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Esos cambios inevitables

La adolescencia, una etapa difícil para las chicas.

11 de diciembre de 2016 a las 12:01 a. m.
Enrique Orschanski*
Esos cambios inevitables
Edades. La adolescencia, una etapa difícil para las chicas.

Llega del colegio con un gesto agresivo que sorprende a su familia. Saluda con un gruñido y pasa directo al baño; unos instantes después, se la escucha sollozar detrás de la puerta. La madre –como suelen reaccionar las madres ante estas circunstancias– pregunta.Si se siente bien, qué le duele, si le hicieron algo... y, además, si puede ayudarla.¡No!, responde la hija, entre el enojo y el desamparo.El encierro se prolonga y también el llanto. Los padres insisten, pero ella pide que la dejen sola.Los minutos son eternos hasta que se escucha el ansiado "¡Maaá...!". La madre entra y asegura la puerta del baño.Para los que quedaron afuera, el misterio es completo. El padre queda petrificado mientras que el hermano –siempre burlón– frunce la cara.¿El calor? ¿Una pelea con amigas? ¿Una mala nota? Son muchas las cuestiones que podrían afligir a su niña de flamantes 12 años.El papá no sabe qué hacer. Se sienta, se para, camina; intenta alejar pensamientos negativos.Finalmente, las mujeres salen del baño. La niña, calmada pero compungida; la madre por detrás, abrazando. Sin emitir palabra, mira al marido con la inconfundible expresión de "no preguntes".El desconcierto ahora hace que los pensamientos del padre oscilen entre lo mayúsculo y lo trivial; entre un desastre global y un disgusto común. ¿Qué afecta tanto a su hija?Al fin de cuentas –piensa–, diciembre siempre termina alterando el ánimo de los integrantes de esta familia, en especial cuando intentan transitar el último tramo.Su niña acaba de finalizar primer año de la secundaria; las hormonas burbujean y su cuerpo viene cambiando por ráfagas. Sus piernas se alargaron, los dientes no encuentran su línea y el ánimo fluctúa cada minuto entre la euforia y una suave melancolía.La –hasta hace poco– chiquilla de trenzas prolijas y sonrisa fácil fue transformándose en esta persona silenciosa, huraña y de frases breves.No debería ser el colegio –repasa–; este año logró acuerdos con las amigas y además tiene promedio en todas. Tampoco sería un conflicto en la academia de danzas. Vuelve agotada, pero ella adora bailar. ¿Una crisis más de la adolescencia?El hermano sigue sin recibir explicaciones sobre "esta chiquita", como nombra a la hermana cuando está celoso. Entonces, decide retirarse, no sin antes deslizar una típica burla machista. Él aquí, perdiendo el tiempo, cuando comenzó su programa favorito.Por fin, la niña consigue refugiarse en su cuarto. Los padres la acompañan hasta que la puerta se cierra. Esperan alguna otra señal, pero sólo escuchan teclear el teléfono, que teje sin pausas una red íntima que espera que la comprenda.(Al fin de cuentas, se trata de una familia normal, con vidas normales y que hoy recibió a una hija diferente).La madre toma del brazo al marido y, en voz baja para que no escuche el hijo, explica. Su hija no está enferma ni corre peligro; no tiene problemas en el colegio ni en otro lugar. ¿Cómo decirlo de una manera simple? Como dirían algunas abuelas, su hija "se hizo señorita". Tuvo su primer "período", dirían otras. O, como se sigue repitiendo ahora, "está indispuesta".La hija mayor ha conmovido a la familia con su primera menstruación, acorralando a cada uno en un lugar y con sensaciones diferentes.El hermano quedó por allá, más pequeño que nunca por el súbito crecimiento de la hermana; desplazado por unos días del centro de la escena.La madre, por aquí; tranquila y cómplice. Recordando cómo fue lo suyo, extrañando su propia adolescencia y orgullosa de acompañar.El padre, por acá, masculinamente perdido en su inexperiencia, perplejo y lacrimógeno como pocas veces. Sin saber qué decir, desbordado en el sentir.Y ella en su habitación, creciendo sin pausas mientras "what­sapea" la novedad. * Médico