La feria y el pueblo del libro
La mayoría de la gente sabe –o al menos sospecha– que el epíteto de “Pueblo del Libro” es patrimonio del pueblo judío, y se vincula con la Biblia.
A esta altura de la civilización (no muy alta por ahora, convengamos) la mayoría de la gente sabe –o al menos sospecha– que el epíteto de "Pueblo del Libro" es patrimonio del pueblo judío, lo cual es totalmente correcto y es evidente que tiene que ver con el copyright del texto bíblico.
No es menos cierto –y por supuesto bastante más conocido– que a aquel original “Primer Testamento” el mundo cristiano le sumó el propio, lo que amplió las pequeñas primigenias fronteras de su influencia hacia límites prácticamente universales.
Lo que quizá sea un dato no menos curioso que desconocido, es el hecho de que quien bautizara al pueblo de Israel con semejante título mucho más que nobiliario fue nada menos que el mismísimo Muhammad (Mahoma), el profeta fundador del Islam.
En tiempos de efervescencias, no muy santas en algunos lugares del planeta, volver a dar testimonio del especial vínculo afectuoso entre el pueblo musulmán y el judío –más aún en pleno nacimiento de la tradición islámica– pone en evidencia una relación de estima que hay que volver a subrayar.
¿O acaso el autor del Corán no destiló un genuino aprecio al denominar al pueblo hebreo como “el Pueblo del Libro”? ¿Qué mejor calificativo para quienes trajeron al mundo la idea de que lo divino y lo humano se entrelazan sobre la base de un texto? ¿Qué otro sobrenombre recibirían con más agrado aquellos que, entre todos los objetos existentes, tienen en lo más elevado de su escala de sacralidad precisamente un libro?
"Pueblo del Libro" se pronuncia en hebreo " Am hasefer ", siendo " sefer " el vocablo que significa "libro", una bellísima palabra que vale la pena descifrar, pues –como tantísimas otras– se ha colado en el castellano casi de manera imperceptible, escondiendo su linaje hebraico para ojos inexpertos.
Es que " sefer " ("libro") está necesariamente vinculado al " sofer " ("escriba"), quien tenía (y tiene) la sagrada tarea de copiar letra por letra del pergamino original del texto bíblico, sin olvidarse o equivocarse ni siquiera una sola de las más de 300 mil letras que lo componen, pues dicho rollo ya no sería considerado como La Torá, como texto divino.
Aparecen allí las cifras, para contar uno por uno los caracteres, confirmando o no la autenticidad del libro. ¿"Descifran" aquí el parentesco lingüístico entre "cifra" y " sefer "? Recuerden que lo importante a nivel etimológico son las consonantes, y fundamentalmente sus sonidos (más allá de "s" o "c").
Tras este paso, ya no hallarán muy complicado un nuevo "descifrar", al revelarles que tampoco es casual el uso del sinónimo "rollo" para referirme al libro (al " sefer "), pues es más que claro que la gran mayoría de los textos de la antigüedad se escribían en ese formato, un formato "esférico", una prueba más, que en este caso cierra el círculo de la misma raíz hebrea acunada en la tríada "s-f-r".
Esta genial alusión idiomática al nexo orbital entre letras y números como los ingredientes esenciales de la creación (y, en última instancia, de todo libro) se ve reflejada en los verbos hebreos que se utilizan para contar los números y para contar los relatos, verbos que obviamente comparten aquella idéntica raíz.
¿Han prestado atención a lo que recién se ha dicho (o mejor, escrito)? Parece que el castellano también se ha sumado a esta magistral idea, pues es el mismo "contar" el que reúne el misterio de las cifras con el misterio de las historias que se desenrollan en cada " sefer ", en cada "libro".
Como ven: una feria de sentidos.
*Rabino, integrante del Comipaz.

