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Un guiso con sabor a patio

Ya con las cucharas en calma, hay un momento en que uno mira al cielo y piensa en lo luminoso del alma de la siesta. Es el guiso que ha renovado las ganas de ver. Alejandro Mareco.

20 de enero de 2013 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
Un guiso con sabor a patio

Diego Maradona dijo hace unos días que quienes criticaban a Cristina no sabían ni hacer un guiso. Más allá de la razón o no de sus dichos, apeló al guiso como metáfora de la Argentina profunda, desposeída, por la que muchos han transitado, como él, y muchos otros que no. Entonces, uno saboreó con los recuerdos guisos de la infancia, pero en especial uno, que se ofreció en un helado mediodía de invierno en Santiago del Estero, en el inmenso y ya legendario patio de "el Indio" Froilán González, el más reverenciado hacedor de bombos argentino, uno de esos enormes artesanos (artistas) de la patria.Todo tenía una profunda simpleza. Comenzamos a hablar con Froilán bajo un cielo gris de mediodía, mientras grababa motivos en un bombo con el "fierro caliente". El patio de Froilán (desde allí se inicia hace varios años la Marcha de los Bombos) da la impresión de una vieja manera cósmica de entre casa. Él, hermanos y sobrinos tienen alrededor unas casas en las que se incluyen dormitorio y baño. Luego, todas las demás actividades se hacen en ese escenario común de la vida: el trabajo, el canto, la comida, a la luz del patio.El aroma que despedía una misteriosa olla que no alcanzábamos a ver nos hizo levantarnos y empezar a cerrar una conversación que hubiera podido ser eterna. Cuando extendíamos la mano para la despedida, un sobrino se acercó y le habló al oído a Froilán."Dice José si no se quieren quedar a comer un guisito", nos comentó Froilán.El sí fue inmediato y contundente: seguro que ese guiso tenía aromas de infancia, a nostalgias de tierra interior y un sabor común que comparte un inmenso pueblo que cabe en todas las provincias, en el que la pobreza, la humildad y el hábito de sobreponerse a las carencias encuentra al menos una caricia en un guiso bajo el sol. Como el que uno había visto comer un mediodía de febrero a las familias tobas en los comienzos del Impenetrable chaqueño: fideos baratos y algunos pedacitos de carne y papa hundidos en la espesa salsa. Ese guiso era la sonrisa de los más chicos, y la satisfacción de los grandes por haber ganado un día más en la lucha por la vida. Mientras atravesábamos el monte, en cada claro, veíamos la misma escena: una olla de "fierro" con un guiso crepitando.Volvamos a Santiago. Nos sentamos en un tablón junto a los parientes y empleados de Froilán, porque es el momento comunitario de los patios como ese. Creo que nadie sacaba los ojos y los otros sentidos del plato; para más, en la olla se advertía abundancia. "Es que siempre debe haber más por si viene alguien". En efecto, siempre se suma gente."Cuando hacemos las fiestas domingueras en el patio, a las que viene mucha gente (más de mil personas por domingo, la mayoría turistas), hacemos guiso para el que no tenga con qué pagar otra comida. Si vieras las mujeres con tacos altos y vestidas con ropa cara que hacen la cola, ansiosas por probar una comida popular", explica Froilán. Cuando se dice que somos lo que comemos, no sólo hablamos del individuo y su dieta, sino de pueblos y sus culturas. Ya con las cucharas en calma, hay un momento en que uno mira al cielo detrás de las copas de los árboles, y piensa en lo luminoso del alma de la siesta. Es el guiso que ha renovado las ganas de ver.