Londres, detrás de las llamas
Que la violencia delincuencial haya puesto a la sociedad a cerrar filas con el gobierno conservador no descarta que detrás del estallido esté la reaceleración del desmantelamiento del Estado del bienestar. Claudio Fantini.
La comparación resulta inevitable. Las llamas en los suburbios de Londres evocaron de inmediato los autos que hace cuatro años ardieron como antorchas en la periferia de París. Ahora, la violencia estalló en Tottenham, versión londinense del Bronx neoyorquino, un suburbio de mixtura étnica y vulnerabilidad cultural. En 2007, el anillo de fuego en Francia comenzó en Villiers-le-Bel, una de las ciudades satélites, poblada principalmente por inmigrantes norafricanos desempleados o con trabajos precarios. Tanto en la capital británica como en el suburbio galo, la chispa que encendió la furia fue la muerte de un joven a manos policiales, o bien en incidentes con policías de por medio. Los dos casos tienen en común, además, que no se trató de manifestaciones de protesta devenidas en disturbios, sino de desenfreno delictivo y ataques incendiarios. Sin embargo, se trata de fenómenos distintos. La misma chispa y el mismo fuego, pero producidos por combustibles diferentes.Lo que entró en combustión en París fue la crisis de identidad cultural y social de hijos de la inmigración magrebí. Nacieron en Francia de padres argelinos, marroquíes, tunecinos o mauritanos, pero no se sienten árabes como sus progenitores, ni franceses como sus compatriotas. Sucede que al fracasar en el sistema educativo y expulsados del mercado laboral, sienten que Francia les da la espalda. Esa sensación de vacío sin futuro ni identidad fue el combustible que hizo arder los suburbios parisinos. En cambio, lo que entró en combustión en Tottenham, contagiándose velozmente a Brixton y de ahí a muchos otros suburbios londinenses, fue en definitiva la aceleración de un proceso que se inició hace más de tres décadas: el desmantelamiento del Welfare state (Estado de bienestar). Desde Thatcher. El proceso comenzó cuando Margaret Thatcher llegó al 10 de Downing Street, siendo una profesora de química que había sabido abrirse paso en la misoginia de los conservadores tories. Mucho antes de que la nombraran baronesa y de que se vieran las grietas que resquebrajaban la economía soviética, "la Dama de Hierro" comenzó a desmontar las redes de protección y contención con que el capitalismo se había inmunizado contra el comunismo. En Europa Occidental y en América del Norte, el welfare state resultó un blindaje impenetrable para las doctrinas revolucionarias. Fue, en definitiva, una de las principales claves del triunfo liberal-capitalista en la confrontación Este-Oeste. No obstante, el proceso que inició Thatcher y reprodujo Ronald Reagan en Estados Unidos lo continuó John Major, el ministro de Finanzas que sucedió a su jefa en el cargo de primer ministro.Los tiempos de la Tercera Vía, impulsada por Anthony Giddens y convertida en vademécum del nuevo laborismo, congelaron pero no revirtieron lo que inició la llamada "revolución conservadora". Ni Tony Blair ni su ministro de Finanzas y sucesor, Gordon Brown, se abocaron a reconstruir el Estado asistencialista, pero al menos desaceleraron notablemente el proceso. La crisis que ahora ha puesto a Europa en estado catatónico disparó otra vez el desmantelamiento de los sistemas de protección social. En un principio se pensó que Westminster buscaría alternativas, debido a la extrañísima alianza gubernamental entre los conservadores del primer ministro David Cameron y los liberal-demócratas (PLD) del viceprimer ministro Nick Clegg. El PLD se sitúa a la izquierda del Partido Laborista y jamás abjuró de la economía keynesiana. Pero la persistencia de la crisis europea incrementó velozmente el tamaño de la tijera de Cameron. Y cuando los recortes alcanzaron a los subsidios y los centros comunitarios, los suburbios de Londres se empaparon del combustible al que cualquier chispa encendería. La furia derivó en saqueos, asesinatos y vandalismo, lo que puso a una amplia mayoría de los británicos (incluida la mayor parte de los que necesitan la asistencia del Estado) a favor de reimponer el orden, sacando el Ejército a las calles si fuera necesario.Que la violencia delincuencial haya puesto a la sociedad a cerrar filas con el gobierno conservador no descarta que detrás del estallido social esté la reaceleración del desmantelamiento del Welfare state , que llegó a Tottenham y Brixton cerrando centros comunitarios. Israel, indignada. La violencia incendiaria y saqueadora que se desató en Londres no está emparentada con los sucesos similares ocurridos cuatro años atrás en París, sino con las multitudes que días atrás protestaron pacíficamente en las calles de Tel Aviv. Más de 300 mil israelíes se proclamaron tan "indignados" como los jóvenes que ocupan plazas europeas. La razón principal es que el gobierno está desmantelando las redes de protección social.A pesar de contar con una economía sólida, una porción significativa de israelíes rechaza que Benjamin Netanyahu deshaga el Estado de bienestar que Israel tiene desde sus orígenes, cuando gobernaba Ben Gurión y el Partido Laborista todavía se llamaba Mapai. En definitiva, el sistema que le dio al Estado judío una de las sociedades más equitativas del mundo.Una razón similar a la que movilizó multitudes en Israel, hizo que los suburbios de Londres ardieran como en el 2007 la periferia de París. Paradójicamente, Tottenham está hoy más cerca de Tel Aviv que de Villiers-Le-Bel.

