¿Europa en crisis? Ni idea
La democracia es mucho más que la distribución equitativa del ingreso. Es el respeto incondicional por la condición humana y por sus valores supremos. J. F. Marguch.
En un agudo análisis de la atonía de la campaña electoral que se arrastra en Francia hacia las urnas, para renovar el 22 de abril el mandato presidencial de Nicolas Sarkozy o reemplazarlo por el candidato socialista François Hollande, la periodista Christine Ockrent expresaba su estupor por el bajo nivel ideológico del debate.
De hecho, aunque los franceses posean una milenaria tradición de considerarse el ombligo del mundo y, por consiguiente, ignorar lo que sucede fuera del hexágono, llama sobremanera la atención que los discursos del candidato conservador y del socialista se limiten a floridos intercambios de denuestos e imputaciones, sin alusión, ni siquiera tangencial, a la realidad del mundo.
Ni el hecho de que la Unión Europea (UE) se halle inmersa en la más profunda crisis de su historia parece ser tema de interés para los líderes políticos y la masa.
Aunque los indignados se multipliquen de día en día, no se percibe que a los franceses les importe demasiado que su país pierda peso específico en el continente, desplazado a un lado del escenario por el acerado protagonismo de la canciller alemana Angela Merkel.
Tecnócratas al poder. Es verdad que los políticos dieron de manera voluntaria su paso al costado y dejaron en manos de los tecnócratas la tarea de enfrentar la crisis, sea por reconocimiento de su incapacidad o por cálculo electoralista, y quedaron virtualmente fuera de la escena.
Porque son los políticos los que pagan los elevados costos sociales de los erróneos programas de saneamiento financiero ensayados, con inmutable fracaso, por las tecnoestructuras partidarias y del capitalismo financiero.
Hay una cierta justicia en esto, pues fue la clase política la que, por acción u omisión, condujo a sus países al umbral de las arenas movedizas de la quiebra, y en algunos casos los hundió directamente en ellas.
En Islandia, Grecia, Italia, España, Portugal e Irlanda, los gabinetes políticos se desintegraron pero, a diferencia de lo que mandaba la tradición, los políticos caídos en desgracia no fueron reemplazados por otros políticos (salvo Islandia y España), sino por técnicos en finanzas, que en general hicieron sus doctorados en la banca Goldman Sachs (también desembarcaron en el Banco Central Europeo).
Pasaron, al parecer, los tiempos en que los partidos eran las mejores correas de transmisión de las políticas económicas a la sociedad.
Francia no europea. El vacío llena el escenario político francés. "El ejemplo más descarado –expresa Ockrent– es la campaña actual para la presidencia en Francia. Desde que François Hollande venció en las primarias del Partido Socialista, el otoño pasado, sin mencionar ni una sola vez la crisis de la Eurozona, no ha dejado de hacer campaña".
Pero es difícil encontrar en sus numerosos discursos públicos y entrevistas de radio y televisión una sola alusión a la UE o al mundo exterior en general, aparte de demonizar la globalización y prometer que va a restablecer el empleo en las zonas industriales de su país venidas abajo.
En cuanto a Sarkozy, hace dos semanas que no ha vuelto a hablar del tema, desde que se proclamó candidato oficial. Es que “Europa no vende”.
“El otro día –recuerda Ockrent en su artículo–, al inaugurar la tradicional Feria de Agricultura y Alimentación, el presidente se limitó a prometer que protegerá la política agraria común, que hasta ahora ha favorecido tanto a Francia. Desde hace 50 años, todos los candidatos de izquierda, de derecha o de centro, han dicho siempre lo mismo”.
Su pesimista descripción del clima político actual de Francia concluía con esta ácida reflexión: “Quizá es que, en nuestras democracias, las elecciones han dejado de ser el momento apropiado para mantener discusiones serias”.
Democracia amenazada. Un lustro antes, el gran historiador británico Eric Hobsbawn refutaba la ridícula teoría de Francis Fukuyama sobre el fin de la historia y la conversión permanente del mundo al modelo occidental de capitalismo y gobierno liberal democrático y representativo, y sostenía: "Lejos de ello, la actual fase de desarrollo capitalista globalizado estaría socavando el orden público, por añadidura al Estado-Nación e incluso, de modo más grave, la viabilidad de la propia democracia liberal representativa". Y concluía: "No es la democracia electoral la que garantiza necesariamente la efectiva libertad de prensa, los derechos de los ciudadanos y la independencia judicial" (los argentinos sabemos bastante al respecto).
Las posiciones de la periodista francesa y del intelectual marxista británico son mucho más que temas de un debate académico. La atonía y la mediocridad insanable de la clase política son efectos tan perniciosos como la propia barbarie de los ajustes.
La claudicación de los políticos frente a la mutilaciones tecnocráticas, sus ajustes que ahondan inequidades e iniquidades, son las consecuencias de una crisis más nefasta que la destrucción del empleo y el desamparo asistencial. Y son la peor de las amenazas contra el sistema democrático.
Porque la democracia es mucho más que la distribución equitativa del ingreso. Es el respeto incondicional por la condición humana y por sus valores supremos: su voluntad soberana, su libertad de pensamiento, su libertad de expresión, sus derechos a la salud y a la educación.
Ninguno de esos valores es un bien transable, por más grave que sea la crisis. Porque se basan sobre la esencia de la justicia, y es injuria contra la condición humana hacer de la justicia un bien transable.
Decía al respecto el gran intelectual católico Charles Peguy (uno de los mejores escritores del siglo 20 al servicio de la ética): “Una sola miseria basta para condenar a una sociedad. Basta que un solo hombre sea tenido... o conscientemente dejado en la miseria, para que el pacto social entero sea nulo; mientras haya un solo hombre fuera, la puerta que se le cierra ante las narices cierra una ciudad de injusticia y de odios”.

