El Sinaí, un humilde montecito
La humildad, en cambio, es socia fiel del diálogo y se lleva de maravillas con la tarea en equipo, con el pluralismo y con la democracia.
El Everest, sin dudas. ¿Qué otra montaña hubiera elegido cualquiera de nosotros –si jugáramos a ser Dios–para transmitir los 10 mandamientos? La más alta. Nada que no sea lo más elevado sería atinado para quien ostenta el poder supremo. Error, craso error... Cuando este sábado por la noche el pueblo judío comience la celebración de la festividad de Shavuot (también conocida como "Pentecostés") recordando el suceso del Sinaí, volveremos a poner uno de nuestros focos en el sentido de la humildad.De acuerdo con la tradición, fue ese el lugar elegido por el Todopoderoso para entregar su Torá, los primeros textos bíblicos. ¿Y qué se resalta de dicho monte? Precisamente, su escasa altura. Pasaba tan inadvertido que su identificación exacta sigue siendo casi imposible. Aún hoy su genuina ubicación depende del guía de turno.El mensaje es evidente: la altivez se lleva a las piñas con la sabiduría. Y la soberbia derrocha de modo involuntario una cuasi certeza de inferioridad que –¡lo sabrán los psicólogos!– no puede ocultar su real bajeza y requiere treparse a ella para asomarse como si fuera virtuosa.Ya lo decía Rabi Hanina bar Idi hace milenios en el Talmud : "¿Por qué las palabras de la Torá se comparan con el agua? Porque así como el agua deja los lugares altos y se dirige hacia los bajos, las palabras sabias dejan a aquel que es altivo y permanecen con el humilde".Unos meses antes de detenerse ante el monte Sinaí, Moisés mismo había aprendido a escuchar la voz divina en una zarza que ardía y no se consumía. Una zarza, no un cedro ni un ciprés. Una sencilla zarza, uno de los árboles más pequeños y desprovistos.Hay una cierta preferencia por lo bajo, que se conecta con la idea de la revelación, tal vez para revelarnos allí, en lo simbólico, una actitud encomiable que ahora tiene mala prensa.Ciertamente son estas las épocas ideales para recordarnos que lo "humano" viene de humus , como un espejo idiomático del hebreo original de la palabra "Adam" (con "m" y no con "n"), pues una manera de entender el nombre de aquel mítico primer habitante del cosmos se enraíza con el hebreo Adamá que significa "tierra", ya que también de ese material estamos hechos.Claro que restringir la sabiduría a los textos bíblicos sería no sólo erróneo sino también otro síntoma de soberbia. Vale la pena recordar, entonces, cómo el Quijote aconseja a Sancho Panza diciéndole: "Llaneza, muchacho; no te encumbres, que toda afectación es mala".Un lujo de consejo, que anticipa algo no menos cierto: la profunda afinidad entre la soberbia, la ambición, la envidia y –por si fuera poco– la capacidad innata que este trío un tanto monárquico posee para generar enemistad, discordias y hasta conflictos violentos. La humildad, en cambio, es socia fiel del diálogo y se lleva de maravillas con la tarea en equipo, con el pluralismo y con la democracia. Y es tan discreta que, cuando va en serio, eleva a quien la posee, aun cuando no lo busque. De lo contrario –si se la actúa– pasa de humildad a humillación, tanto para quien falsamente la ejerce como para quien la soporta. Al final, ¿es más alto el Everest o el Sinaí?
* Rabino, integrante del Comipaz

