Escribir antes que hablar
Esta semana festejé con sorpresa dos escrituras. Una, “No puedo cerrar los ojos acá adentro”, de Nahuel Blázquez; otra, “La humedad del aire”, de Belu Davil.
Siempre me pregunto qué sería de nosotros si diéramos el mismo valor al habla que a la escritura. Quizá pensaríamos más antes de decir barbaridades. En casa soy la que más jetonea, diría mi padre. El curso del lenguaje que va desarrollando mi hijo es algo que me conmueve. Sin embargo, el otro día dijo: “Cortala, por dios santo, qué barbaridad”. Era yo la que hablaba a través de sus labios pequeños. Emitía sentido, más que sonido.
En una de mis experiencias como docente, conozco a casi 20 jóvenes por año. Estudian Comunicación y están en cuarto año. Mi primera pregunta es cuál es el último libro que leyeron y cuál es la última película que vieron. Voy a evitar repetir las respuestas, por miedo a que se reproduzcan y se multipliquen. Sin embargo, mi temor es aún mayor. El día que digan “Tik Tok” o el feed de una marca de ropa dedicada a hacer contenidos.
Hay algo expulsivo de la literatura: la idea cultivada, la idea de que escribir es casi como el camino arduo de ser un prócer. A muchas y muchos nos gusta que nos pongan ahí; nos lame el ego. A veces juego con esa idea: “Este escribe para ser traducido”; “este, para ser querido en su ciudad”; “este, para figurarse una idea de buen tipo que no es”. Soy horrible y lo sé. ¿Quién juzga cuando lee? Todos.
Esta semana festejé con sorpresa dos escrituras. Una, No puedo cerrar los ojos acá adentro, de Nahuel Blázquez (Lago Editora); otra, La humedad del aire, de Belu Davil.
Nahuel escribe sin pretender, nos sitúa en una ciudad que no queremos ver, porque si no la derrota nos ganaría: no somos inclusivos, ni siquiera tan católicos para amar al prójimo. Habla de esa Córdoba dual: piola, pero con una doble moral que aplasta. En su escritura, propone corrernos de la mirada obtusa con la que hablamos y opinamos. Pero Nahuel no sienta sesgos ni banderas. Quizá por su formación como antropólogo, quizá porque sabe mirar sin juzgar, sin aspirar a la figura lírica de “soy escritor”. ¿Cuántos libros se escriben desde la humildad?
Belu Davil hace menos de un mes publica cada 15 días capítulos de una novela que narra la historia de una mujer puérpera con su marido infiel. Entré a su feed de Instagram (@beludavil) porque me intrigaba saber qué resultaba de ese cruce del que no me sentía interpelada. La historia se comió el canal. No fui minuciosa en leerla, pero pude retener la voz de ese personaje y entenderlo a las 12 menos cuarto de la noche. Logré alejarme del zapping de stories y leí cuatro capítulos de algo nuevo.
Me gusta que Belén y Nahuel existan. Que apuesten a correr los límites de la literatura sabiamente entendida. Que se cansen de los circuitos conocidos para editar y digan “yo también quiero escribir; yo también quiero publicar; mirá cómo me sale; mirá cómo lo hago”.

