La hora de la verdad
En Cuba se repetirá la experiencia vivida al derrumbarse la Unión Soviética: serán los jerarcas de la nomenclatura quienes se queden con los negocios más rentables al achicarse la burocracia. Juan F. Marguch.
Es posible, pero no totalmente probable, que Fidel Castro no haya dicho aquello de que su modelo de socialismo no funcionaba ni en la isla y, por ende, no era exportable. Pero es posible y totalmente probable que el modelo implantado con su toma del poder el 1º de enero de 1959 ya no sea sustentable, si es que alguna vez lo fue. Es verdad que hizo notables progresos en materia de salud pública, educación y vivienda social, pero no lo es menos que su economía yace hundida en el fracaso. Si en la segunda semana de este mes Fidel provocó una conmoción en América latina con sus declaraciones a un periodista estadounidense, de inmediato desmentidas apelando al viejo recurso de afirmar que habían sido sacadas de contexto y también malinterpretadas, en la tercera semana correspondió a su hermano Raúl, presidente de la República, desempeñar la misión castrista de sacudir el Hemisferio. Anunció que el próximo año se iniciará una reforma del régimen laboral con la eliminación de 500 mil puestos de trabajo. Achicar la burocracia. En una economía centralmente planificada y con todos los medios de producción y comercialización estatizados, los habitantes del país donde rige el capitalismo de Estado son meros empleados estatales, y no son otra cosa. En la actualidad, el Estado cuenta con 5,2 millones de empleados. Según el censo de 2009, la población total de la isla ascendía a 11.242.621 personas: 5.629.000 varones y 5.610.000 mujeres, de donde se tiene que prácticamente uno de cada dos ciudadanos es empleado estatal; así, no hay Estado que aguante. Los trabajadores independientes no son más que 150 mil. La reforma laboral comenzará por las burocracias más pesadas, como la agricultura, la salud pública, la alimentación, el turismo y la industria azucarera. Los cesanteados recibirán un seguro de desempleo durante cinco años, plazo suficiente para que encuentren una nueva ocupación, siempre que no sea en la burocracia, naturalmente. La política raulista apunta a estimular la creación de cooperativas operadas por desocupados y a la formación de cuentapropistas.Eso sí, habrá una mayor presión fiscal y carga social. En cambio, por ahora existe una densa incertidumbre sobre una eventual política de créditos y sobre el acceso a materia prima importada (que seguirá siendo monopolio del Estado, al menos por ahora).Por cierto, Cuba carece de recursos para financiar estas reformas. Por ello, en una especie de rendición incondicional al capital, se concederán exenciones impositivas por 99 años a las inversiones extranjeras destinadas a la creación de complejos turísticos, canchas de golf y boatings , esto es, barrios cerrados con embarcaderos propios. En cambio, los inversores de origen cubano, sólo gozarán de exenciones durante 10 años.Notablemente, se repetirá en la isla la misma experiencia vivida al derrumbarse la Unión Soviética: serán los jerarcas de la burocracia quienes se queden con los negocios más rentables. De hecho, quedarán bajo el control del Grupo de Administración de Empresas SA (Gaesa, un holding perteneciente... a las Fuerzas Armadas, de las cuales Raúl es su jefe máximo). Gaesa es dirigida por el coronel Luis Alberto Rodríguez, casualmente casado con Débora Castro, hija de Raúl. "Hay un componente dinástico y real en marcha en Cuba", describió, con discreción comprensible, un diplomático europeo acreditado en La Habana. Lejos de la URSS, cerca de China. Raúl Castro ya había realizado meses atrás una especie de preanuncio, cuando engarzó en un discurso el dato de que la burocracia cubana tenía un excedente de más de un millón de trabajadores. Dos factores han impulsado la inevitable revisión que se anuncia. El primero de ellos, el derrumbe de la Unión Soviética, cuyo quebranto interrumpió el envío de ayuda económica a Cuba, el segundo, y seguramente el más atractivo, la adopción por China del modelo instaurado en Taiwán por Chian Kai-shek, es decir, gobierno monopartido y economía liberal, que en un cuarto de siglo transformó al gigante asiático en la segunda potencia industrial del mundo. La economía centralmente planificada tuvo siempre un talón de Aquiles, que fatalmente hipotecaba su futuro: nunca admitió la economía de costos. Ya en 1922, cuando comenzaba a expandirse el burocratismo como una negra marea que destruiría el capitalismo de Estado, Ludwig von Mises había anticipado, en su libro El socialismo: un análisis económico y sociológico, que el sistema comunista no podía ser eficiente "porque le falta el mecanismo de precios que permite que la distribución de los recursos sea algo más equilibrada, como sucede en el sistema capitalista". Como el Estado pagaba todo, la burocracia solamente se preocupaba por cumplir, y a su manera, lo que mandaba la tecnoburocracia. Era la irresponsabilidad en estado puro. El sistema tenía algo de deportivo, porque en cada nuevo plan quinquenal se fijaban metas que debían superar a las del ciclo precedente. Y las metas jamás tenían en cuenta las necesidades básicas del pueblo. La industria de bienes de consumo era absolutamente detestable. Como explicó alguna vez Nikita Jruschov, los rusos debían hacer cola en noches glaciales para conseguir un tubo de pasta dentífrica fabricada en Polonia, porque el dentífrico soviético siempre fue abrasivo.Pero los dislates no se daban únicamente en la producción industrial. Famosa fue la revelación hecha por Arthur Koestler, que en el período de entreguerras tuvo una activa militancia en los Partido Comunista de Hungría y Francia y vivió un tiempo en Moscú. En cierto koljoz (granja colectiva), un tractor tuvo un insanable desperfecto. Sus directivos pidieron su reemplazo al Gosplan (el organismo gubernamental que controlaba el cumplimiento de las metas de los planes quinquenales) y el Gosplan ordenó el envío de un tractor nuevo al koljoz . Desde entonces, y hasta la entrada de la ex URSS en la Segunda Guerra Mundial, todos los años le llegaba un tractor nuevo a la granja colectiva, que periódicamente debía solicitar al Gosplan el envío de chapas de zinc para construir tinglados y galpones, porque ya no sabían dónde meter tantos tractores.En la cima de la desesperación, el propio Jruschov afirmó alguna vez que los soviéticos debían mantener a un voraz ejército de ocupación formado por 11 millones de soldados: los empleados del Estado. Lo que suelen olvidar los profetas y apóstoles del centralismo es una verdad evidente por sí misma: el Estado no es una entidad suprahumana. Está integrado por seres humanos que, como tales, poseen las mismas grandezas y miserias de todos los seres humanos. Quienes mejor lo comprendieran fueron los sujetos pacientes del "socialismo real". Así, los húngaros decían: "El Estado simula pagarnos y nosotros simulamos trabajar". Más drásticos fueron los polacos: "Quien no le roba al Estado, se roba a sí mismo".

