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Guillén, Maradona y Fidel

El mánager del equipo de béisbol Miami Marlins, el venezolano Oswaldo “Ozzie” Guillén, no es el primer deportista famoso en confesar su amor por el dictador cubano. Ricardo Trotti.

15 de abril de 2012 a las 12:01 a. m.
Ricardo Trotti ([email protected])
Guillén, Maradona y Fidel

El mánager del equipo de béisbol Miami Marlins, el venezolano Oswaldo "Ozzie" Guillén, no es el primer deportista famoso en confesar su amor por el dictador cubano. Su frase "I love Fidel Castro", en la revista Time , es similar a la de Diego Maradona: "Díganle a Fidel que lo amo", aunque la gravedad de la ofensa de Guillén se mide por el contexto. El derecho a expresar lo que pensamos es un ejercicio complicado. Aunque las leyes amparen ese derecho, la libertad de expresión está condicionada por normas éticas de pundonor y sensibilidad, con el fin de que evitemos ofensas y agravios gratuitos.En EE.UU., donde la libertad de expresión tiene una amplia protección constitucional y la Corte Suprema de Justicia ampara hasta a quien quiera quemar una bandera o romper un crucifijo, esos actos están más condicionados legal y moralmente si se cometen en un desfile militar de veteranos o en una procesión de Semana Santa, por incitar a la violencia.Aunque Guillén tiene todo el derecho a decir lo que piensa, también se justifica el enojo de muchos en Miami, que preferirían verlo expulsado del equipo a que sólo lo hayan penado con cinco juegos de suspensión sin goce de sueldo.Para muchos, se trata de una sanción leve que no repara la ofensa de alguien que trabaja y vive a costilla de decenas de miles de fanáticos que fueron perseguidos, torturados, expulsados o que escaparon de la dictadura de los Castro.Si bien Guillén admitió su error e imploró perdón, no muchos quedaron convencidos de darle una segunda oportunidad. Es que Guillén, como Maradona, tiene un temperamento verborrágico y desafiante y no diferencia el hablar con honestidad del ofender con arrogancia.Por eso, cuando ganó el campeonato nacional con los Medias Blancas de Chicago, en 2005, en vez de celebrar, Guillén gritó "Viva Chávez", ensañándose contra quienes lo critican por su ideología. Una actitud similar a la que adoptó Maradona cuando clasificó al Mundial de Sudáfrica de 2010 y, en vez de exudar alegría, insultó a los periodistas pidiéndoles entretenerse con sus genitales.En casos en que las sanciones legales son impopulares y de difícil aplicación, los mejores correctivos son las medidas disciplinarias. Así, el futbolista uruguayo Luis Suárez debió pagar 60 mil dólares de multa y se perdió ocho partidos por hacerle comentarios racistas al francés Patrice Evra en un partido de la liga inglesa.Al basquetbolista Kobe Bry­ant, de los Lakers, no le fue mejor: tuvo que pagar 100 mil dólares por comentarios antigays contra un árbitro; mientras que la cadena ESPN echó y suspendió a un redactor y a un comentarista por hacer acotaciones despectivas contra los asiáticos cuando se refirieron a la sensación de los Knicks de Nueva York, Jeremy Lin, el basquetbolista estadounidense de origen taiwanés.El derecho a la expresión siempre conlleva limitaciones, más cuando se trata de figuras públicas o personas mediáticas como los deportistas, cuyos dichos y acciones repercuten entre los jóvenes. Pero no hay que preocuparse cuando prefieren la verborragia a abrazar causas como las de la Unicef del Barcelona, promover la lectura, como la NBA, o combatir la drogadicción, ya que sus polémicas son útiles para generar discusión y aprendizaje. Después de todo, el caso de Guillén sirvió para recordar, una vez más, las atrocidades del régimen cubano.La expresión sin sensibilidad de los deportistas célebres no es tan preocupante como cuando los gobernantes insultan desde sus tarimas a disidentes y críticos. En todo caso, los primeros crean polémica e imponen temas en la agenda social, mientras los segundos sólo consiguen polarizar y dividir.Aunque Guillén, como Maradona, tiene la virtud de enojar a la gente, es bueno que su caso se contextualice y no se generalice. De lo contrario, corremos el riesgo de no diferenciar la delgada línea existente entre exigir autolimitaciones e imponer censura.