Golpe de Estado en marcha
La gravedad de los hechos, transmitidos ante los ojos del mundo entero, debe ser sancionada con la mayor severidad posible.
“La civilización es el triunfo de la persuasión sobre la fuerza”.
Platón
Una conjura golpista organizada por el peronismo, el sindicalismo y el comunismo está en marcha en la Argentina.
Es cierto: el artículo segundo de la reforma previsional, de empalme con el cálculo trimestral de actualización de haberes, implica en el corto plazo un perjuicio para los jubilados y beneficiarios de servicios sociales.
Esta es la justificación que encontraron para arrancarse los últimos vestigios de demócratas que les quedaban.
Vamos por partes: el jueves pasado, en la Cámara de Diputados de la Nación, un acto de fuerza impidió a los representantes del pueblo debatir y sancionar nuestras leyes.
En una sorprendente espiral de violencia, un grupo de parlamentarios se criminalizó, al alzarse de manera planificada contra el orden democrático, impidiendo el funcionamiento del máximo órgano legislativo del país.
La coartada fue la siguiente: este grupo de legisladores aprovechó la presencia de efectivos de la Gendarmería, que protegían al Palacio de las hordas que lo asediaban, para provocarlos con el fin de obtener una reacción desmedida de su parte, que los pudiera mostrar como víctimas de una represión estatal abusiva. De este modo, obtuvieron la excusa perfecta para irrumpir en llamas en el recinto de la Cámara baja y abortar la sesión.
Esto tiene nombre: golpe a la Constitución, que en su artículo 44 crea al Congreso como primera y más importante autoridad constitucional.
La gravedad de los hechos, transmitidos ante los ojos del mundo entero, debe ser sancionada con la mayor severidad posible.
No es este el momento de usar eufemismos: bajo nuestro sol existen fuerzas políticas que no creen en la democracia. Son totalitarias. En consecuencia, su vocación no es otra que la de derribar el sistema de libertades y legalidad que nos hemos dado todos los argentinos, para restaurar un régimen fascista donde reinen la prepotencia y la impunidad.
Esta facción cuenta con una líder: la expresidenta Cristina Fernández. Derrotada por primera vez en las urnas hace dos meses, y a sólo un paso de ir a prisión, sus esbirros precipitaron la ejecución del plan de demolición institucional. Tierra arrasada: cuanto peor, mejor.
Asimismo, convertida de facto en la referente de las agrupaciones comunistas, como el Frente de Izquierda, su hechicería retórica ha terminado por aglutinar a todo el arco no democrático de la nación.
No subestimemos la situación: las serpientes abandonaron la ciénaga para darle muerte al gobierno de Cambiemos.
En efecto, un nuevo cachetazo electoral desató la furia venenosa que, para conservar las apariencias, intentaron ocultar durante la campaña.
La posibilidad de que quienes nos llevaron al abismo vuelvan a tomar el poder da pánico. No tengo dudas: una lápida caería sobre todos nosotros si eso ocurriera.
Convivir con ellos en la Cámara de Diputados no es fácil, porque no creen en las mismas instituciones que, por más irónico que suene, les dan voz y voto, aunque, tal parece, hayan resuelto que participar de ámbitos que impliquen consenso y diálogo ya no vale la pena.
Sembrar discordia e imponer a fuerza de golpes, trampas e insultos lo que no logran con argumentos, razones e ideas. Esta es la nueva estrategia.
Sin embargo, dado el estado de las cuentas públicas, no tomar medidas drásticas sería suicida. En efecto, en países con mayor tradición democrática que el nuestro, como el Reino Unido, es normal la alternancia en el gobierno de un partido del gasto y otro del ahorro.
En aquellas lejanas islas del norte, la palabra “ajuste” no es tomada como un rezo satánico, y los partidos de la responsabilidad son inmensamente populares. Así es como muchos se resignan a aceptar una triste pero inevitable regla de la economía: no se puede gastar de manera indefinida lo que no se tiene.
En este marco, Elisa Carrió lidera un esfuerzo de equilibrista, que evite la hecatombe financiera del Estado, el éxito de la causa golpista y, al mismo tiempo, un desfalco a los trabajadores jubilados.
Por último, hago un llamado a todos los ciudadanos a cuidar nuestra Constitución, que consagra los valores más preciados de la herencia greco-romana, judeo-cristiana, como también del humanismo ateo.
Esos valores son contrarios a la disociación entre ética y política que pregonan y ejercen totalitarios y criminales de fuera y dentro del Congreso. “No dañar al otro”, “no harás a los demás lo que no te gustaría que te hagan a ti”, son presupuestos básicos para convivir en paz y en libertad, que no debemos nunca dar por sentados.

