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El discurso oficial

La visita a una peluquería puede ser varias cosas al mismo tiempo: el placer de cuidarse el pelo y la confrontación con charlas y opiniones con las que no concordamos en absoluto.

20 de febrero de 2022 a las 12:01 a. m.
El discurso oficial
Peluquería. (Imagen ilustrativa)

No me tiño. Es una posición que tomé hace tiempo. Crecí viendo a mi madre correr hacia la peluquería ante el crecimiento del pelo. Aparecía lo blanco, lo gris y era mal visto, como si faltara a normas de higiene o de conducta femenina.

Pisando los 30, empecé a probar. Un tono sobre tono, un brillito, un matiz casi del mismo color de mi pelo para disimular algo que mi cuerpo manifestaba: el pelo envejecía (yo no).

Y entonces tomé un patrón. Iría a la peluquería cuando tuviera ganas. Las canas no dominarían mi rutina ni mi bolsillo. Pero cuando quisiera taparme esos halos grisáceos, iría a ese laboratorio.

Con la llegada de la maternidad, ir a la peluquería empezó a ser sinónimo de tiempo. Para leer, para estar sola, para dejar que la mente se posara en cualquier pote de crema sin sentirme obligada a repasar la lista de cosas de las que debo ocuparme.

Hace dos semanas, me vi ajada. La imagen que me devolvió el espejo no me gustaba. Le marqué a Mirtha, la peluquera de mi madre. La única que logra hacerme un tono sobre tono en las canas sin cuestionarme porque hace seis meses que no voy o por qué luzco el pelo como si viviera en la estepa.

Todo eso era yo

El viernes amaneció nublado y frío. Pensé que la peluquería estaría vacía. Cuando entré, había dos mujeres sentadas frente al espejo ojeando revistas. El secador escupía aire caliente. Me senté a esperar mi turno. Cuando el secador se apagó, Mirtha y las otras mujeres empezaron a hablar de la situación del país y de lo que, para ellas, eran las causas de todos los males de Argentina (y del mundo y de la humanidad).

Intenté seguir concentrada en mi lectura, pero no podía dejar de escuchar. Sus dichos no eran más que una cadena de ofensas discriminatorias y clasistas. Agarré el celular para buscar refugio en un mensaje a mi madre. Nunca más vuelvo a lo de Mirtha, le dije. Ella me respondió que lo mejor era no escuchar, hacer lo posible para no hablar y salir a tomar un cafecito, con el pelo divino.

Mirtha terminó su trabajo sobre mi pelo. Secó el cabello de modo amoroso, me tiró spray para que quedara más aireado. En la puerta de salida, me detuve. Le dije que necesitaba decirle algo. Que había escuchado lo que hablaba con las otras mujeres, que no estaba para nada de acuerdo en la lectura que hacían del país y que yo era todo eso que ellas odiaban y ahí estaba, en su peluquería.

Mirtha no respondió. Se debe haber quedado pensando qué de todo eso era yo. Todo, Mirtha.

Salí a la calle y la peluquería quedó a mi espalda. Cuando llegué a casa, le dije a mi novio que había sido la primera vez en mi vida que pude decirle a alguien de manera amorosa y cordial que no estaba de acuerdo con su lectura política.

Lo que me enojó de Mirtha y de sus otras clientas era la certeza (e impunidad) de intuir que todas pensábamos lo mismo. Como si no hubiera posibilidad de pensar y querer otra cosa para un mismo territorio. Como si el debate se acabara ahí dentro del salón de la peluquería. Como si todas las personas que queremos teñirnos el pelo lo hiciéramos por los mismos motivos.