La esfinge peronista
Podemos entender el peronismo, pero comprenderlo no significa adherir a él ni justificar sus fallas.
He leído a menudo la frase según la cual quien no entiende al peronismo no entiende la historia política argentina. Por lo general, se la usa como quien advierte a su interlocutor: "Si entendieras lo que fue el peronismo, no lo juzgarías negativamente; si lo juzgás negativamente, no entendés la historia argentina". Por cierto, es una falacia, tan evidente que no sería necesario dedicar tiempo a demostrar su falsedad. Pero dado que es tan recurrente en las discusiones sobre política nacional, vamos a dedicarle ese tiempo. También se ha comparado al peronismo con una suerte de esfinge de la Argentina, como aquella de Tebas, que plantea el enigma cuya resolución permite comprender lo que en un tiempo solía denominarse "el ser nacional".En uno de los Nueve ensayos dantescos , "El verdugo piadoso", sobre el episodio de Paolo y Francesca en el canto quinto del "Infierno", Borges recuerda la frase de Madame de Staël: "Comprenderlo todo es perdonarlo todo". Quien comprende la historia de Francesca, la justifica y la perdona.Sin embargo, observa Borges, aunque el personaje Dante se compadece de ella y cae desmayado "como cuerpo muerto cae" al oír un relato tan doloroso, el autor y teólogo Dante Alighieri, de hecho, ubica a Paolo y Francesca en el tercer círculo del Infierno, es decir, los condena (como los tiempos han cambiado, hoy creo que casi todos –salvo Benedicto XVI, supongo, y vaya a saber qué opinará el papa Francisco al respecto– no sólo comprendemos a Francesca y nos compadecemos de ella, sino que también la absolvemos). Concluye Borges: "Dante comprende y no perdona: tal es la paradoja insoluble. Yo tengo para mí que la resolvió más allá de la lógica. Sintió (no comprendió) que los actos del hombre son necesarios y que asimismo es necesaria la eternidad, de bienaventuranza o de perdición que estos le acarrean. También los spinocistas y los estoicos negaron el libre albedrío, también los spinocistas y los estoicos promulgaron leyes morales".Bueno, aquí está toda la cuestión: podemos comprender perfectamente lo que fue el peronismo, lo que significó para tantos argentinos que nunca habían sido tenidos en cuenta por sus gobernantes; que por primera vez sabían lo que era ser amparados por leyes, ser defendidos de sus patrones por sindicatos; gozar de vacaciones y de aguinaldo y de la posibilidad de tener su casa, así como de que pudieran votar las mujeres; recibir regalos navideños de su Presidente y de su bella esposa; ser tratados por ellos casi como hijos; sentirse por primera vez no el último orejón del tarro de la sociedad sino los protagonistas de la nueva historia argentina.
Lista negra
Comprender todo esto y mucho más, sin embargo, no impide que constatemos, en el repaso de la historia, otros aspectos menos luminosos, que tienen también su importancia para justipreciar el fenómeno político del peronismo: el carácter autoritario del gobierno de Perón, particularmente en su segundo mandato, de clara matriz fascista (el general nunca ocultó su simpatía por Benito Mussolini, en cuya Italia vivió años decisivos para su formación ideológica); su demagogia; su aparato propagandístico digno del ministro de Propaganda nazi Joseph Goebbels.
Además, hay que señalar su persecución sistemática de los disidentes, incluidos aquellos que habían proporcionado buena parte de los proyectos de ley favorables a los trabajadores, los socialistas; a cuya Casa le prendieron fuego militantes peronistas. Su implementación de la delación como método intimidatorio. Su pretensión de perpetuarse en el poder, a la manera de su amigo paraguayo, el dictador Alfredo Stroessner.
Tampoco deben olvidarse su culto de la personalidad (libros de escuela en los que los niños aprendían a leer y escribir, con frases tales como “Evita me ama”); su enriquecimiento personal a costa del Estado; la corrupción en todos los niveles, especialmente el más alto; el clientelismo; su imposición de la afiliación al partido para ocupar puestos laborales; la expulsión de profesores no adictos de las universidades; su pertenencia al nacionalismo católico más reaccionario, nucleado en el Grupo de Oficiales Unidos (GOU), de rancia prosapia en el Ejército Argentino (no olvidemos que Perón prestó su apoyo y participó en el primer golpe militar de la historia argentina, el de José Félix Uriburu).
La lista negativa también incluye la coerción a la libertad de expresión, no sólo a través de la censura estatal, sino inclusive a través de la violencia, como en el incendio de la sede del diario
La Prensa
. A lo que debemos añadir su pobrísima concepción de lo que debía ser la cultura nacional.
La gran mayoría de los escritores, los artistas, los intelectuales de la época, marginados por el régimen si no le demostraban pleitesía –Borges transferido a un puesto de inspector de mercados de aves de corral, Julio Cortázar que renuncia a sus cátedras en la Universidad de Cuyo, Alfredo Bufano expulsado de sus horas de clase por no afiliarse al partido– apoyaron fervorosamente la llamada “Revolución Libertadora” o por lo menos se alegraron de que terminara la dictadura.
Y, por último, en esta larga nómina que sin embargo no es exhaustiva, recordemos su simpatía hacia el nazismo, que lo llevó a ofrecer refugio a altos jerarcas después de la Segunda Guerra Mundial; su manifiesta simpatía también por el régimen de Francisco Franco en España, donde eligió exiliarse después de 1955; su amistad con personajes tan tenebrosos como Licio Gelli, miembro de la siniestra P2, y su secretario y ministro de Bienestar Social, José López Rega, fundador de la fuerza parapolicial Alianza Anticomunista Argentina (AAA), etcétera.
Con los ojos abiertos
En fin, podemos comprender el fenómeno del peronismo y podemos comprender la fascinación, la devoción y hasta el fanatismo que ejerció (y ejerce) el movimiento en amplísimos sectores de la sociedad argentina. Pero no podemos cerrar los ojos ante los múltiples hechos que demuestran su carácter autoritario, antirrepublicano y filofascista, como decidió hacer la juventud de izquierda que a partir de la década de 1960 adhirió al peronismo, ya sea para estar en sintonía con el sentimiento popular, ya sea para “utilizar” el carisma del líder para sus propios fines, y que inclusive se ilusionó con un giro del general hacia la izquierda (ilusión astillada no bien Perón aterrizó en la Argentina).
Es a esta época de ilusión que se remonta el origen de ese verdadero oxímoron que es la fórmula “peronismo de izquierda”, una esfinge más enigmática aún que la del fenómeno peronista en sí mismo.
Para que se advierta la extrañeza de esa conjunción imposible, esa “contradicción en los términos”, basta imaginar lo que pensaría un italiano de un compatriota que se definiera
fascista di sinistra
(nada halagüeño, sin duda, sobre su salud mental), o un español de quien reivindicara su condición de “franquista de izquierda”.
Entre nosotros, sin embargo, no produce ningún asombro, lo cual redobla la extrañeza. La extrañeza no impide, con todo, que se advierta hasta qué punto, como reza el refrán, “de aquellos polvos provienen estos lodos”: la marca de origen –el autoritarismo, el verticalismo, la demagogia, la identificación del disidente como un “enemigo”, la coerción explícita o tácita de la libertad de expresión, la corrupción, el clientelismo, el avasallamiento de la división de poderes y las instituciones republicanas, etcétera– siempre termina por manifestarse.
La necesidad de no perder la memoria histórica, de ver el fenómeno peronista en su desarrollo, lo confirma el presente, en el que ya resuenan demasiados ecos –y no los más eufónicos– de aquellos orígenes del movimiento.
Podemos, pues, entender el peronismo, pero comprenderlo no significa adherir a él ni justificar sus fallas, justamente porque se lo ha comprendido, así como Dante puede comprender e inclusive compadecerse de lo que Francesca le cuenta, y sin embargo, condenarla.
*Poeta, ensayista, docente

