Lo urgente y lo importante
Marcel Gauchet, prominente intelectual francés, plantea que la modernidad invirtió la relación entre mente y cuerpo.
Un importante número de alumnos juzgan al estudio como tedioso y sin sentido. Esto no sería novedad para el ámbito educativo si no fuera porque muchos padres piensan lo mismo.
Marcel Gauchet, prominente intelectual francés, plantea que la modernidad invirtió la relación entre mente y cuerpo. Afirma que, “tradicionalmente, en la historia, los hombres sufrieron a través de su cuerpo y se liberaron gracias a su mente. Sin embargo, el ser humano moderno quiere en primer lugar gozar a través de su cuerpo y vive el acceso al pensamiento como un sufrimiento”.
Los chicos viven este dilema al protagonizar día tras día experiencias antagónicas: por un lado, demandan satisfacer sus impulsos de manera inmediata; por otro, deben acatar el pausado y gradual proceso reflexivo del aprendizaje formal.
Esta diferencia, no sólo de velocidad, los confunde.
Los bebés entrenan el placer físico desde temprano; la mayoría es objeto de cuidados que los satisface de manera instantánea. No aprenden a esperar. Esta epidémica impaciencia en niños pequeños se vincula con la urgencia de los padres por calmarlos y así poder sobrevivir en el ritmo actual.
Algunos distractores sensoriales (chupetes, mordillos, dulces) sustituyen necesidades aportando inmediato placer. En niños mayores, aparecen otras sustancias o prácticas adictivas que logran apaciguar o postergar necesidades. Todo lleva a generar niños “demandantes”, que esperan que sus reclamos sean satisfechos de modo veloz, automático e irreflexivo.
En contraposición, la adquisición del conocimiento requiere otro ritmo de asimilación. Construir pensamientos, ideas y conceptos requiere tiempo y trabajo. Naturalmente, aquellos chicos entrenados en la impaciencia rechazan el esfuerzo.
Los docentes enfrentan en desventaja a grupos de alumnos “aburridos”, que desvalorizan el gradual aprendizaje que sedimenta el conocimiento. Los chicos actuales son malos oyentes, no soportan largas explicaciones. Buscan datos o pistas, no información.
Sólo algunos logran saborear el proceso de aprendizaje. Cuando los padres se suman a este disfrute, el crecimiento se consolida en todos. Este ejercicio familiar permite recuperar un pensamiento indispensable: el pensamiento lineal, que posibilita hilvanar ideas para acceder a conclusiones lógicas. Sin este pensamiento surge el pensamiento explosivo, que es la respuesta circunstancial y variable que utilizan algunos progenitores para resolver situaciones específicas.
Los límites, quimera de todo padre, se establecen mejor cuando el pensamiento lineal se ha recuperado; las reglas de convivencia se administran de modo menos traumático.
La defensa del pensamiento también contribuye a la formación de ciudadanos, porque para la democracia, el valor fundamental es el pensamiento. Kant decía sapere aude: atrévete a pensar por ti mismo. Es decir, que el desafío mayor de una educación democrática es volver a hacer del pensamiento el eje de la convivencia. Si al pensamiento se suma afecto, se consigue empatía, aquella virtud humana de considerar al otro.
Pero, ¿cómo recuperar el disfrute del conocimiento?
Filósofos, humanistas, educadores, entre otros, dedican su vida al tema. El mismo Gauchet propone que, en esta sociedad apurada por “mensajitos de celular”, es importante aprender a administrar el tiempo de las decisiones. Descomprimir la urgencia que existe entre pulsión y acto, dando tiempo al pensamiento para que pueda realizar su hipótesis.
También propone la recuperación del pensamiento simbólico. Este pensamiento, hoy amenazado por un obsceno exhibicionismo, se construye durante las diferentes etapas infantiles y resulta indispensable para ordenar el normal caos interior de pulsiones, deseos y temores.
Los pedagogos afirman que la escuela tiene una responsabilidad mayor en la construcción del aspecto simbólico, al estimular el manejo de conceptos e ideas, no de meros objetos. La familia puede redoblar esta apuesta educativa apoyando la simbolización en cada acto, para reducir el frenesí de las acciones impulsivas.
Tiempo y pensamiento simbólico son caminos propuestos en la infancia para consolidar la imaginación, ingrediente que aporta un sentido diferente a la vida, más allá de calmar apetitos inmediatos.

