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Imágenes de aquel naufragio

La Alianza fue víctima de su propia medianía, pero también fue el chivo expiatorio que cargó con el extravío de casi toda la dirigencia. Claudio Fantini.

17 de diciembre de 2011 a las 12:01 a. m.
Claudio Fantini (Periodista y politólogo)
Imágenes de aquel naufragio

Era un buen momento para perder. Jorge Luis Borges escribió que la derrota tiene una dignidad que la victoria desconoce. En todo caso, no es muy digna la cultura política que sólo valora el triunfo. El triunfalismo constituye, más bien, una debilidad ética. En 1999 la dignidad estaba en perder la elección por decir aquello que la sociedad no quería escuchar pero ocurriría inevitablemente, ya sea por iniciativa de un gobierno o por imposición del mercado.Esa verdad que aseguraba la derrota era la necesidad de salir del "uno a uno". Más allá de su utilidad original para vencer a la hiperinflación, la paridad entre el peso y el dólar resultaba a esa altura una cuadratura de círculo.Quienes observaban la Argentina desde afuera, lo veían con una claridad que ni la sociedad ni su clase dirigente tenían. Por entonces, Paul Krugman llegó a comparar a los argentinos aferrados a la convertibilidad con la secta de Jim Jones, suicidándose en masa en Guyana, mientras que Thomas Friedman escribió sobre el extraño país que "sacrificaba su futuro en el altar de una política monetaria desacreditada".Pero los economistas argentinos, con contadas y honrosas excepciones, reafirmaban la lógica de que un peso valiera un dólar.Si la Alianza hubiera propuesto salir de la convertibilidad, habría perdido. Las sociedades suelen comportarse como el enfermo del relato de Platón, que murió por preferir al asclepíades (médico) que recomendaba seguir su vida normalmente, en lugar del duro diagnóstico que le imponía cambios drásticos a su modo de vida.La dignidad estaba en el diagnóstico dramáticamente cierto, y no en aquel cuya falsedad logró la aceptación del enfermo por decirle lo que quería escuchar.A finales de la década de 1990, tras la devaluación en Brasil, todos los astros del escenario internacional se alinearon contra la economía argentina. Es posible que quien hubiera gobernado el inmediato pos-menemismo, se habría hundido en la misma ciénaga.Esto no libera a la Alianza de su gris realidad. Los partidos que la integraron y sus respectivas dirigencias exhibieron una mediocridad pasmosa. Defraudaron por ineptitud y, posiblemente, por faltar a la ética que representaban (lo revelará el juicio por coimas en el Senado).Pero incluso si no hubieran sido tan ínfimos, radicales y frepasistas habrían fracasado por partir de un diagnóstico incorrecto. Sí o sí, el paciente, la convertibilidad, se les habría muerto.En rigor, llevaba tiempo fallecida, aunque el país se aferrara a ella como Juana la Loca, que deambuló por las comarcas españolas llevando en su carruaje el cadáver de Felipe el Hermoso, como si no cayera en cuenta de que estaba muerto. Memoria. Alivia suponer que aquel calamitoso fracaso fue culpa exclusiva de un presidente o de un grupo de partidos y dirigentes. Pero todos estaban aferrados al "uno a uno", aunque llevaba tiempo centrifugando divisas hacia el exterior y sosteniéndose mediante un descomunal endeudamiento externo. Alfonsín y Terragno balbucearon esa realidad, pero no la vociferaron para no frustrar el triunfo electoral. Duhalde también la había mascullado, pero después de que el efímero Adolfo Rodríguez Saá demostrara no entender nada comprometiéndose a sostener el "uno a uno", el bonaerense dejó a la vista la misma confusión al asumir diciendo que "quien depositó dólares, recibirá dólares".El país estaba en ese error. Lo demuestran las encuestas que daban a Domingo Cavallo un abrumador respaldo cuando se convirtió en ministro de la Alianza. También Néstor Kirchner era convertivilista y cavallista.De hecho, el padre de la convertibilidad lo asesoraba en Santa Cruz. Y en la Alianza, el más cavallista y convertivilista era Chacho Álvarez. Está a la vista que fue el gestor de la incorporación del ministro estrella de Menem.Graciela Fernández Meijide no miente ni se equivoca al sostener que la denuncia de coimas en el Senado le sirvió de coartada para escapar de la vicepresidencia, al darse cuenta de que ese gobierno era el Titanic y que el hundimiento se aproximaba inexorable.La Alianza fue víctima de su propia medianía, pero también fue el chivo expiatorio que cargó con el extravío de casi toda la dirigencia. Lo más grave es que en el naufragio se perdió la posibilidad de tener un verdadero progresismo liberal, como el que gobernó Chile durante dos décadas.En teoría, era una combinación similar. En pos de la Concertación, los socialistas, de Salvador Allende, abandonaron el marxismo y los democristianos, de Eduardo Frei Montalva, resignaron conservadurismo, para avanzar hacia un punto convergente para el país.Jamás estuvieron de acuerdo en todo, pero supieron convivir en la diferencia. Se los reclamaba la historia. Y no les hizo falta un liderazgo personalista ni verticalismo cuartelero, porque consensuaban y porque, en vez de alinearse tras un caudillo, los condujo una clase dirigente lúcida y capacitada.Sin duda, radicales y frepasistas estuvieron sideralmente lejos de la estatura de los socialistas y democristianos, a pesar de que ni la historia ni la ideología los separaba como a los miembros de la Concertación chilena.Diez años después, los radicales siguen deambulando erráticos y huérfanos de lucidez, mientras muchos de sus antiguos socios integran el contundente y eficaz verticalismo personalista que gobierna.Actúan como si no hubieran sido parte de aquel naufragio. Los protege la memoria selectiva del relato oficialista. Al fin de cuentas, a la historia la siguen escribiendo los que ganan, y pueden borrar sus propias huellas en la otra historia. La verdadera.