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El juicio de la memoria

El juicio por los crímenes cometidos en La Perla comenzó su etapa final en el contexto de un cambio de gobierno nacional y con voces que cuestionan estos procesos.

31 de enero de 2016 a las 12:01 a. m.
El juicio de la memoria

A  simple vista, algunos pueden confundirla como una obsesiva manera de demorar el ayer, de enturbiar el presente con la obstinación del pasado. Pero la memoria está cargada de futuro: no hay modo de saber que los pasos van si no hay conciencia de que han venido. La memoria nos da la medida de las cosas humanas. Desde la intensidad del dolor hasta la concepción de la libertad tienen la necesaria referencia de lo que se ha vivido, de lo que se ha tenido, perdido o soñado. La historia no es otra cosa que la memoria del paso de los pueblos por el tiempo, y el rumbo de la especie no tendría dirección hacia adelante si no pudiera reconocer los puntos de partida. Y es esa memoria de la historia la que juzga a los hombres y su tiempo. En la semana que pasó, en los Tribunales Federales se retomó el proceso por los crímenes contra la humanidad cometidos en La Perla, Campo de la Ribera y otros centros clandestinos detención que funcionaron en Córdoba durante la década de 1970. La dimensión del juicio indica un grado de intensidad represiva que proporcionalmente es la mayor que registró la más feroz de las dictaduras. Más de 700 víctimas y medio centenar de represores imputados son algunos de los números elocuentes. Después de tres años de audiencia y 581 testigos, comienza su última etapa en el contexto de un cambio de gobierno nacional y con algunas voces que han cuestionado estos procesos y hasta minimizado la mag­nitud de lo sucedido en la dictadura. Hace unos días, por ejemplo, el ministro de Cultura de la ciudad de Buenos Aires, Darío Lopérfido, además de poner en duda la cifra de 30 mil desaparecidos (la discusión del número no posterga la certeza del espanto), dijo que este “es un país con una historia vio­lenta pero no menos violenta que en otros países del mundo”. La violencia sufrida en Argentina es paradigmática, uno de esos casos terribles en el recuento de las pesadillas del mundo: fue ejercida con todo el peso del Estado, con instituciones de la sociedad toda asesinando en la clandestinidad. Lo vivido en los años de plomo tuvo una ferocidad y una brutalidad en el aplastamiento de la condición humana y ciudadana tan descomunal que representó una experiencia con alcances y consecuencias que todavía estamos tratando. Este país que tenemos en las manos, sobre el que vivimos y marchamos, era un país de gritos desgarrados que atronaban en un silencio impenetrable: estaba prohibido escuchar, pero los gritos gritaban. En el juicio de La Perla, las palabras no alcanzan la hondura de semejantes padecimientos, pero se abren camino para revelar y exponer sobre hechos tan atroces que no pueden ser archivados por la historia sin que la Justicia les acerque una mínima redención. La memoria es mucho más que cada vida que la sostiene. Es, sobre todo, la fuente de la que manan las respuestas que buscamos para aventar las trampas de la inconsciencia, y ser capaces de crear y legar un mundo con menos injusticia y dolor.