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Opinión

Historias de mala gente: una pareja de espías sin demasiada astucia

Durante la Segunda Guerra Mundial, Anna Wolcoff y Tyler Kent robaron información de la Embajada de Estados Unidos en Gran Bretaña. Pero los descubrieron por sus ingenuidades.

21 de julio de 2023, 14:53
Historias de mala gente: una pareja de espías sin demasiada astucia
Tyler kent y Anna Wolcoff.

Si se habla de espías, se piensa en seres de aguda inteligencia, superlativa audacia y un raigal sentido de la militancia. Evidentemente, existen seres así. Pero hay otros... La baronesa Anna Wolcoff y el joven Tyler Kent pertenecían alegremente a los otros.

No siempre se da una pareja de espías tan extravagantes e inconscientes. La baronesa, rusa de nacimiento, exiliada en Londres, era una mujer bella, llamativa, capaz de sorber el seso de cualquier hombre consciente de sí.

Un tal Kennedy

Tyler, de 24 años de edad, era bien hombre, aunque no demasiado consciente. Trabajaba en la Embajada de los Estados Unidos. Por aquellos años, el embajador estadounidense ante la corte de Saint James era el señor Joseph Kennedy; sí, el padre de John, Robert y Ted, entre otros hijos.

Franklin Delano Roosevelt.
Franklin Delano Roosevelt. (La Voz)

El presidente Franklin Roosevelt lo había despachado al otro lado del océano para quitárselo de encima, a pesar de su gran contribución en la campaña electoral que lo condujo a la Casa Blanca.

Verdaderamente, el plácet concedido por Gran Bretaña debe ser considerado como un esforzado gesto de buena voluntad, porque el tal Kennedy poseía unos antecedentes poco diplomáticos.

Fue uno de los mayores depredadores de Wall Street, y de los pocos que en el Crack de 1929 no solamente salvó su fortuna, sino que la incrementó con procedimientos controvertibles, para decirlo suavemente.

En Hollywood fue productor de filmes que contribuyeron poderosamente a percudir la cultura de su país; y cuando se sancionó la llamada “Ley Seca”, multiplicó sus billetes verdes contrabandeando whisky escocés en sociedad con uno de los más grandes jefes de la mafia, Frank Costello.

Era comprensible que Roosevelt deseara verlo lejos de Washington, pero Londres... Para colmo, durante la Segunda Guerra Mundial, fue tan aislacionista que se lo sospechó de filozani y, por fin, se lo retiró de Londres.

Agente nazi

Con semejante embajador, no resultaba sorprendente que los servicios secretos alemanes escogieran su embajada para obtener información sobre la actitud que asumirían los Estados Unidos al iniciarse la inevitable guerra europea. En los círculos áulicos británicos, no era difícil que la rutilante baronesa y el joven diplomático se conocieran.

Se comprende lo que él vio en ella; se comprenderá lo que ella vio en él cuando se sepa que la baronesa Anna Wolcoff era una espía a favor de Alemania.

En 1939, las potencias de Europa necesitaban información confidencial, no solamente de sus países vecinos, sino de los Estados Unidos, cuya intervención, como en la Primera Guerra Mundial, podría decidir la suerte de la lucha.

Nazismo en Alemania.
Nazismo en Alemania.

La baronesa había elegido bien: Tyler era nada menos que agente de claves de la Embajada estadounidense; tenía, pues, acceso a la más importante y ultrasecreta documentación. Además, como buen joven, odiaba la guerra.

Anna, a su vez, odiaba a los países que se oponían a Hitler, el único que, a su entender, redimiría al mundo de todas sus injusticias y acabaría, de paso, “con esos cerdos judíos”. Tyler no tenía nada de antisemita, pero ella se las arregló para hacer coincidir sus respectivos odios en una tarea común.

Anna Wolcoff
Anna Wolcoff (La Voz)

Tyler comenzó a copiar placenteramente todos los mensajes que el premier Neville Chamberlain y luego Winston Churchill intercambiaban con Roosevelt y entregaba las copias a la baronesa, para mejor combatir a la guerra...

Errores de principiantes

En poco tiempo, Tyler llegó a reunir en su departamento privado no menos de 1.500 copias de documentos vitales, que ponía a disposición de la interesante (e interesada) Anna.

Pronto, el joven se cansó de sacar copias; optó por el expediente más sencillo: microfilmar los documentos. Y para no perder demasiado tiempo en el revelado de la película, la pareja no encontró mejor recurso que entregar los cartuchos de filmes a un establecimiento comercial. Que se sepa, esta fue la primera y única vez que un par de espías incurrieron en un desliz semejante.

El comerciante creía que había sido distinguido por la Embajada estadounidense por la calidad de sus trabajos y se esmeraba por hacerlos aún mejor. Con toda su buena fe, exhibió orgullosamente su trabajo a un par de agentes de Scotland Yard, que habían comenzado a investigar cierta filtración de información de la representación diplomática americana.

Lo demás fue lo de menos. Fue allanado el departamento de Tyler y se encontró una especie de duplicado completo del archivo de la embajada. El embajador quedó patidifuso.

Winston Churchill.
Winston Churchill.

En cambio, Tyler se mostró muy desenvuelto en el juicio al que se lo sometió por espionaje. Apareció sorprendentemente alegre, divertido casi, profiriendo denuestos contra Churchill y “sus lacayos judíos”.

A pesar de todo, la Justicia británica fue bastante benévola con él: le impuso una condena de siete años de trabajo forzado. A la baronesa, quizá porque era rusa y estuvo algo sombría en las audiencias, le correspondieron 10 años de reclusión.