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Gobierno y oposición

La dispersión de la oposición facilita los planes del gobierno kirchnerista, que siempre “va por más” poder y tiene la decisión de permanecer en él. Julio César Moreno.

02 de junio de 2012 a las 12:01 a. m.
Julio César Moreno (Periodista)
Gobierno y oposición

En la Argentina hubo durante una larga época un partido oficialista y otro de oposición, y aunque siempre existieron terceros y cuartos partidos, aquel "bipartidismo imperfecto" dominaba el escenario político nacional y establecía una suerte de equilibrio que en última instancia resultaba beneficioso, en la medida que situaba los debates nacionales en un plano de coherencia y racionalidad. Antes, en las primeras décadas del siglo pasado, fueron los conservadores y los radicales los partidos casi hegemónicos, aunque también existían los socialistas y los demócrataprogresistas, de fuerte prédica parlamentaria y que tuvieron tribunos del pueblo de la talla de Alfredo Palacios y Lisandro de la Torre.Durante el primer peronismo (1946-1955), hubo dos líderes políticos, Juan Domingo Perón, y Ricardo Balbín, de la UCR. Aunque las diferencias electorales fueron siempre muy superiores a favor del primero, el voto a Balbín tenía un significado profundo: el de demostrar que en el país había una oposición, que incluso era reconocida internacionalmente.Una parte considerable de la ciudadanía (entre el 25 y 30 por ciento) votaba a Balbín, aunque Perón superaba el 50 por ciento de los votos. Lo importante es que había un partido de gobierno y otro de oposición, aunque el peronismo era hegemónico y manejaba de manera discrecional todos los resortes del poder, entre ellos los sindicatos, y había cultivado una relación del líder con las masas que le daba al movimiento un sesgo plebiscitario y reeleccionista que ahora se repite.Hoy la situación es muy distinta: hay un oficialismo fuerte y asentado en el poder y una oposición débil y diezmada, como se vio en las últimas elecciones presidenciales, en las que hubo un solo candidato oficialista –Cristina Fernández– y cinco de la oposición.Por cierto, esta dispersión de la oposición facilita los planes del gobierno kirchnerista, que siempre "va por más" poder y la decisión de permanecer en él sin límite de tiempo, hasta haber llegado al punto de que ya están pensando en una reelección en 2015 –aun cuando faltan más de tres años–, lo que supondría una nueva reforma constitucional y hasta un cambio de régimen político y daría vía libre a la reelegibilidad permanente de los gobernantes y los partidos en el poder.El destacado politólogo argentino Guillermo O'Donell describió hace tiempo los dos grandes males de América latina: uno fue el Estado "burocrático y autoritario", o sea las dictaduras o regímenes cívico-militares que conculcaron los derechos y garantías constitucionales; el otro, la "democracia delegativa", populista, también autoritaria, reeleccionista, plebiscitaria, que reniega de los principios constitucionales y republicanos clásicos, como la división de poderes, el respeto a la libertad de prensa y expresión y la rotación de diferentes partidos en el gobierno.Pero la democracia delegativa, como a la que tiende el kirchnerismo, tiene un problema tan grave como el de la división de la oposición, y ése el hecho de que el adversario puede surgir de sus propias filas.Que el peronismo puede llegar a ser un partido de gobierno y a la vez de oposición, se vio claramente hace cuatro décadas, cuando la violencia estalló en el movimiento que había llegado al poder en 1973, primero con la elección de Héctor Cámpora y, posteriormente, con la de Juan Domingo Perón sólo seis meses después, previa renuncia de Cámpora y del destronamiento del "camporismo", en medio de una lucha feroz entre la izquierda y la derecha peronistas. Aquélla fue una lección de la historia que no se debe olvidar.