La infancia vulnerada: nuestra deuda moral
Las promesas de un país más justo o de pobreza cero se pierden en el número real de las estimaciones actualizadas por Unicef.
Desprovisto de los recursos necesarios para vivir, cada niño que viene al mundo necesita de una mediación estructurada, de un vínculo social con un otro para realizar el aprendizaje de los recursos y de la comprensión suficiente del mundo que lo rodea para defenderse de las adversidades y asegurar su subsistencia.
En esa dependencia biológica, entrelazará la afectividad con acontecimientos significativos de la vida colectiva y personal, en un sistema de valores y en una interpretación de los hechos según una clave moral específica y personal.
Cuando hablamos de infancia, hablamos de niños y niñas, de personas vulnerables y desvalidas, con necesidades materiales tales como alimentación, salud, educación, vivienda, vestimenta, y con necesidades afectivas: amor, sostén, protección, que requieren y dependen de otro o de otros para vivir.
En este proceso, en el cual interactúan factores biológicos, emocionales, sociales, culturales e históricos, todo está en construcción. Es el tiempo de afianzar los vínculos con adultos que la sostienen, cuidan y protegen. Es el momento de percibir e interactuar con el mundo, de conocer objetos y personas. Es tiempo de aprender, de ir a la escuela. Es tiempo del encuentro con pares. Es tiempo de jugar. Tiempos, espacios, actividades, acciones, intercambios, vínculos y afectos son condicionantes que nos permiten constituirnos como sujetos para la vida y para el deseo.
¿Qué sucede en el alma de un hombre al que se le vulneró su niñez?
La niñez maltratada es el eslabón más débil de la cadena de violencia que corroe a nuestra sociedad. Víctimas de violencia entre barras callejeras, heridos de balas, de maltrato social, de abandono o de abuso sexual trascienden la pobreza y van imprimiendo huellas que impactan en la salud física o en el registro psíquico que podría afectar sus vidas e hipotecar el futuro de nuevas familias.
¿A quién se maltrata cuando se maltrata a un niño?
Por lo general, a lo insoportable de uno mismo, a lo que se quisiera destruir en uno y retorna desde el otro. Es lo propio insoportable lo que se quiere aniquilar. El niño puede ser ubicado por los adultos como un inferior a ser dominado o como un igual al que no se le toleran las diferencias. Darle un lugar de semejante diferente, reconocerlo como tal, es básico para que pueda constituir una imagen valiosa de sí y un bagaje de normas e ideales que lo sostendrán en los momentos de crisis.
Frente a la situación que hoy nos atraviesa, donde la única certeza es la incertidumbre, se nos revelan en lo más frágil o lo más fuerte de la condición humana consecuencias cuyo impacto emocional todavía no podemos evaluar.
El final de un ciclo lectivo sin escuela culminará para los más beneficiados con el pase para el año siguiente o con un certificado a los de sexto grado y a los de séptimo año, cuya constancia será el cierre de una etapa.
Más conectados y menos comunicados, muchos de los que contaban con los recursos técnicos, hiperinformados, hiperprogramados, sufren grandes soledades, ataques de angustia, pánico y en muchos casos exceso de peso.
En las antípodas, las promesas de un país más justo o de pobreza cero se pierden en el número real de las estimaciones actualizadas por el organismo internacional para la infancia, Unicef. Al finalizar 2020, la cantidad de chicas y chicos pobres llegará a 8,3 millones en el país.
Una situación dramática cuando se piensa y se evalúa qué significa crecer en la pobreza, convivir con el estigma social, con mayores posibilidades de sufrir violencia institucional, trato desigual, estar excluido de la estructura educativa que les servía de contención y les mostraba un camino posible para no repetir la triste historia vincular de quienes se quedan atrás.
Los veremos deambular por las calles con cara de adultos para vender bolsas de basura o limpiar parabrisas en cualquier esquina donde junto con la desesperanza los acechan la droga, la prostitución y la previsibilidad, como amenaza social, que implica la repetición de conductas adquiridas: el ejercicio de la violencia a través de las generaciones.
La infancia vulnerada es, sin duda, una de las caras más tristes y vergonzosas de un país que nos duele.
Repensar la niñez significa buscar espacios donde puedan sentir el amor y la seguridad, es reflexionar sobre nuestros valores y creencias, revisar la congruencia entre lo que pensamos, decimos y hacemos. Y, fundamentalmente, es gestionar desde el Estado, con criterio y sensibilidad social, la asignación de recursos y la implementación de políticas públicas que incluyan y garanticen igualdad de oportunidades.
El maestro Janusz Korczak, en su libro Si yo volviera a ser niño, expresó: "Los niños lloran más a menudo que los grandes, no porque sean llorones, sino porque sienten más hondo y sufren más. Gritan porque es su única defensa, una manera de que alguien acuda a su auxilio. El que no siempre tienen; entonces, ante un dolor fuerte quizá aparezca una sola lágrima o un gesto hosco, porque todo da lo mismo, en la cabeza giran las peores ideas y en el pecho una rabiosa desesperación". Recordémoslo.
*Escritora

