El siglo de los niños
La infancia tiene un peso rotundo en la identidad. Los niños importan. Pueden elegir, opinar, decidir y hasta conducir. Muchas personas dedican su vida a estudiar las infancias. En definitiva, luego de la Primera Gran Guerra, la humanidad descubrió que los niños debían ser felices.
Se cumplen 100 años del inicio de la primera masacre masiva del siglo 20. La Primera Guerra Mundial –la que "acabaría con todas las guerras" como se decía– cambió el mapa internacional en todo aspecto; incluso la infancia. Al finalizar la guerra, una incontable cantidad de niños quedaron solos: abandonados, exiliados o huérfanos. La necesidad de identificarlos y cuidarlos movilizó a la comunidad mundial, que delineó las primeras declaraciones sobre derechos humanos y, en especial, los derechos del niño.En 1924, la Convención de Ginebra se pronunció formalmente para que los niños fueran considerados como grupo vulnerable al que debía protegerse, para garantizar su desarrollo material y espiritual. De modo impensado, la guerra cambiaba la mirada sobre niños y adolescentes y daba cauce a ideas que ya germinaban en educadores y sanitaristas. Hasta entonces, la infancia se había asumido como la transición hacia la adultez, sin identidad propia. Aunque circulaban conceptos sobre la maduración, educación y demandas infantiles, estos no se aplicaban en la vida cotidiana. Crecer se limitaba a alcanzar el tamaño suficiente para integrarse al trabajo.Sorprende descubrir que 100 años atrás los niños representaban, para aquellas estructuras familiares, apenas la esperanza de brazos fuertes para ayudar y de vientres fértiles para parir.No se pretendía ni aparecía otro horizonte que repetir el oficio paterno, si había. El tiempo incluía largos períodos vacíos sin entretenimientos. Incluso la afectividad se regía por formas contenidas y distantes.Los partos, domiciliarios, originaban muchas muertes de recién nacidos y de madres (el temor actual de muchas embarazadas respecto del parto proviene de aquel atavismo).La alimentación para los chicos no reparaba en detalles nutricionales; sólo buscaba fuerza física y resistencia para trabajar. Si bien existían vacunas, menos del 10 por ciento de la población las recibía. Muchos morían por causas banales, totalmente prevenibles hoy.No se disponía de métodos anticonceptivos eficaces, por lo cual, pese a la alta mortalidad infantil, las familias terminaban siendo numerosas. Estos grupos incluían a muchos parientes que compartían la vivienda. Todos participaban de una particular crianza "tribal" de los menores, donde las responsabilidades eran colectivas.No había actividades dedicadas a los menores; los juegos se resolvían con recursos sencillos, sin salidas ni costo económico. Las fotos de época muestran a niños precozmente serios y vestidos como adultos en miniatura; la ropa infantil aún no se concebía. Recién avanzado el siglo, en algunos núcleos urbanos comenzaron a hacerse visibles las necesidades específicas de niños y adolescentes. La educación escolar argentina comenzó a desarrollarse en las primeras décadas, incorporando a la escuela como parte de la experiencia infantil. Con nuevos paradigmas pedagógicos, la regulación de las actividades escolares logró la incorporación masiva de alumnos. Cien años después, la realidad ha cambiado. Las familias actuales son grupos nucleares reducidos, que ponen a los chicos en el centro de la escena. La mayoría recibe cuidados desde antes de nacer y, en cada etapa, se evitan temibles enfermedades con una oportuna medicina preventiva; come todos los días alimentos elegidos y dispone de abrigo. Se combate el ocio, planeando numerosas actividades para administrar el tiempo libre. La escuela, en tanto, dispone de múltiples recursos para el crecimiento intelectual, físico y social de cada alumno. La infancia tiene un peso rotundo en la identidad. Los niños importan. Pueden elegir, opinar, decidir y hasta conducir. Muchas personas dedican su vida a estudiar las infancias. En definitiva, luego de la Primera Gran Guerra, la humanidad descubrió que los niños debían ser felices.A pesar de este profundo cambio de paradigma, hoy vemos resurgir conflictos bélicos que parecen derrumbar un siglo de transformaciones.La infancia actual denuncia, a quien quiera escuchar, que no necesita más guerras para declarar sus derechos. Porque no soporta más soledades. Ni exilios. Ni orfandades.

