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Jóvenes y drogas

Debemos asumir que estamos frente a fenómenos para los cuales no existen fórmulas infalibles de control. Emilio Filipponi.

09 de noviembre de 2012 a las 12:01 a. m.
Emilio Filipponi*
Jóvenes y drogas

Debemos asumir que estamos frente a fenómenos para los cuales no existen fórmulas infalibles de control. La sola proliferación de instituciones específicas no resolvería el problema de las adicciones. Hoy en día, los modelos institucionales conocidos han quedado obsoletos en todo el mundo, superados por las cuestiones sobre las cuales actúan.Las culturas juveniles avanzan más rápido que las herramientas para comprenderlas.Los aparatos conceptuales que usamos ya no sirven para enfocar los problemas de la juventud, señala el antropólogo Nateras Domínguez.El joven se resiste a ser colonizado por los valores del adulto; defiende su mundo. Quiere encontrarle la vuelta por él mismo. Se incomoda con los consejos fuera de códigos.Las culturas juveniles tienen peso para construir sus espacios evitando ser afectados por los adultos.El discurso adulto considera provisorias la adolescencia y la juventud. Todo está conducido hacia el adulto.Los chicos perciben un designio que ellos no aceptan; querrían quedarse estacionados para siempre en esa etapa. Toman las calles, los espacios públicos, la ciudad. Se visualizan.En el espacio virtual, las redes sociales y la noche, los jóvenes están a resguardo de la colonización adulta. La condición humana en sí es una aventura. Así proceden los jóvenes.Producen códigos, estilos y perfiles cambiantes, a gran velocidad, para no ser descifrados por el adulto. "El cuerpo le pertenece al papá o a la mamá, porque le dieron la vida; el padre es quien cuida el cuerpo, quien se adueña del cuerpo como templo del Señor. El cuerpo es el último espacio que le queda al joven, que le permite la visibilidad", dice Nateras Domínguez.Para ellos, la droga no es un problema: es emblema de identidad y de grupo.Los padres quieren controlar el cuerpo de sus hijos. ¿Tuviste sexo, consumiste droga? ¿Comiste? ¿Vomitaste? Te interno. Te hago un dosaje de drogas. A toda velocidad. Las cifras viales: alcohol, drogas, motos. El vehículo es una extensión formidable del cuerpo, rasgo máximo de libertad, implica vuelo y la posibilidad de estar en todos lados. Así, las calles les pertenecen, sin normas. Miles y miles de chicos surcan la ciudad; ejércitos invencibles están desplazando a los adultos de las calles. Toman riesgos, pican, van sin cascos (invento de los adultos). Son omnipotentes, niegan los riesgos. La ruleta rusa de las bocacalles se relaciona con el hecho de que la inmolación fácil es parte de la identidad juvenil.El extremo, la vertiente delictiva, es el "motochorro" que asalta, mata en moto, al voleo. Construye su identidad a partir del vértigo, caños y sangre. Forman subgrupos de puro riesgo y adrenalina, cocaína, alcohol o paco mediante.Las prácticas sociales con sustancias se criminalizan: al joven borracho o con un porro, el policía lo apresa o lo interna. Lo estigmatiza. Si es morocho y pobretón, cartón lleno.La instancia jurídica y la seguridad actúan cuando está en riesgo el bien de la comunidad. Gran conflicto.El leitmotiv del joven es hacer retroceder a la autoridad, la escolar incluida. Les falta el respeto a los profesores y es reprobado.El abuso de autoridad y la rebeldía juvenil generan un círculo vicioso. Los jóvenes no dan el brazo a torcer, pulsean, desafían, pagan el costo con exclusión.Mi cuerpo es mío, es una maratón, la corro, me sirve. Mañana me espera el mundo adulto aburrido de mis padres. Son "plomos", no entienden. No hay procesos de simbolización, ni palabra para elaborar nada. Sólo actos al por mayor, lo que revela una precariedad psicológica y social.La violencia estructural ya es otra cosa; los jóvenes de villas miseria, los marginales, viven una violencia de clase, que impacta en el sistema sanitario, desbordándolo. Atención primaria. La familia no les está cubriendo a sus hijos el espectro de valores éticos, burgueses, académicos, artístico-culturales, científicos, sociales, solidarios. Les perdieron el pulso. Ocurre en todas las clases sociales. Nos ocurre. Los hijos dicen aguantar tonteras de los padres. Debemos esforzarnos por buscar los códigos cambiantes de sus valores culturales. Sus contraseñas. Ayudarlos a resolver esa disociación con su cuerpo a través del reconocimiento de las consecuencias.Se trata de un gran desafío del Estado y de la institución familiar. Pero hay que bajarse de la imposición rasa de la situación de poder o vamos en pérdida: te doy esto si hacés aquello, te doy y te quito. Te quiero obediente, si no rompemos el vínculo, y el chico queda a la deriva o al margen de la ley. El chico terminará solo, haciendo lo que quiere.¿Qué se hace con el consumo de nuestros hijos? Tal vez bajarse del viejo rol de adulto enderezador, asumir el laberinto, los libros quemados, respetarlos, compartir sus dilemas, ponerse en su lugar, verlos desde su perspectiva, sentarse humildemente a pensar junto a ellos. Sería un comienzo.Como Estado, hay que elegir las acciones apropiadas, considerar revisable todo lo hecho hasta el momento, avanzar con la atención primaria con fuerte alianza familiar en los sistemas municipales: dispositivos cercanos al usuario, descentralizados, en el llano, accesibles, no encerradores, fuera de rígidos y alejados marcos institucionales que los jóvenes rechazan de plano.

*Coordinador Red de Atención Primaria de Salud Mental del Ministerio de Salud