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Estados Unidos. La banalidad del orden

El despliegue de dos mil agentes federales en Minnesota no responde a una emergencia real, sino a una necesidad política.

11 de enero de 2026 a las 09:38 p. m.
Gonzalo Fiore Viani*
La banalidad del orden
Las imágenes muestran los últimos momentos de Renee Nicole Good antes de que le dispararan. (Foto y video: Alpha News)

No fue una frontera. No fue un desierto. No fue una noche sin cámaras.

Fue Minneapolis. Una calle nevada. Un operativo rutinario. Un disparo federal.

Renee Nicole Good tenía 37 años, era ciudadana estadounidense, madre de tres hijos, poeta, cristiana, graduada universitaria. No encajaba en ningún estereotipo útil para justificar su muerte. El nuevo régimen de control migratorio ya no necesita que la víctima sea “extranjera”, “ilegal” o siquiera “sospechosa”. Basta con que estorbe.

La versión oficial es conocida: un agente del ICE disparó porque su vida estaba en peligro. El vehículo de Good habría sido usado como arma. Defensa propia. Procedimiento. Manual. Lenguaje blindado. Pero los funcionarios locales cuestionan el relato, el video no cierra, y la ciudad -la misma Minneapolis de George Floyd— volvió a entender algo elemental: cuando la soberanía se militariza hacia adentro, la verdad se vuelve opcional.

El despliegue de dos mil agentes federales en Minnesota no responde a una emergencia real, sino a una necesidad política. La administración Trump no busca ordenar flujos migratorios: busca escenificar autoridad. Y para eso necesita cuerpos, armas, uniformes, vehículos atascados en la nieve y, ocasionalmente, muertos.

La acusación de fraude en la asistencia social dentro de la comunidad somalí funciona como excusa moral. No importa si es cierta, exagerada o falsa. Importa que restituye la figura del enemigo interno: no el migrante abstracto, sino el vecino concreto. El que recibe ayuda. El que habla raro. El que molesta.

En ese contexto, Renee Good no fue una excepción trágica sino un daño colateral perfectamente asumible. El ICE no opera como fuerza policial clásica, sino como dispositivo de intimidación territorial. Su función no es arrestar sino advertir. Y cuando advierte, dispara.

La discusión sobre si el agente actuó o no en legítima defensa es deliberadamente estrecha. Reduce un fenómeno político a una cuestión técnica. Como si el problema fuera el pulso del agente y no la lógica que lo puso ahí.

Un Estado que despliega fuerzas federales para tareas de control social en barrios específicos ya tomó una decisión previa: no confía en su propio tejido civil. Y cuando el Estado deja de confiar, empieza a ocupar.

No es casual que el tiroteo ocurra en una ciudad gobernada por demócratas, ni que las autoridades locales cuestionen el operativo federal. Estados Unidos ya no discute políticas públicas: discute quién tiene derecho a ejercer la violencia legítima dentro del propio territorio.

Ese conflicto —federal contra local, centro contra ciudad, agencia armada contra comunidad— es el verdadero escenario del disparo.

Por eso la biografía de Renee importa. No como consuelo, sino como acusación silenciosa.

Madre devota. Cantante. Poeta. Graduada en inglés. Participó en misiones cristianas. Hizo un podcast con su esposo fallecido. Publicaba emojis del orgullo.

Demasiado compleja para el archivo policial. Demasiado humana para el parte oficial.

El poder necesita simplificar a sus víctimas para justificarse. Cuando no puede, se vuelve más brutal. La vida de Renee no encajaba en ningún relato útil, y por eso su muerte incomoda tanto.

No era “una amenaza”. No era “una ilegal”. No era “una terrorista”.

Era, como dijo una vecina, “simplemente una madre que amaba a sus hijos”.

La vigilia improvisada, las velas, los cánticos contra el ICE, los carteles pidiendo que se vaya de las calles: todo eso ya lo vimos. Minneapolis es una ciudad pedagógica. Enseña a Estados Unidos lo que todavía se resiste a aprender.

El alcalde pide calma. El gobernador promete justicia. El ritual institucional se repite.

Pero debajo del lenguaje conciliador hay un dato ineludible: la política migratoria estadounidense ya no distingue entre ciudadanía y extranjería cuando despliega fuerza.

Hoy es una madre blanca nacida en Colorado. Mañana será otro cuerpo cualquiera. El precedente está sentado.

Toda violencia estatal innecesaria es un mensaje. Y este fue claro: el Estado federal está dispuesto a matar para sostener una narrativa de control.

No se trata de un agente desbordado. Se trata de una administración que concibe el orden como ocupación, la ley como espectáculo y la seguridad como pedagogía del miedo.

Nada de esto ocurrió en un estado de excepción. No fue un error, ni un exceso, ni una anomalía. Fue un procedimiento. Un operativo. Un disparo autorizado por una lógica que ya no necesita justificar su violencia porque la naturalizó. Renee Nicole Good no murió en nombre del caos, sino del orden. De un orden que se presenta como necesario, administrativo, inevitable.

Un orden que mata sin odio y sin épica, con formularios, protocolos y comunicados. Murió porque en el nuevo clima político estadounidense la compasión es vista como debilidad. Eso es lo verdaderamente inquietante: no la brutalidad, sino su normalidad. No el abuso, sino su rutina. Eso es, al final, la banalidad del orden.

*Analista internacional