginas leídas una y otra vez sobre caballeros y sus valientes empresas no fueron inocuas. Y así lo comprendieron tan bien el cura y el barbero, fieles amigos de este hidalgo manchego, cuando decidieron quemar todos –bueno, algunos fueron reconocidos en sus méritos y se salvaron– los libros de caballería.

Un gentil y bondadoso hombre de bien, devenido en caballero andante, queriendo emular hazañas, aventuras y valentías de los caballeros de sus lecturas. Nadie más que un genio escritor como Cervantes pudo haber logrado dar vida a este poderoso personaje, tan noble y tan loco a la vez, que nos conmueve a lo largo de toda la obra. Sólo al momento de su muerte, recobra don Alonso Quijano su cordura. Pero la locura libresca había ido demasiado lejos.

2 Vamos ahora a incursionar por otra amenaza que se confunde con una actitud de mucho afecto hacia los libros, pero que en verdad esconde una peligrosa pérdida del sentido de la realidad, que se ma­nifiesta, en este caso, por otorgarle a los libros el estatus de seres de carne y hueso...

¡Terrible confusión! Los libros, seres inanimados, compuestos de páginas y páginas de papel escritas –claro está–, elevados a la categoría de amigos... Y así, de pronto y sin mayor conciencia, se habla con ellos, se los presenta como si de personas se tratara, con la cualidad agregada –imaginada– de que ellos se sienten cómodos con un lector, piden ser presentados, solicitan con una mirada intensa que se los adquiera, desde el escaparate de una librería...

Con una escritura potente y cautivante, lo plantea Claude Roy en un librito que se lee una y otra vez. Sospechosa amistad con quienes nunca nos responden, aunque estos lectores sostengan con empecinamiento  que es posible –casi maravilloso, dicen– entablar con ellos largas y fecundas conversaciones.

Un peligro que puede tomarse a la ligera, pero que muy pronto muchos lectores lo experimentarán en sus relaciones con los libros, si no están suficientemente advertidos.

3 Y otro mayor aún por sus consecuencias, que espera agazapado a quienes leen en exceso, es la ceguera. ¿Exage­ración absurda? Lean mejor lo que le sucedió al profesor Balicci, en Mundo de papel , tan ricamente narrado por Pirandello.

Era ciego, irreversiblemente ciego, pese a las reiteradas advertencias de sus facultativos, quienes le advertían una y otra vez sobre esta consecuencia desgraciada que lo amenazaba, si no cejaba en sus hábitos lectores.

Sin embargo, el profesor Balicci prefería morir a estar sin sus libros, que para él eran su vida. No murió, pero quedó ciego. Perdido en el silencio de tantas palabras amadas, sin su mirada que las habitara. La tierra inerte de páginas y páginas, sin que alguien les diera vida con su lectura.

4 Me referiré ahora a un peligro menos manifiesto, pero igualmente amenazante. El olvido del mundo real, la insensibilidad o el desconocimiento de lo que sucede alrededor de quien lee en exceso.

Imagínense el grado de aislamiento que había alcanzado Jakob Mendel, el de los libros, para no percatarse de que el mundo a su alrededor había entrado en guerra. Y así, con ingenua ignorancia, escribió varias cartas para solicitar datos sobre libros y suscripciones, a países enemigos. Y alla por 1915, en Viena, cuando esas inofensivas misivas fueron descubiertas por la oficina militar encargada de la censura, fue sacado a la rastra del café Gluck, donde Mendel pasaba sus días y leía, y llevado a la cárcel.

Mendel, el de los libros, un personaje querible, entrañable, conmovedor en su ingenuidad atravesada –o provocada– por el recuerdo de catálogos interminables de libros. Pero tan descuidado, tan abstraído con sus libros, que no se cuidó a sí mismo. Stefan Zweig nos presenta a Jakob Mendel y nos narra maravillosamente la catástrofe desencadenada por su olvido del mundo real.

5 Por último, algo que suele pasarse por alto, cuya peligrosidad no es descubierta fácilmente, salvo, quizá, por mentes agudas, cuidadosas del buen desarrollo de la infancia, como el señor Gradgrind, personaje de Tiempos difíciles.

El señor Gradgrind nos alerta sobre el peligro de un exceso de imaginación, como resultado directo de la lectura de libros de cuentos en la infancia.

Con una impecable pedagogía, resuelve dejar fuera de su hogar y de su escuela cualquier peligroso libro de cuentos que aleje a los niños de las más cercanas realidades. Porque la vida es eso, realidades. Y si un peligroso libro de cuentos comienza a leerse, las vacas dejan de ser herbívoros para transformarse en la vaca “que se comió a Pulgarcito”.

Herejía, terrible amenaza poblar la imaginación con esas absurdas historias. La realidad es una sola, nada de mundos inventados, ni comparaciones con personajes que no existen en ese mundo de realidades. Porque no hay mundo de papel, sólo este, real y palpable.

Mundo de papel

Listo. Se los dije. Ya están advertidos. Ahora pueden dormir tranquilos –como me dijo una amiga lectora–, transitar por 
el mundo sin ensoñaciones, sin otros amigos entrañables, sin recuerdos que deambulen por ahí, sin permiso y sin pausa. Porque la fascinación que despiertan, las invitaciones que hacen, los mundos que se abren con sus páginas, son muy difíciles de erradicar, cuando los hemos invitado demasiadas veces como si fueran la mejor compañía...

Y ahora, los dejo. Me espera mi mundo de papel, ese al que no renuncio. Porque, a pesar de todo, habito las páginas de mis libros como el mejor hogar. Además del mío.

¿Que si me despierta algún temor? Y, bueno, algunos riesgos hay que asumir, sobre todo si, como es el caso de la lectura, valen la pena.

* Licenciada en Educación.