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La tragedia del Dios muerto

Aquel grito del loco, “¡Dios ha muerto!”, es la denuncia profética de todo lo que el ser humano experimenta en contra de su propia dignidad. 

08 de abril de 2014 a las 07:01 a. m.
Federico Palacios*
La tragedia del Dios muerto

“¡Dios ha muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado! ¿Cómo podremos consolarnos, asesinos entre los asesinos? Lo más sagrado y poderoso que poseía hasta ahora el mundo se ha desangrado bajo nuestros cuchillos. ¿Quién nos lavará esa sangre? ¿Con qué agua podremos purificarnos?”.

Estas dramáticas e interpelantes palabras no son las de un Vía Crucis, devoción piadosa que los cristianos realizamos para conmemorar la pasión y muerte de Jesucristo. Son las palabras que el filósofo alemán Friedrich Nietzsche pone en boca de un “loco” en una de sus famosas obras.

Al acercarse la celebración de la Pascua del Señor, este texto me ha inspirado a pensar en la tragedia que significó para los primeros discípulos su muerte... y en la cruz. Esta era como la “cámara de gas” o la “silla eléctrica”, y los romanos la habían ideado para los traidores del imperio, para aquellos a los que consideraban la resaca de la sociedad. Y ahí, precisamente, fue ajusticiado el Hijo de Dios y del hombre.

Ahora bien, como creyentes en Cristo afirmamos, junto al Concilio Vaticano II, que “el Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre”. Esto significa que Dios, al hacerse hombre, ha asumido todo lo nuestro, excepto el pecado.

Pero, ¿qué es “todo lo nuestro” que ha asumido? Se ha identificado con cada hombre o mujer de la historia; sin hacer excepciones de espacio o de tiempo, ha tendido sus brazos para abrazar sus sufrimientos y alegrías e, incluso, la experiencia final por la que todos ellos pasan: la muerte.

Entonces, la tragedia de la pasión y muerte de Jesucristo es en realidad también nuestra tragedia. En nuestra columna del mes pasado, afirmábamos que Dios se revela como la gran víctima, la gran víctima que está siempre del lado de las víctimas.

Aquel grito del loco, “¡Dios ha muerto!”, es la denuncia profética de todo lo que el ser humano experimenta en contra de su propia dignidad. Francesco Guccini compuso una canción en italiano que recitaba así, entre algunas expresiones: “...al costado de los caminos, Dios ha muerto,... en los campos de concentración, Dios ha muerto,... en el orgullo racial, Dios ha muerto, ...en el odio entre partidos políticos, Dios ha muerto...”. Y podríamos actualizarlo: ...en la inseguridad creciente, en el espíritu de venganza, en la falta de diálogo familiar, en los que son perseguidos y asesinados por una creencia, Dios ha muerto...

Guccini finaliza con palabras de esperanza y optimismo: “Pero pienso que esta, mi generación, está preparada a un mundo nuevo y a una esperanza recién nacida, a un futuro que tiene ya entre sus manos, a una revolución sin armas, porque nosotros todos ahora sabemos que si Dios muere es por tres días, y luego resucita”.

El apóstol San Juan expresa con realismo y simplicidad cuál es el termómetro de la experiencia personal de resurrección: “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a nuestros hermanos”.

Buena Semana Santa y muy felices Pascuas.

*Laico católico, miembro del Comipaz