Temas del día:

Historias con niños

Relatos de tres periodistas de La Voz. Más información en Días Contados.

20 de agosto de 2016 a las 12:01 a. m.
Historias con niños
DÍAS CONTADOS. Historias con niños (Ilustración Juan Delfini).

Dibujos animados, por Javier Mattio

Omar y yo, amigos inseparables.

En los estadios de fútbol, entonando canciones que retumban.

En la ruta al colegio, atravesando raquíticos árboles invernales.

En las terrazas vacías, mirando el cielo y los autos.

Siempre juntos, desde ese día de agosto cuando continuamos la rutina escolar en su casa (una escalera lujosa y crujiente unía el comedor y las habitaciones).

Omar, el deportista. El fan de los autos y las bicis.

El chico de barrio frente al chico de edificio.

Y Cecilia.

Y el 2 que se hace 3.

Y la explosión.

Detonada tal vez por los ojos de ella, esos ojos azules y fríos como glaciares que hacían juego con su uniforme.

Esos que de repente no podíamos evitar.

Omar estaba distinto, raro.

Yo pasaba más horas en mi cuarto, observando las torres y los edificios de cemento.

Dibujaba, leía, jugaba a los videojuegos.

Pensaba.

Cecilia reía. Y con eso era suficiente.

Me visitaba a escondidas, merendábamos juntos, sin que Omar lo supiera.

Pero lo intuía.

El teléfono comenzó a sonar a altas horas de la madrugada.

Mi cuaderno apareció un día todo rayado, tirado en un baldío.

Unos chicos más grandes, que no conocía, me arrinconaron, me advirtieron, me amenazaron.

Mis padres me pidieron explicaciones. Me hice el distraído.

Dejé de verme con Cecilia, al menos por un tiempo.

Cambiamos de estrategia: preferimos mandarnos cartas, regalos (generalmente alfajores, aunque también caricaturas de Omar) a través de mensajeros secretos.

Un día, uno de ellos apareció golpeado, un hilo de sangre corriendo ágil por el labio hinchado.

Acordamos que había que hablar con Omar.

Resolver las cosas.

Aspiré hondo, traté de no pensar. Abrí el portón y salí a la calle. Hacía frío.

Su casa ahora se me antojaba hostil: la guarida del villano, la fortaleza de Mordor.

Ahí seguía la fachada de ladrillo visto, el pasto perfectamente cortado.Las bicis que se transparentan sinuosas a través del vidrio del garaje.El hermano me deja pasar, subo a la habitación, las escaleras crujen.Omar está ahí parado; se lo ve cansado, triste, inofensivo. Aun así hablamos, discutimos.Él no quiere reconocer nada. La juega de inocente.Pero al final llora. Y se quiebra. Y dice: Te voy a matar.Forcejeamos.Quedamos tirados en el piso como muñecos abandonados. Afuera se larga a llover.La madre nos llama. A lo mejor oyó los ruidos.Nos tiene preparados café con leche y galletas. Los truenos son potentes.Nos sentamos en la mesa y tomamos y comemos mientras miramos dibujos animados.Omar se ríe. La serie es graciosa.Yo también me río.

DÍAS CONTADOS. Historias con niños (Ilustración Juan Delfini).
DÍAS CONTADOS. Historias con niños (Ilustración Juan Delfini).

Una nena sin tutú, por Alejandra Beresovsky

Desde niña, si hay algo que me hace feliz, es bailar. Antes, lo hacía incansablemente; ahora, me fatigo al poco rato, pero hasta he desarrollado la destreza de bailar muy bien sentada.

Esa pasión temprana por el movimiento y el ritmo decidió a mis padres a inscribirme en el examen de ingreso al seminario de danzas del Teatro San Martín cuando yo tenía 7 años.

El recuerdo se ha visto un poco afectado por el paso del tiempo, pero tengo la convicción de que –en aquella instancia de prueba–, yo andaba por ahí, delante de cualquier profesora que se apareciese, demostrando mi espíritu danzarín y mi notable elasticidad.

Cuando concluyó la etapa final de la evaluación, yo tenía la tranquilidad y la satisfacción de haber dejado mi almita en aquellos inmensos salones, repletos de niñas en malla y apretados rodetes.

Pero resultó que yo, como bailarina, era una gran mentira: tenía las piernas demasiado cortas para esa disciplina.

La danza a nivel profesional se asocia a una figura femenina de miembros largos, que garanticen una imagen estilizada y grácil.

Grácil, no graciosa.

Mis padres me lo explicaron a la salida del edificio y yo crucé estoicamente la calle que nos separaba del auto, con madura aceptación.

Una vez dentro del vehículo, atiné a decir “Bueno”, casi como un suspiro. Pero la emoción me traicionó y mi voz se quebró justo en la letra “n”, mi rostro se deformó en un puchero y mis ojos se llenaron de lágrimas.

Lo que siguió se me viene a la mente casi como una escena cinematográfica: mis padres se dieron vuelta al mismo tiempo para verme y luego se miraron. No recuerdo nada más de esa tarde.

Al día siguiente, yo sabía que cuando me preguntaran en la escuela por qué había faltado a clase debía responder que tenía una grave enfermedad contagiosa que todavía no estaba curada o algo así, pero negar terminantemente que me había sometido en forma fallida a una concienzuda evaluación de talento y osamenta.

La verdad es que los resultados de semejante prueba fueron casi proféticos: no estaba destinada a ser grácil, pero sí bastante graciosa.

DÍAS CONTADOS. Historias con niños (Ilustración Juan Delfini).
DÍAS CONTADOS. Historias con niños (Ilustración Juan Delfini).

Perspectivas, por Daniel Santos

Todo es cuestión de perspectivas. Ante nuestros ojos de niños, “la vieja de Lengua” –que odiábamos por exigente y porque nos torturaba con la cursiva y la ortografía– tendría unos 30 y pico y era, probablemente, más joven que nuestros padres.

Pero con sólo mirar hacia arriba, ver una que otra arruga, oler una colonia de lavanda o descubrir una blusa con puntillitas, nos alcanzaba para clasificar a los adultos más allá de nuestros límites.

Pero todavía más: vejez era todo lo que no éramos nosotros. No tenía que ver con la edad, la vejez era esa cualidad de quien no juega, de quienes enseñan cuando incluso no queríamos aprender, y de quienes cada tanto nos reprendían con frases ridículas como: “¿Hablo yo o pasa un tren?” (y el tren no estaba ni cerca de casa) o “¿En qué idioma hablo?”. No había dudas: era español, para qué preguntar.

Y estábamos en la vereda de enfrente: sí, jugábamos, todo el día, sin medir consecuencias, sin horarios. A las bolitas; con las muñecas; a las figus; a la pelota contra los de la otra cuadra y hasta que se iba el sol o la madre más exigente del barrio pegaba un grito y se acababa el partido; saltábamos el elástico; competíamos con nuestras cartas Tope y Quartet para ver la cilindrada más alta de los camiones; andábamos en bici o dibujábamos incómodas rayuelas en las veredas; veíamos dibus y series a la hora de la leche. Esa única hora del día.

La perspectiva cambia con los años. Con nuestro modo padres activado, podríamos afirmar con certeza que los niños de hoy están perdidos: que cambiaron por una app los juegos en el patio; por el Fifa 2016 las horas de potrero; por el WhatsApp la conversación cara a cara; por el YouTube las matinés de fin de semana en el cine. Y no entendemos bien cuándo pasó todo eso, porque incluso jugamos con nuestros chicos como nunca nuestros padres lo hicieron con nosotros.

Pero esa es la marca de su época hiperconectada y tecnológica, como la nuestra era la del potrero y de los juegos analógicos.

Nos cuesta ser los viejos, y no sabemos cómo hacerlo bien: les regalamos bicicletas pero no los dejamos salir; les compramos playstations y no los queremos ver jugar tanto; les damos celulares con muchas G y nos ofuscamos cuando relatan sus vidas en mensajes de audio a vaya saber quién.

Y así como en nuestra infancia no entendíamos el mundo de los viejos, hoy no entendemos el de nuestros hijos. Otra vez nos tocó ser la generación equivocada, la que no comprende que todo es cuestión de perspectivas.

DÍAS CONTADOS. Historias con niños (Ilustración Juan Delfini).
DÍAS CONTADOS. Historias con niños (Ilustración Juan Delfini).