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La paz es un buen negocio

Ayer fue el Día de la Amistad Argentino-Brasileña, instituido en 2004. Las viejas hipótesis de guerra han sido clausuradas.

01 de diciembre de 2013 a las 02:33 p. m.
La paz es un buen negocio

Alguna vez, Formosa fue una tierra casi abandonada a su suerte, donde el Estado nacional no invertía en infraestructura, ni atendía a sus pobladores, ni le preocupaba que pudieran portar la condición de argentinos los pueblos originarios que habitaban ese paisaje. Sólo la enorme figura del comandante Luis Jorge Fontana, que fundó la ciudad y quedó inscrito en las crónicas como el primero en remontar por completo el río Pilcomayo, la acercó a la historia argentina recién a finales del siglo 19.

Antes y después, la soledad. Y una de las razones principales de ese abandono por parte del poder central fue el viejo fantasma que, constantemente, planteaba una hipótesis de guerra con Brasil. Y, cuando esto sucediera, Formosa sería de los primeros territorios amenazados. Entonces, no valía la pena ocuparse de ella.

Las relaciones entre Argentina y Brasil habían nacido a sablazo puro en nuestros primeros años de existencia propia. La reunión llegó en la década de 1860 cuando, junto con Uruguay, se formo la Triple Alianza que salió a destruir al Paraguay de Solano López, que de manera independiente había alcanzado un desarrollo admirable (y envidiable) por aquellos tiempos y que fue reducido prácticamente a cenizas, en una devastación de la que aún no se pudo recuperar.

La victoria no sirvió para sellar una amistad, acaso por lo poco noble que había sido el motivo del acercamiento. Así es que seguimos mirándonos con recelo y contando armas y soldados que pudieran salir presurosos a la frontera para cuando se encendiera la chispa.

Y el mapa de la desconfianza se propagaba en este sur del mundo. Por aquello de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo, Chile, con quien estuvimos siempre en tensión por cuestiones limítrofes, se suponía aliado de Brasil en cualquier circunstancia armada.

El desvelo tuvo una pausa a mitad del siglo 20, cuando el gobierno de Juan Perón planteo el ABC (Argentina, Brasil, Chile) junto con sus colegas de entonces, Getulio Vargas, en Brasil, y Carlos Ibáñez, en Chile. “Lo único que hay que vencer son intereses; pero cuando los intereses de los países entran a actuar, los de los hombres deben ser vencidos por aquellos; esa es nuestra mayor esperanza”, diría en su recordado discurso en la Escuela de Guerra, en noviembre de 1953.

Ayer fue el Día de la Amistad Argentino-Brasileña. Así lo convinieron en marzo de 2004 los presidentes Néstor Kirchner y Luiz Inácio Lula Da Silva, y fue en conmemoración de la Declaración de Iguazú, que el 30 de noviembre de 1985 firmaron los entonces mandatarios Raúl Alfonsín y José Sarney, puntapié inicial para el proceso de integración regional que derivaría en la creación del Mercosur.

Fue un comienzo tímido, pensando casi únicamente en el intercambio comercial, pero luego llegó una generación de presidentes que le dio más contenido político al Mercosur, y esa impronta se proyectó al subcontinente fecundando en la creación de la Unión 
Sudamericana de Naciones.

Ese espejo fue la unión de los países europeos, que tres décadas después de masacrarse mutuamente entendieron que como bloque regional cuidarían mejor sus intereses.

La rivalidad con Brasil sobrevive en el 
folklore del fútbol, en las críticas muchas veces mal intencionadas sobre el saldo de la balanza comercial, en los autos que nos compran o nos dejan de comprar, o en los que les compramos nosotros, entre otras dificultades en el intercambio. Pero las viejas hipótesis de guerra han sido cerradas como se cierran las heridas de los pueblos maduros: la paz es un buen negocio.