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Grecia, en el espejo del fresco ayer argentino

Las crisis económicas, como si fueran grandes cataclismos naturales, se devoran hombres y destinos. Alejandro Mareco.

09 de mayo de 2010 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
Grecia, en el espejo del fresco ayer argentino

Impotencia y devastación, angustia y sangre, asfixia y desesperación. Los que están en las calles de Grecia no tienen nada a favor, sólo los sentimientos que los llevan a buscar a ciegas una puerta de salida.

Las crisis económicas se devoran hombres, tiempos y destinos. Pero sólo raras veces las crisis devienen de cataclismos naturales, sino que son más bien cataclismos humanos.

Lo que vemos en estos días en las calles de Grecia es lo que sentimos en las calles argentinas en el albor de este nuevo siglo.

La comparación no se nos ocurre no sólo a nosotros, sino que desde la distancia se vuelven a ver las imágenes argentinas de diciembre de 2001. Fuimos un paradigma de devastación; y el fango de la decadencia en el que nos hundimos, una postal para la curiosidad del mundo, incluidas las tres decenas de muertos. Así como siempre se pregunta aquí cómo puede ser que en esta patria que tiene tantas bendiciones de la naturaleza haya tanta miseria, desde lejos se asombraban de la negra parábola de un país que en un momento había mostrado un desarrollo social como pocos, desarrollo industrial y hasta científico. Entonces, como Grecia, habíamos quedado sin expectativas, reducidos a la fórmula del ajuste como un calvario que desde hacía un tiempo atravesaba los años y cada vez nos hundía más, y finalmente estábamos chapaleando en la impotencia y la desesperación, mientras el abismo de la pobreza se ensanchaba más y más.

Sí, las crisis económicas a las que muchas veces se enfrentan los pueblos no son un cataclismo. Y hasta hemos visto cómo a los pueblos, al nuestro por caso, los asuntos de la economía les son presentados como asuntos de una elite entendida en la materia. Pero cuando viene la catástrofe, suele suceder que naufraguen muchos, menos los de la elite y sus defensores interesados.

Por si los recuerdos fueran pocos, volvió a escena José Alfredo Martínez de Hoz, hoy anciano y despojado de la impunidad que le dio el indulto, para ser otra vez procesado por crímenes contra la humanidad. Su alegato de persecución política en su contra resulta al menos paradójico, tratándose de una persona que estableció las reglas de juego económico en el país pisando sobre miles de cadáveres.

La dictadura tomó el control político del país para entregárselo a un sector económico que hizo a fondo lo que nunca había podido hacer con las urnas: para concretar su proyecto, era necesario detener, y aun desaparecer, a cientos de delegados gremiales, para que la Argentina industrial, silenciada y maniatada por el miedo, no ofreciera resistencia.

Esa fue toda una hazaña del neoliberalismo vernáculo; la otra fue de la mano de Carlos Menem, quien dijo una cosa y, una vez votado, hizo otra, en una estafa democrática sin par.

Cuando un ministro de Economía asume tanto protagonismo, hay que temer; se sabe: las elites "entendidas" no sufren las consecuencias de la mala economía, y las grandes crisis no son cataclismos naturales.